24 de enero de 2017

[Documentales] David Bowie: The Last Five Years


Por lo general no tengo problema alguno en escribir acerca de cualquier materia, ya sea literatura, cine, cómic o videojuegos, aunque desde luego estoy lejos de poder considerarme un experto en esos campos. Me gusta pensar que tengo cierta facilidad para expresarme y elaborar una opinión argumentada, como puede comprobarse a lo largo de las decenas de textos que he publicado en este blog a lo largo de los años. Sin embargo, hay unos cuantos temas que me intimidan tanto que no me siento capaz de escribir sobre ellos. David Bowie es uno de esos temas: su aportación a la cultura popular ha sido tan inmensa y su música ha significado tanto para mí que prefiero mostrar mi respeto hacia su recuerdo desde la más callada humildad. Si rompo ahora el silencio es porque me he encontrado con un material apasionado y revelador que me ha hecho entender mejor a quien fue una de mis mayores fuentes de inspiración; un material que quiero dar a conocer y recomendar tanto por su interés cultural como por su valor humano.

Emitido por la BBC en la víspera del que iba a ser su septuagésimo cumpleaños si no nos hubiese dejado en 2016, David Bowie: The Last Five Years repasa los últimos años de vida del artista, que también fueron uno de los periodos creativos más ricos de toda su extensa carrera. Durante esos años publicó dos discos, The Next Day y Blackstar, además de producir un musical basado en su legado. Por desgracia, lo que muchos quisimos ver como un renacimiento tras casi una década apartado de los micrófonos fue en realidad una despedida. Pocos días después de la salida de Blackstar, David Bowie falleció tras ser derrotado por el cáncer contra el que había estado luchando.

The Last Five Years, respetando la voluntad del cantante, no se centra en su vida privada sino en su labor artística. El documental no narra su batalla contra el cáncer ni se regodea en la amargura de su muerte, sino todo lo contrario: celebra su descomunal aportación a la música durante esos años y usa las canciones de sus últimos discos como hilo conductor para mostrar al hombre oculto tras los muchos personajes que interpretó durante su vida. Es más, The Last Five Years usa la música más reciente de Bowie, quizá la más sincera y autobiográfica que compuso nunca, como herramienta para separar al hombre real del mito que se construyó a su alrededor. Para ello recoge entrevistas con sus colaboradores más cercanos, grabaciones históricas y material inédito de sus últimas grabaciones.

"Parte de mi trabajo consiste en mentirte", llegó a decir Bowie en una ocasión. "Era demasiado tímido cuando subía al escenario, así que interpretar a un personaje me ayudaba a superar la timidez", proclamó en otro momento en referencia a su más famoso alter ego, Ziggy Stardust. Parte de su éxito se debió posiblemente a sus camaleónicas transformaciones, amoldándose a cada época y creando siempre tendencia, pero todo aquello no era más que una fachada. Raras veces podía verse al auténtico Bowie tras la máscara que había adoptado en ese momento, pero esta máscara saltó por los aires cuando supo que estaba enfermo. Quizá por eso The Next Day es un disco tan revelador.


El documental se centra en especial en tres temas de ese penúltimo disco: Were Are We Now?, The Stars (Are Out Tonight) y Valentine's Day, haciendo que cada uno de los segmentos dedicados a ellos enriquezca nuestra visión sobre el cantante. Were Are We Now? es un vistazo nostálgico al tiempo que pasó Bowie en Berlín, llevado a cabo por alguien que sabe que se encuentra en el tramo final de su vida y que está lidiando con el bagaje emocional que ha acumulado tras tantos años. Por su parte, The Stars (Are Out Tonight) es una feroz crítica al mundo del famoseo, ya que muestra a las estrellas como a unos seres inhumanos que acosan a las personas normales para apropiarse de sus vidas. Pese a que pueda parecer lo contrario, a Bowie nunca le gustaron demasiado los circos mediáticos. Puede que interpretase un papel de cara al público, pero siempre guardó celosamente su intimidad. Buena prueba de ello es que durante sus últimos años no concedió ni una sola entrevista, ni siquiera cuando publicó The Next Day. Finalmente, Valentine's Day supone un vistazo angustioso a la realidad que nos ha tocado vivir, en la que cualquier perturbado puede hacerse con un arma y entrar en un colegio pegando tiros. Valentine's Day es un alegato en contra de las armas de fuego y una condena hacia todas esas masacres que hemos visto en las noticias con demasiada frecuencia, pero no deshumaniza al asesino y eso me parece admirable: incluso los peores entre nosotros siguen siendo personas, después de todo. Si algo supo hacer Bowie con sus canciones fue capturar el sentir general de la sociedad en cada época y quizá Valentine's Day sea la que mejor captura lo que experimentamos en esta era terrible en la que nos encontramos.

