29 de diciembre de 2016

[Anime] Kaiba, de Masaaki Yuasa: animación experimental y destrucción emocional

Si estás interesado en el mundo del anime es muy posible que conozcas a Masaaki Yuasa, una de las figuras recientes más destacadas de la animación experimental japonesa. Yuasa ha realizado tareas de director, artista de storyboards y animador en diversas producciones, a las que ha imprimido cierto estilo particular. Sin embargo, no se puede decir que se haya prodigado demasiado. Normalmente asociado con Studio 4ºC, su nombre empezó a sonar con fuerza en 2004 con el estreno de la película Mindgame. Más adelante se encargó del segmento Happy Machine de la película Genius Party (que comenté en este mismo blog hace ya bastante tiempo) y dirigió series como Kemonozume y The Tatami Galaxy. Sus trabajos más recientes incluyen una colaboración con la serie de animación estadounidense Hora de Aventuras, que dio lugar al fantástico capítulo Cadena alimenticia (séptimo episodio de la sexta temporada), y el extraordinario anime Ping Pong The Animation, adaptación del manga de Taiyo Matsumoto recientemente publicado en España. Pero hoy quiero centrarme en una obra algo menos conocida de Yuasa, al menos en occidente: una serie de doce capítulos producida en 2008 por el estudio Madhouse y titulada simplemente Kaiba.


Todos los trabajos de este animador tienen un estilo visual característico y Kaiba no es una excepción. La serie es minimalista hasta el extremo, pero dinámica y desenfadada. Su animación tiene un marcado componente experimental en el que prima lo expresivo sobre la corrección formal, por lo que aspectos como la proporcionalidad o la perspectiva quedan en segundo plano ante el derroche de color y movimiento. Por su parte, el diseño de personajes roza lo infantil, con un deliberado aspecto inocente y afable que a mí me recuerda con bastante intensidad al estilo de Osamu Tezuka. De hecho, diría que Kaiba es una serie que podría haber producido el propio Tezuka... si Tezuka hubiese sido aficionado a consumir peyote u otras sustancias psicodélicas, claro.

Yuasa, que además de dirigir es también artífice del guión, nos presenta un universo en el que se ha desarrollado una tecnología capaz de almacenar recuerdos, de forma que la mente puede sobrevivir al cuerpo y viceversa. Una persona puede almacenar sus recuerdos en un chip y trasplantarlos a otro cuerpo, continuando su vida con toda tranquilidad. Es más, puede cambiar de cuerpo a voluntad, gracias a una fértil industria de construcción de cuerpos artificiales (aunque de naturaleza orgánica). Pero este poderoso avance, en lugar de utilizarse para prolongar la vida y asegurar la inmortalidad, ha creado una sociedad retorcida en la que se mercadea con cuerpos y recuerdos como si fuesen un producto más. Las diferencias entre clases sociales juegan aquí un papel importante, ya que los ricos y poderosos tienen su acceso garantizado a esta tecnología, por lo que cambian de cuerpo a su capricho y compran los recuerdos que desean. Los recuerdos dolorosos son borrados y sustituidos por otros recuerdos agradables, dando lugar a un modo de vida hedonista en el que el consumo de cuerpos y recuerdos lo es todo. No obstante, esos cuerpos y recuerdos no salen de la nada. Las clases sociales más bajas, incapaces de acceder a los lujos de los ricos, recurren con frecuencia a vender sus cuerpos o sus recuerdos para obtener el dinero necesario para vivir. La desigualdad entre ricos y pobres es descomunal, por lo que mientras los unos cambian de cuerpo como quien cambia de ropa, los otros se ven obligados a vender los cuerpos de sus seres queridos o a renunciar a sus recuerdos más queridos para poder sobrevivir.

El contraste entre el estilo visual tan naíf y la dureza de la temática que presenta la serie es uno de sus puntos fuertes. Kaiba trata sobre la injusticia social y la violencia que acaba generando, pero lo hace con una estética infantil, ingenua y casi onírica. Esto crea bastante desasosiego en el espectador, que percibe ese onirismo como algo que más que proceder de un sueño agradable se deriva de una pesadilla. Toda esa psicodelia tan atractiva dibuja una realidad incómoda, tanto por lo que muestra como por sus similitudes con el mundo real. Desde luego la temática de la serie es apasionante, ya que además de su evidente lectura social abarca también una lectura filosófica que indaga en aquello que define a la naturaleza humana. ¿Qué es lo que hace que un ser humano sea como es? Probablemente los recuerdos sobre sus experiencias pasadas sean muy importantes, ¿no? ¿Qué pasa entonces con esa persona si sus recuerdos son borrados o alterados? ¿Seguirá siendo la misma persona o se convertirá en otra distinta? ¿Y si lo que cambia es su cuerpo? ¿Qué sucede si un hombre pasa a vivir dentro de un cuerpo de mujer? ¿Cambiará su identidad de alguna forma? ¿Comenzará a verse a sí mismo como a una mujer? Estas son algunas de las preguntas que aborda la serie en sus segmentos más interesantes.


