7 de diciembre de 2016

[Series] Westworld Temporada 1: lo artificial y lo artificioso


Advertencia: este artículo asume que has visto la primera temporada de Westworld.

Westworld era la gran apuesta de la cadena HBO para este año y parece que les ha funcionado a la perfección. Ahora que la primera temporada ha concluido se habla de unas audiencias extraordinarias para un canal de pago, con unas cifras que superan el pico máximo de Juego de Tronos, el otro gran éxito de la HBO estos últimos años. Al parecer este era justo el empujón que necesitaba la cadena y probablemente repercuta en sus futuras producciones, que podrán permitirse el lujo de ser más arriesgadas o poco convencionales. Por otro lado, la continuidad de Westworld está ya más que asegurada, aunque parece que su segunda temporada no llegará hasta 2018.

Yo me acerqué a esta serie con curiosidad, sin saber exactamente qué era lo que iba a encontrarme. Tenía un recuerdo muy vago y lejano de Almas de Metal, aquella película con Yul Brynner en el reparto en la que se basa Westworld, pero más allá de eso no me había informado en absoluto sobre la serie. De hecho, creo que ni siquiera llegué a ver el trailer, de forma que mi primer contacto llegó a través del episodio piloto. Afortunadamente, me encontré con uno de los pilotos más sólidos que recuerdo haber visto. Más allá de ser una excelente introducción de personajes y posibles tramas, me pareció que había sido escrito con gran inteligencia. Y con esto no me refiero a que contuviese algún giro de guión más o menos sorprendente, sino a que los diálogos se habían usado de forma distintiva. Esto fue lo que en primera instancia me llevó a seguir el resto de la temporada.

Lo que Westworld nos presenta es un parque de atracciones futurista en el que se usan androides antropomórficos (denominados "hosts", es decir, "anfitriones") para reconstruir la época de lejano oeste. Por un precio que se asume elevado, cualquier persona puede entrar en el parque y vivir aventuras en una extensa tierra sin ley en la que se representan distintas narrativas o líneas argumentales artificiales ideadas para entretener a los clientes (los "guests" o "huéspedes"). Dichas narrativas se representan una y otra vez con ligeras variaciones dependiendo de las intervenciones de los huéspedes, dando lugar a distintos ciclos ("loops" en la terminología de la serie). De esta forma, todas las historias del parque se reinician cada cierto tiempo. Lo que para los huéspedes es una experiencia nueva y sorprendente, para los anfitriones es la enésima repetición de un ciclo programado de antemano. La repetición es la base sobre la que se sustenta el parque, aunque éste puede funcionar incluso sin huéspedes. Los anfitriones están programados para interactuar entre sí cuando no hay huéspedes interviniendo en sus narrativas, para así ir puliendo su limitado repertorio de interacciones. Y todo esto, que parece un planteamiento bastante complejo y que requiere bastante exposición para ser presentado al espectador, se introduce de una forma muy sencilla en el episodio piloto en base a un principio muy inteligente: la repetición de líneas de diálogo con sutiles variaciones.

Los anfitriones sólo disponen de una serie limitada de frases con las que construir sus diálogos, pues son aquellas que les han programado. Sin embargo, un repertorio limitado puede utilizarse en distintas situaciones o combinarse de distintas formas para crear una ilusión de variedad. Ésta se percibe como lo que es: una ilusión, algo creado de forma artificial. De esta forma, el episodio piloto transmite con eficacia la naturaleza del parque a través de su funcionamiento. Por supuesto que también muestra lo que sucede entre bambalinas, pero el hecho de mostrar la creación, programación y entrenamiento de los anfitriones no me parece tan potente como el poder verlos en funcionamiento. Sólo en base al episodio piloto percibes que son criaturas artificiales, limitadas, carentes de imaginación y atrapadas en el ciclo interminable para el que han sido programadas. Pero obviamente la serie hubiese sido muy aburrida si el parque funcionase a la perfección en todo momento y ya el primer episodio introduce la idea de que algo está empezando a hacer que algunos anfitriones empiecen a tener problemas y a salirse de su rutina programada.