The Next Day fue una sorpresa para todos. Había sido grabado en secreto, sin ser anunciado y sin las presiones que supone tener una fecha de publicación. Fue el primer trabajo de Bowie tras casi una década y mostró una imagen alejada de los excesos que le habían caracterizado en el pasado. El Bowie de ese disco es un hombre maduro que ha asumido su edad y no se aferra a lo que fue, sino que acepta lo que es. Nada parecía indicar que se trataba de un hombre enfermo que estaba preparando su despedida, aunque había sutiles pistas. En cambio, su siguiente álbum, Blackstar, fue de todo menos sutil.


Llegado a este punto, el documental sirve para poner las cosas en perspectiva. Mientras trabajaba en Blackstar, el artista estaba siendo consumido por el cáncer y sus posibilidades de supervivencia disminuían a cada día que pasaba. Fue en ese momento cuando decidió hacer realidad su viejo sueño de producir un musical de Broadway, como quien se hace una lista de las cosas que quiere hacer antes de morir. The Last Five Years se centra, además de en el mencionado musical, en dos temas de su último trabajo: Blackstar y Lazarus. El primero supone una de las canciones más enrevesadas y crípticas que recuerdo, un último misterio que Bowie dejó sin resolver y que nos corresponde a nosotros investigar. No me cabe duda de que toca temas relacionados con la espiritualidad, la religión y el deseo de trascendencia, aunque no me atrevería a aventurar una interpretación. Sí que puedo confesar lo mucho que me emocionó ver el videoclip de Blackstar porque supuso la despedida final de uno de los personajes clave del imaginario de Bowie, el astronauta conocido como Major Tom, presente en muchas de sus canciones: se perdió en el espacio en Space Oddity, quedó atrapado en un planeta desconocido donde se convirtió en un yonqui (metáfora de la propia adicción de Bowie a las drogas) en Ashes to Ahshes y finalmente encontró su último lugar de descanso bajo la luz de la estrella negra de Blackstar. Por otro lado, Lazarus tiene una lectura mucho más simple: es un tema que habla sobre la muerte y sobre lo que dejamos atrás cuando abandonamos este mundo. Tal y como desvela el documental, Bowie grabó el videoclip de Lazarus la misma semana en la que supo que su cáncer había entrado en fase terminal, por lo que en ese momento era consciente de que ya no le quedaba mucho tiempo de vida. No obstante, eso no le impidió seguir trabajando.

The Last Five Years utiliza un recurso que me parece muy potente: superpone la voz de Bowie a grabaciones en directo de los músicos que colaboraron con él en sus últimos discos, realizadas tiempo después de que muriese el artista. De esta forma, su presencia inmaterial se deja sentir a lo largo de todo el documental. Un recurso similar que también emplea consiste en dejar que el espectador escuche la voz de Bowie sin acompañamiento musical ni arreglos, permitiendo incluso percibir su respiración y mostrando así su pasión y su fragilidad. Si bien el primer recurso parece pensado para ensalzar el mito, cuando viene acompañado del segundo sirve para realzar su faceta humana. A este documental no le interesa contribuir a la extensa leyenda que ha rodeado a David Bowie, sino mostrar al ser humano con sus contradicciones, sus inseguridades, sus inquietudes, sus pasiones y sus miedos. ¿Y qué mejor forma de romper el mito que acabar el metraje con un inesperado chiste de pedos? Tan obcecados estamos con el icono en el que se había convertido que incluso llegamos a dudar que Bowie se tirase pedos como tú y como yo, pero sí, lo hacía.