Fiel a sus principios, Kaiba comienza in media res, justo en el momento en el que su protagonista pierde la memoria. Esto genera gran confusión en el espectador y hace que el primer capítulo se convierta en una experiencia extraña en el que apenas puede entenderse nada de lo que sucede. Supongo que esto pueda echar para atrás a más de uno, pero en esta ocasión me ha parecido un uso muy acertado del típico recurso del protagonista amnésico. De hecho, el espectador comparte por completo la desorientación del protagonista, que no sabe cómo se llama ni qué está haciendo ahí. Pero a medida que el personaje comienza a descubrir el entorno en el que se encuentra, el espectador también va comprendiendo el escenario en el que se desarrolla la historia, atando cabos y encontrando el sentido que parecía estar ausente al principio. La confusión inicial del primer capítulo, por tanto, da paso con rapidez a la fascinación y al ansia por encontrar respuestas a muchas preguntas, siendo una de las más importantes quién es el protagonista de esta historia.

Pues bien, esta es una cuestión que se ignora casi por completo durante la primera mitad de la serie. Los siete primeros capítulos de Kaiba están centrados en el viaje por el universo de nuestro desmemoriado protagonista, al que meten en una nave durante el primer capítulo por razones que no comprenderemos hasta el tramo final. La primera vez que lo vemos, el protagonista (un muchacho al que llaman simplemente Kaiba) despierta en mitad de una ciudad desconocida y descubre que su cuerpo tiene un agujero en el pecho donde debería estar su corazón (y por extraño que resulte, esto no parece tener ningún efecto sobre su salud), además de un símbolo extraño en el abdomen. Entonces comienza a ser perseguido por unas máquinas cazadoras de recuerdos y un grupo de rebeldes le ayuda a salir del planeta, aunque para ello se ve obligado a cambiar de cuerpo. Por eso durante algunos capítulos permanece encerrado en un curioso cuerpo con forma de hipopótamo que es incapaz de hablar. Más adelante ocupará el cuerpo de una niña a la que conocerá durante su periplo, cuya memoria desaparece tras unas circunstancias dramáticas. No será hasta la segunda mitad de la serie cuando Kaiba retorne a su cuerpo original y se aborde el misterio sobre su identidad. Pero antes de llegar a ese punto, centrémonos en el mencionado viaje, pues quizá sea la parte más emocionalmente impactante de la serie.

En este universo de ficción, los seres humanos son una mercancía más. Los más desfavorecidos renuncian a sí mismos y venden sus cuerpos, pero ese proceso de deshumanización también afecta a las clases privilegiadas. Los ricos son esclavos de la moda y cambian de cuerpo con efusividad cada vez que se presenta un nuevo modelo. Ya nada parece tener un valor real, todo es mutable y susceptible de ser vendido o consumido. No obstante, algunas personas se aferran a sus vínculos emocionales para no dejar escapar la poca humanidad que les queda. El viaje de nuestro protagonista nos permite conocer a algunas de estas personas. Algunas de ellas son víctimas del sistema, mientras que otras son partícipes involuntarias de dicho sistema. Aquí entran en juego temas como la emigración ilegal o el aislamiento al que se ven sometidos los ancianos que ya no se consideran miembros productivos de la sociedad. El drama familiar siempre está presente y resulta más cercano a la realidad de lo que nos gustaría, como en el ejemplo de los nietos que esperan a que su abuela se muera para poder hacerse con sus posesiones de valor. Los pocos que conservan algo de humanidad son pisoteados por sus semejantes o asimilados por el sistema, por lo que la serie transmite un mensaje alto y claro: para sobrevivir hay que ser egoísta y aprovecharse de los demás antes de que ellos se aprovechen de ti. Por otro lado, los miembros de las clases privilegiadas encuentran que su vida repleta de caprichos carece de sentido y buscan sensaciones cada vez más extremas con el único objetivo de satisfacer sus impulsos. El algún momento incluso se insinúa que el hecho de poder cambiar de cuerpo supone vía libre para todo tipo de perversiones sexuales. Es más, la serie incluye alguna escena en la que se muestra el sexo de forma notablemente perturbadora, lo cual está potenciado por esa estética inocente e infantil que mencionaba antes.


En definitiva, la sociedad que nos presenta Yuasa es una sociedad rota en la que todo el mundo es infeliz. Los pocos que conservan una ilusión de felicidad lo hacen a costa de autoengañarse, como el anciano que decide ignorar que su mujer le había sido infiel o la mujer que acaba habitando el cuerpo de un perro para poder estar junto al hombre al que ama y que nunca le había correspondido (irónicamente, siendo un perro recibe muchas más atenciones de las que recibía siendo humana, lo cual es poco menos que escandaloso). Sobre cada capítulo flota una nube negra de pesimismo, cuando no de nihilismo puro y duro: nada tiene valor, nada tiene significado, todo es un gran sinsentido. Sólo las emociones parecen auténticas, pero incluso ellas pueden ser manipuladas cuando los recuerdos son borrados o alterados. Capítulos como Las botas de Chroniko o La habitación de los recuerdos de la anciana son devastadores, alcanzando unos niveles de angustia existencial que no todos los espectadores están dispuestos a tolerar. A mí, como gran aficionado al drama de la vieja escuela, me resultaron fantásticos.