Aquí es donde llegan los auténticos puntos fuertes de la serie, pero también los débiles. Antes de continuar quizá sea necesario abordar el que es, en mi opinión, uno de los más puntos oscuros: los excesos gratuitos de sexo y violencia. Quisiera puntualizar que no tengo nada en contra de la utilización del sexo o la violencia en las historias para adultos, pero siempre y cuando sirvan a algún propósito en lugar de ser un mero reclamo. En Westworld, por desgracia, he tenido la impresión de que la violencia y el sexo son precisamente eso: un reclamo que se aprovecha de la libertad que ofrece la HBO para mostrar desnudos integrales y escenas que coquetean con el gore. Sexo y violencia deberían ser un recurso con el que desarrollar a los personajes y hacer avanzar la trama, no un mero escaparate de barbaridades para atraer al público más impresionable. Por eso digo que los excesos de la serie son un tanto gratuitos, porque pocas veces sirven a un propósito que vaya más allá de causar impacto en el espectador. Sí, siempre se pueden justificar aludiendo a la naturaleza más primaria y bestial del ser humano. Después de todo, la mayoría de clientes del parque acuden allí para saciar dos apetitos básicos: matar y follar. Sin embargo, hay formas mucho más sutiles y, desde luego, mucho más originales y elegantes de mostrar las depravaciones de las que somos capaces las personas.

Otro de los aspectos criticables de la serie es, siempre desde mi punto de vista, su permanente inquietud por crear un misterio que mantenga interesado a la audiencia. Esto me fastidia bastante, porque el parque ya me parece un lugar bastante interesante por sí mismo como para además tener que añadirle un secreto oculto en su interior. Creo que esta es la razón por la que después del excelente episodio piloto los tres o cuatro siguientes me resultaron de una calidad considerablemente inferior, porque estaban demasiado centrados en dibujar ese misterio introduciendo pistas confusas y ambiguas que, valoradas de forma objetiva, no decían nada en absoluto. Me refiero al gran misterio del laberinto, cuyo símbolo aparece dibujado en los lugares más inverosímiles (como un campo de cultivo o la cabellera de uno de los anfitriones). Esta gran misterio, que parece presentado en un primer momento como si fuese una incógnita digna de Perdidos, no se resuelve hasta el último capítulo de la temporada... y al final resulta ser una simple metáfora. Por tanto, si no era más que una metáfora para inspirar el desarrollo de los anfitriones, ¿qué hacía tatuado en la cabellera de uno de ellos? ¿Qué sentido tenían todas esas pistas que aparecen en los primeros episodios? La respuesta es que no lo tenían. Esas pistas no estaban dirigidas a los personajes, sino a los espectadores. Su objetivo no era hacer avanzar la trama, sino crear un misterio atractivo para atrapar a la audiencia. Y esto para mí es un gran error. Si bien es cierto que mi forma de consumir series ha cambiado mucho estos últimos años y que las tramas me importan cada vez menos en favor del desarrollo de los personajes, el recurso de captar la atención en base a misterios y secretos ocultos me resulta cada vez más perezoso y aburrido.


Lo peor de todo es que Westworld dedica tanto tiempo a darle vueltas al misterio que sacrifica el propio desarrollo de sus personajes. Por poner un ejemplo, el personaje del Hombre de Negro que interpreta el siempre destacable Ed Harris, resulta muy impactante en el episodio piloto. Sin embargo, como su trama está relacionada con la búsqueda del famoso laberinto, sus siguientes apariciones son reiterativas y avanzan dando bandazos sin llegar a ninguna parte. De esta forma, no es hasta el último tercio de la temporada que llegamos a conocer de verdad a este personaje. Y vaya, resulta ser un personaje muy interesante y con mucho potencial. ¿De verdad era necesario esperar siete o ocho episodios para dotarlo de trasfondo? La dichosa búsqueda del laberinto debería haber servido desde el primer momento para enriquecer al personaje y para desvelar su trasfondo, pero no hace nada de esto hasta casi el final. Durante la primera parte de la temporada no es más que una búsqueda vacía, una simple persecución en pos de un misterio que no interesa demasiado... a no ser que seas uno de esos obsesos que ven misterios ocultos incluso donde no los hay.