Para cualquier fan de David Bowie, The Last Five Years es una viaje íntimo y emocional para recordar a su ídolo un año después de su muerte. Al menos para mí lo ha sido. Es un viaje en el que las lágrimas están aseguradas, pero que no acaba con un llanto perenne sino con una sonrisa y una celebración. Para los neófitos o para cualquiera que tenga cierto interés en la cultura popular, servirá para acercarse al Bowie más íntimo y como puerta de entrada hacia su trabajo, lo cual no es poca cosa. En cualquier caso, sin duda merece la pena echarle un vistazo aunque sólo sea por el inspirador mensaje que se desprende de la narración de los últimos años del cantante. David Bowie tuvo muchas identidades y fue muchas personas distintas durante su vida, pero sólo al final de la misma se atrevió a ser David Bowie y nada más que David Bowie. Como consecuencia, vivió un estallido creativo extraordinario y nos dejó un par de trabajos inolvidables. Fue el broche de oro para uno de los grandes iconos de la historia de la cultura popular, pero también una invitación para que abracemos lo que somos en realidad, nos deshagamos de nuestras viejas máscaras y nos atrevamos a ser nosotros mismos sin temor a lo que otros puedan pensar o decir. Es el mismo mensaje que nos dejó Ziggy Stardust poco antes de volver al espacio exterior décadas atrás, pero expuesto no desde la inocente y apasionada juventud de una estrella en ciernes, sino desde la sabiduría, la tranquilidad y la madurez de quien ha vivido todo lo que ha querido vivir y ha hecho las paces consigo mismo antes de abandonar este mundo.


13 de enero de 2017

[Videojuegos] Nintendo Switch: una pequeña opinión sobre la filosofía que sustenta a la nueva consola de Nintendo


Hace ya bastante tiempo que me bajé del carro de Nintendo, pero eso no quiere decir que haya dejado de prestar atención a los movimientos de la compañía nipona. Puede que su filosofía difiera de mis preferencias como jugador, pero el impacto que ha tenido y sigue teniendo en el mundo del videojuego (y por extensión en la cultura popular) es indiscutible. Tras el descalabro de Wii U, Nintendo no está viviendo su mejor momento en términos de negocio. Sin embargo, los pilares que sustentan su filosofía permanecen sólidos como una roca y eso es algo digno de admiración. Pocas compañías tienen un compromiso tan férreo con los principios que las guían, ya que la mayoría de ellas se conforma con adaptarse a las preferencias del mercado y arriesgarse lo mínimo posible. Nintendo, en cambio, no se adapta al mercado sino que trata constantemente de crear nuevos mercados. Además, cada nueva consola que presenta supone un importante riesgo, pues implica un cierto grado de innovación. Los controladores de movimiento, las pantallas táctiles, la doble pantalla, el 3D... desde el lanzamiento de los primeros modelos de Wii y DS, Nintendo se ha dedicado a explorar nuevas formas de interactuar con la tecnología; nuevas formas de hacerla accesible a cualquier persona. A veces ese riesgo se ve recompensando, mientras que otras implica pérdidas. Pero incluso cuando una de sus consolas no funciona como se esperaba que lo hiciese, como en el caso de Wii U, se le puede adjudicar un triunfo moral. Nintendo tiene un compromiso con la diversión y el juego social que no tiene ninguna otra compañía y, pese a la inquietud que han despertado sus recientes incursiones en los dispositivos móviles, la presentación de su nueva consola, Switch, ha servido para reafirmar una vez más ese compromiso.

Hay algo que me resulta entrañable en las presentaciones de prensa de Nintendo. Quizá se deba al carácter profundamente japonés de la empresa o al hecho de que hasta cierto punto siempre resultan un tanto anacrónicas. Quizá sea algo tan sencillo como que las presentaciones de Nintendo derrochan humildad en un entorno demasiado dado a los excesos autocomplacientes. Estoy acostumbrado a que otras compañías como Microsoft o Sony realicen todo un despliegue audiovisual durante sus presentaciones (de hecho, nunca se me olvidará aquella presentación de Sony que contó con la música en directo de una orquesta, lo que fue todo un alarde de megalomanía). En cambio, Nintendo abrió la presentación de Switch, consola de la que puede depender en gran parte el futuro de la compañía, con un par de sencillas diapositivas. Es más, uno de los primeros juegos que presentó en el evento se juega mirando a los ojos al otro jugador en lugar de mirando a la pantalla, lo cual lanzaba un mensaje muy potente: la consola no es el centro de la experiencia. Mientras otras propuestas como Project Scorpio o PlayStation 4 Pro se amparan en una tecnología más potente para venderle una suerte de estatus superior al jugador, Switch deja a un lado su tecnología en favor de la interacción social más simple. He aquí la filosofía de Nintendo en todo su esplendor.