Sin embargo, la serie experimenta un drástico cambio de orientación a partir del capítulo ocho. Si hasta entonces la identidad de Kaiba había permanecido como una incógnita que se abordaba de forma tangencial como mucho, a partir de ese punto se convierte en el eje central del argumento. Aquí es donde empiezan mis problemas con la propuesta de Yuasa, ya que la gran y misteriosa historia de Kaiba no me parece tan interesante como esas pequeñas historias que se van narrando durante su viaje a través del universo. Quizá sea porque es una historia muy grandilocuente, en la que entran en juego taimados conspiradores, terroristas fanáticos y tiranos espaciales, pero la veo demasiado efectista y siento que pierde un poco el rumbo a medida que se acerca a su conclusión. A partir de un momento concreto se vuelve bastante previsible y por eso el autor recurre a algunos giros extravagantes que se perciben como algo artificial (es el caso de la milagrosa resurrección de un personaje que pareció morir capítulos atrás, que nunca llega a explicarse bien). Pese a todo, el misterio sobre la identidad de Kaiba se resuelve de una forma más o menos satisfactoria. Lo más criticable de este aspecto es que, una vez conocida su identidad y concluida su historia, se presenta como algo desconectado de todo lo que se presentó durante la primera mitad de la serie. ¿Qué sucede con el resto del universo una vez que Kaiba descubre quién es? ¿Hará algo por cambiar las cosas o decidirá mantener el sistema? Me hubiese gustado que la serie abordase estas cuestiones, aunque hubiese sido en un breve epílogo tras el clímax del último capítulo.

Quizá la mayor debilidad de la serie es la historia de amor sobre la que recae gran parte del peso de su tramo final. Se trata de un romance interesante y cuenta con algunas escenas muy bonitas, pero se me antoja demasiado plano. Es la misma historia de amor que hemos visto mil veces en mil lugares distintos, con los mismos estereotipos blandos y con el mismo mensaje anodino al final: el amor supera cualquier obstáculo, el amor lo vence todo. La ruptura con el tono establecido en los primeros siete episodios me parece evidente, pues toda esa angustia y ese nihilismo acaban desvaneciéndose "por el poder del amor". Puede que yo sea un cínico incorregible, pero me resulta difícil creer que "el poder del amor" basta para arreglar una sociedad tan deshumanizada como la que presenta Yuasa. Por tanto, no me cuesta nada decir que la segunda mitad de la serie está un poco por debajo de la primera y que me sentí mucho menos implicado emocionalmente en ella.


Pero todo lo anterior no quita que mi valoración final sea muy positiva. Aunque la trama principal del protagonista no lograse atraparme tanto como las historias menores que se presentan al principio, cuenta con algunas ideas muy potentes y está apoyada por el mejor despliegue visual del que son capaces en el estudio Madhouse. La expresividad de los personajes es arrolladora y funciona a la perfección dentro de ese estilo minimalista y dinámico tan encantador. Después de todo, el apartado visual es el más llamativo de esta producción y por sí mismo ya justifica el tiempo de visionado. Lo único que me fastidia es que siendo el personaje de Kaiba el gran misterio de la serie su historia sea la menos interesante de todas, cuando otras historias menores como la de Chroniko o la de la anciana son tan memorables.

Lo que no puedo negar de ninguna manera es que la propuesta de Yuasa es bastante distinta a la gran mayoría de animes que nos llegan desde Japón. En ese sentido, la serie cumplió todas mis expectativas: esperaba algo extraño y excéntrico, alejado del anime más comercial, y eso es precisamente lo que me encontré. Su vertiente experimental no es apropiada para todos los paladares y su estética puede resultar problemática para más de un espectador, pero es justo el tipo de producción que a mí me resulta distintiva y apasionante. Si te consideras una persona a la que le gusta explorar nuevas experiencias con la mente abierta, esta serie te parecerá como mínimo curiosa. En cambio, si lo que buscas es algo más convencional te aviso de que no lo vas a encontrar aquí. Tú decides si merece la pena que le dediques tu tiempo o no.

Por mi parte, si estuviésemos en otro tiempo y lugar, creo que optaría por borrar mis recuerdos de los primeros episodios. Así podría volver a verlos sin saber nada y emocionarme como me emocioné la primera vez. En esos ejemplos trágicos de una sociedad deshumanizada me pareció encontrar una elusiva chispa de verdad, de autenticidad, de significado incluso. Es como si entre las cenizas de lo que somos se pudiese atisbar aquello que podríamos ser; que deberíamos ser si nos lo permitiésemos a nosotros mismos. Pero la sociedad que nosotros hemos construido nos está devorando poco a poco, como una bestia descontrolada que hace tiempo que dejó de atender a las órdenes de su amo. Es ahora cuando más necesario es que nos paremos a buscar esa chispa de humanidad que nos define y que otorga sentido a nuestra existencia... o dará igual lo que suceda con nuestros cuerpos o nuestros recuerdos, porque ya no seremos humanos nunca más.


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