En defensa de los guionistas (entre los que me sorprendió encontrar a Ed Brubaker, alguien bien conocido por los lectores de cómics) diré que no todos los personajes sufren de este desarrollo tan irregular. Es buen momento para mencionar el reparto de la serie, en el que HBO echó la casa por la ventada reclutando a actores de la talla del ya mencionado Ed Harris (cuya mera presencia siempre eleva cualquier película), Anthony Hopkins (cuya filmografía está repleta de obras excelentes) o las menos conocidas Evan Rachel Wood (que al parecer ha participado en alguna serie como True Blood, pero que yo personalmente no conocía) y Thandie Newton ( que figura en películas como Beloved o Crash). No he elegido mencionar a estos actores por casualidad, sino porque los personajes que interpretan son a mi juicio los que mejor se han desarrollado a lo largo de esta temporada. Las estupendas interpretaciones ayudan, desde luego, pero incluso el mejor de los actores tiene poco que ofrecer si el guión no le da un buen material desde el que partir. Quizá por eso me ha resultado tan frustrante lo que ha sucedido con el Hombre de Negro interpretado por Ed Harris, porque creo que hasta los últimos episodios el guión que le han ofrecido no ha estado a la altura de sus dotes actorales. Para más inri, la verdadera identidad de este personaje se desvela con un giro final que se sustenta en una de las subtramas más dispersas y confusas de la temporada. La idea en sí era muy buena: una de las tramas de la temporada tenía lugar en el pasado, mientras era rememorada por uno de los anfitriones en un estado de confusión que le hace confundir el pasado y el presente. Por tanto, uno de los personajes que llevaban toda la temporada pululando por el parque era en realidad el Hombre de Negro años atrás. Pero por mucho que la idea fuese buena y que el giro encaje al final, lo hace de una forma poco natural, forzada, artificiosa y en detrimento del trabajo de Ed Harris.


En cambio, el papel que interpreta Anthony Hopkins, el Doctor Robert Ford, es uno de esos personajes que se van cocinando a fuego lento capítulo a capítulo. Ford es el director del parque, así como uno de los co-creadores de la tecnología de los anfitriones. Mientras otros personajes tienen dudas acerca de unos seres que replican con tanto detalle a los seres humanos, Ford los trata como las marionetas que son. En algún momento se abusa del recurso de mostrar su absoluto dominio sobre los anfitriones, a los que puede detener o modificar gesticulando como si fuese un mago (mientras que el resto de personajes deben recurrir a órdenes verbales), pero creo que se hace con plena consciencia y con el objetivo de confundir al espectador. A medida que avanza la temporada, los matices que se añaden al personaje de Ford lo hacen cada vez más interesante, al dotarlo de más y más capas de ambigüedad. Quien al principio parecía alguien frío, taimado y despiadado, va mostrando poco a poco su humanidad... tanto para bien como para mal, porque cuando los humanos nos dejamos llevar por nuestras emociones somos capaces tanto de los actos más elevados como de los más atroces. De esta forma, Ford resulta ser un gran manipulador capaz de matar a otros sin pestañear, pero todas sus acciones pueden ser comprendidas por el espectador. Es fácil empatizar con este hombre que ha conseguido todo aquello que se ha propuesto en la vida a costa de haber perdido a su único amigo, Arnorld, el otro co-creador del parque. Por eso el parque significa tan poco para él y por eso su objetivo último es permitir que el sueño de su amigo siga viviendo aunque los poderes económicos que financian su tecnología quieran erradicarlo. El último acto de Ford en esta temporada, además de replicar las últimas acciones de su amigo, es también el último paso para permitir que uno de los anfitriones alcance aquello que Arnorld siempre quiso darle: una consciencia.


Aquí es donde entra Dolores Abernathy, el personaje interpretado por Evan Rachel Wood. Dolores es uno de los anfitriones más antiguos del parque y uno sobre el que Arnold trabajó con especial interés. Su programación original estaba diseñada en base al modelo de consciencia de Arnold, de tal forma que en algún momento le permitiese lograr una auténtica consciencia artificial. En este aspecto la serie se sumerge en el terreno de la ciencia ficción especulativa, a sabiendas de que tiene gran libertad para hablar sobre la consciencia. Después de todo, hoy en día la consciencia sigue siendo uno de los grandes misterios para la ciencia. No se sabe cómo se produce ese salto desde la actividad de las neuronas que constituyen nuestro cerebro a la experiencia subjetiva de la consciencia. De hecho, ni siquiera se sabe definir bien qué es la consciencia ni para qué sirve, siendo por tanto un problema con muchas ramificaciones tanto para la ciencia como para la filosofía (y para más detalles recomiendo leer este texto). El modelo de consciencia que propone Westworld no es especialmente novedoso, pero sí interesante y verosímil a la par que accesible para el espectador, que no tiene por qué ser un experto en ciencia. Dicho modelo se basa en el diálogo interno: de la misma forma que los anfitriones son programados para interactuar entre ellos y mejorar sus habilidades de comunicación en base a sus limitadas herramientas, el cerebro de Dolores está programado para "hablar" consigo mismo. Como es lógico suponer, un cerebro artificial que requiere una programación no tiene una voz propia con la que hablar. Por eso esa voz que "oye" Dolores es la de su programador original, Arnold. Sin embargo, en base a ese continuo diálogo, la voz interior se va transformando hasta que deja de ser la voz de Arnold y adquiere una identidad propia. Así, finalmente Dolores encuentra su propia voz interior y se hace consciente de sí misma.

La trama de Dolores ha sido una de las más interesantes de esta primera temporada de Westworld. Es posible que haya resultado algo confusa, ya que el continuo diálogo interior de Dolores es una experiencia rayana en la locura. Por eso Dolores confunde el pasado con el presente, el recuerdo de lo que pasó con lo que está sucediendo en este momento y su programación interna con una voz externa que habla dentro de su cabeza. El hecho de que su trama se cruce con la de otros personajes, como la del Hombre de Negro, hace que se pierda un tanto de vista lo más importante, que para mí es lo que está sucediendo en el interior del cerebro de Dolores. Hay que alabar el estupendo trabajo de Evan Rachel Wood interpretando a este personaje. No me parece sencillo interpretar a un ser artificial con apariencia humana y la mayoría de las veces que un actor se pone en el rol de un robot siempre me resulta mucho más "humano" de lo que debería. Sin embargo, viendo la interpretación de Evan Rachel Wood en más de un momento me he creído que era un robot de verdad; uno que, gracias a las sutilezas de su programación, ha ido desarrollando una forma de pensar propia que se percibe como algo similar al pensamiento humano pero que sin duda no es humano.


Finalmente, el último personaje que me gustaría destacar es Maeve, la madame del Salón Mariposa, el burdel situado en el centro del parque. La británica Thandie Newton ha sido una de las grandes sorpresas de la serie para mí, pues su personaje no parecía especialmente brillante y ha acabado siendo toda una revelación. Maeve también en un anfitrión, aunque al contrario que Dolores no creo que disponga de una auténtica consciencia. Sin embargo, Maeve descubre su naturaleza artificial y actúa en consecuencia: si su programación puede ser modificada, entonces puede modificarla para su propio beneficio. La relación que establece con los operadores del parque a los que chantajea y coacciona me ha parecido una de las subtramas con más gancho de la temporada y creo que uno de los factores se debe al carisma del personaje de Maeve. Mientras que uno de estos operadores la considera un robot defectuoso del que está deseando deshacerse, el otro acaba desarrollando una especie de vínculo ambiguo con ella. Lo que en principio podría ser mera curiosidad por ver de qué es capaz un juguete roto, acaba mutando en respeto y temor porque Maeve es un personaje con una gran presencia, que se impone sobre los demás y no sólo los manipula, sino que los acaba dominando. Puede que el final de su trama, con ella renunciando a su posibilidad de escapar del parque para reencontrarse con su "hija" de una narrativa pasada fuese muy previsible, pero el camino hasta llegar allí ha sido uno de los más intensos y memorables de la temporada.


Un último personaje que entraría dentro de esta categoría de personajes solventes tanto por guión como por interpretación es Bernard (Jeffrey Wright), cuyo giro sorprendente me parece muchísimo mejor llevado que el del Hombre de Negro. El resto de personajes de la temporada entrarían dentro de dos grupos: el de los personajes que tienen cierto trasfondo y desarrollo pero que no me han transmitido gran cosa, como el insulso Teddy (James Marsden) o William (Jimmi Simpson), y el de los personajes que, pese a su flagrante carencia de trasfondo o desarrollo, me han resultado muy disfrutables, como Logan (Ben Barnes) o los forajidos Hector Escaton (Rodrigo Santoro) y Armistice (Ingrid Bolsø Berdal). Logan es un mamarracho de mucho cuidado, pero entiendo y simpatizo con su forma de ver el mundo en general y el parque en particular. Por otro lado, Hector y Armistice protagonizan las mejores escenas de acción de la temporada, como el robo del Salón Mariposa a ritmo de la versión para pianola del Paint it Black de los Rolling Stones. Armistice es especialmente disfrutable en el último capítulo, donde da rienda suelta a todos sus excesos psicopáticos, así que es sencillo enamorarse de ella.

Ya que lo he mencionado, sería necesario dedicar unas líneas al apartado sonoro de Westworld, obra del compositor Ramin Djawadi. Además del estupendo tema principal, la banda sonora de la serie ha destacado por sus versiones para pianola de temas musicales modernos como el mencionado Paint it Black de los Rolling, No Surprises y Fake Plastic Trees de Radiohead o Back to Black de Amy Winehouse, entre otros. Este delicioso anacronismo del parque sirve tanto para hacer un guiño al espectador melómano como para recordarnos que nos encontramos en un escenario fabricado de forma artificial cuyo objetivo no es ser realista sino verosímil, que es distinto.

En general todo el envoltorio de la temporada ha sido un auténtico lujo, desde esos créditos iniciales (obra del mismo equipo que concibió la secuencia de Juego de Tronos que ya todos conocemos) hasta la fotografía, el diseño de vestuario y el estupendo contraste entre el ruido y la suciedad del parque y el entorno minimalista y casi esterilizado por el que se mueven sus trabajadores y responsables. Me ha parecido un gran acierto que en ningún momento se muestre el mundo real más allá de las fronteras del parque, ya que después de todo lo que nos interesa es lo que sucede allí dentro. También ha sido un buen detalle no especificar la fecha en la que suceden los acontecimientos de la temporada, porque ayuda a mantener la ambigüedad que transmiten los escenarios y el vestuario. Westworld puede estar ambientada en un futuro más o menos cercano, pero también podría estar transcurriendo hoy mismo. Quizá en la segunda temporada sea necesario equilibrar un poco mejor las tramas que suceden dentro de la ficción del parque y las que suceden entre sus directores y supervisores, ya que he tenido la impresión de que en algún momento empezaba a interesarme más el pulso entre Ford y sus inversores que lo que estuviese pasando dentro del parque propiamente dicho. Pero quitando este pequeño detalle, los mimbres que ha construido está primera temporada tienen un tremendo potencial.


Por supuesto que la serie ha recurrido a clichés y estereotipos que hemos visto mil veces antes. No creo que podamos considerar que Westworld sea una gran innovadora, porque ya nos han contado esta historia muchas veces antes. La propia película de Almas de Metal en la que se basa todo esto ya lo hizo hace varias décadas, sin ir más lejos. Sin embargo, Westworld cuenta una nueva versión de esa historia de una forma bastante capaz. Es fácil pasar por alto los detalles que chirrían cuando la estética está tan cuidada, la banda sonora es tan potente y se cuenta con interpretaciones tan estupendas como las de Anthony Hopkins y Evan Rachel Wood. Habrá que ver lo que sucede en el futuro y si la serie acabará volviéndose complaciente en lugar de seguir trabajando por pulir sus defectos y potenciar sus virtudes. De lo que no me cabe duda es de que tal y como han quedado las cosas tras el final de esta temporada, la segunda se presenta bastante atractiva.

Un aspecto en el que suelo fijarme mucho hoy en día cuando veo una serie es en sus consecuencias. ¿Las acciones de los personajes tienen consecuencias reales sobre su entorno o sobre otros personajes? ¿Se ven sus acciones determinadas por sus decisiones pasadas? Cuando se percibe que los eventos que se muestran en pantalla tienen un impacto duradero sobre los personajes, que van evolucionando en base a sus vivencias, la serie está haciendo bien su trabajo. Y una cosa que me quedó clara tras terminar el final de temporada de Westworld es que se habían producido consecuencias reales. Los eventos que había ido siguiendo capítulo a capítulo habían generado cambios, tanto en los personajes como en su entorno. El parque es ahora un lugar distinto, un lugar en el que todo es posible y las amenazas son reales. Mientras que antes los anfitriones estaban programados para ser incapaces de herir a los huéspedes humanos, la matanza que perpetran en el último capítulo indica que ahora son más que capaces de matar humanos. El viaje de Dolores ha servido no sólo para que adquiera consciencia propia, sino también para convertirla en un nuevo personaje que puede ser concebido de dos formas dependiendo de la perspectiva desde la que se valore: por un lado es un villano que lidera una horda de robots asesinos que pretenden tomar el parque, pero por otro es el primer robot auténticamente consciente y el iniciador de un movimiento que quizá libere a todos los demás que son como ella del yugo de sus creadores. Por otro lado, Ford ha acabado compartiendo la visión de su viejo amigo Arnold y siguiendo sus pasos hasta la tumba, con lo cual parece poco probable que le veamos en la segunda temporada (aunque siempre quedará la posibilidad de replicarle con uno de los androides). Todo esto hace que, pese a los rodeos artificiosos de algunos capítulos, el último capítulo otorgue esa sensación de merecido clímax que caracteriza a todo buen final de temporada.


Quedan algunos cabos sueltos menores para la segunda temporada, como es lógico suponer. ¿Son los actos de Maeve realmente suyos o han sido programados por alguien? ¿Qué hará el Hombre de Negro ahora que el parque es justo lo que él siempre ha querido que sea? ¿Cuál será la reacción de la junta de inversores a la pérdida del director y al desmadre de Dolores? Y eso sin mencionar esa referencia totalmente intencional del último episodio a la existencia de otros parques que replican entornos distintos al lejano oeste. En ese caso, parece que también hay un parque ambientado en el lejano oriente, con sus respectivos samuráis y sus katanas. Si no recuerdo mal, este idea ya estaba presente en Almas de Metal, en la que también hay un parque medieval junto al parque del oeste, pero claro, la forma en la que el último capítulo introduce el concepto se percibe como un caramelito para los espectadores golosos. Puede que ese otro parque se utilice en la segunda temporada o puede que incluso sea objeto de un futuro spin-off; quién sabe. Es un cebo en toda regla, pero uno que estoy dispuesto a morder con gusto.

En resumidas cuentas, diría que Westworld ha tenido una buena primera temporada. No ha sido ni mucho menos perfecta y, de hecho, creo que ni siquiera ha llegado a la excelencia, pero sí que ha sido lo suficientemente buena como para que le dedicase este texto. Puesto que en este momento estamos en pleno periodo de entusiasmo tras el reciente final de temporada es muy fácil encontrar infinidad de comentarios exagerando sus virtudes en internet. Yo he intentado ser lo más objetivo posible en este artículo, partiendo de la base de que la serie me ha gustado pese a haber podido identificar muchas de sus debilidades. Creo que la ha faltado algo para llegar a apasionarme, pero sin duda la he disfrutado. Aquí hay potencial de sobra para una segunda temporada que supere lo que acabamos de ver, así que tiene mi voto de confianza. Sólo tiene que reducir los excesos efectistas, dejar de apoyarse tanto en esos misterios artificiosos y centrarse más en el desarrollo de personajes para llegar a ser una serie estupenda. Porque cuando Westworld hace bien las cosas, las hace muy bien; realmente bien. Recuerdo una vez más los fantásticos diálogos del episodio piloto o el estupendo desarrollo de la toma de consciencia de Dolores. La segunda temporada lo tiene relativamente fácil para subir el listón, cogiendo estos aciertos y llevándolos un paso más allá.

Por cierto, el último episodio tiene una escena postcréditos protagonizada por mi querida Armistice. No es más que otro exceso de violencia pasado de rosca, pero a ella se lo perdono todo.


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