Hoy la red está plagada de artículos y comentarios sobre la presentación oficial de Switch, así que voy a ahorrarme los detalles. Lo que está claro es que esta extraña propuesta híbrida entre consola de sobremesa y consola portátil sigue haciendo el mismo hincapié en el juego social que hicieron Wii y Wii U en su momento; quizá incluso más, dada la facilidad para jugar con ella en cualquier parte y teniendo en cuenta las diversas posibilidades que ofrece el mando Joy-Con. Nintendo quiere que juguemos con nuestra familia y nuestros amigos, ya sea al aire libre o reunidos en una misma sala. Por supuesto que existe la posibilidad de jugar online con otros jugadores de cualquier parte del mundo, pero el núcleo de la experiencia que vende Switch es la interacción social directa, algo que se lleva cada vez menos. Otras plataformas ponen su énfasis sobre la potencia gráfica, el dramatismo de sus historias o el frenetismo de sus modos online mientras que los multijugadores locales son cada vez menos infrecuente. Nintendo es la más clara excepción a esta tendencia y Switch es la prueba de que su postura no ha cambiado en absoluto. Se trata de una postura muy necesaria para dar variedad a un mercado con demasiada tendencia a homogeneizarse.

Para Nintendo lo importante no es la consola, sino las personas que la usan. La consola es sólo una excusa para relacionarse, hablar y jugar con la gente que te rodea. Todo eso puede hacerse a través de la red, claro está, y personalmente no tengo nada en contra de que se haga. No obstante, creo que las relaciones indirectas en las que la comunicación está mediatizada por una máquina pierden algunos de los componentes más importantes de cualquier relación: la cercanía, el contacto físico, la posibilidad de mirar directamente a los ojos al otro; el genuino calor humano, en definitiva. Admiro a Nintento por apostar por experiencias que implican de forma tan fuerte esta relación directa con otros jugadores en un mundo en el que las relaciones cada vez están más mediatizadas por máquinas, ya sea el teléfono móvil que usamos para consultar las redes sociales y los servicios de mensajería o la consola con la que jugamos online junto a jugadores de cualquier parte del mundo. Pero tampoco quiero pecar de idealista, porque la propuesta de Nintendo no deja de ser un ideal al que aspirar y no una norma. Me cuesta creer que la mayoría de futuros jugadores de Switch sea igual que los modelos de los anuncios de la consola, esos que se llevan la consola a la fiesta inesperada que sus vecinos han organizado en su terraza o que son capaces de organizar toda una competición en el parque de su barrio. Imagino que gran parte de los compradores tendrá un perfil bastante distinto, en el que el juego social tenga una importancia considerablemente menor. Si yo me hiciese con una Switch mi perfil no sería el del jugador social de los anuncios, desde luego. Aún así, el mensaje de Nintendo me parece tan acertado como necesario: la consola, como cualquier otro aparato tecnológico, sólo es importante en tanto en cuanto te pone en contacto con otras personas, en especial aquellas personas con las que puedes interactuar directamente. Switch no sólo es una forma de diversión, sino también de comunicación social.

Es posible que parezca una estupidez considerar que una videoconsola puede ser un dispositivo de comunicación social, pero no hay más que echar la vista atrás para ver el impacto que tuvieron Wii y DS en ese sentido: hicieron que los videojuegos fuesen accesibles incluso para aquellos que no los habían probado nunca, lo que supuso que jugar en familia fuese verdaderamente posible pese al absoluto desconocimiento tecnológico de los más mayores de la casa. Yo nunca fui especial partidario de la apuesta tan poco tradicional que supuso Wii, ya que en su momento me pareció muy alejada de mi zona de confort, pero con el tiempo me he percatado de su valor y de su valentía. Recuerdo una visita que hice a un centro de rehabilitación neuropsicológica en el que, entre otras muchas actividades con los pacientes, se jugaba a la Wii. En ese caso, la consola se había convertido en una estupenda forma de comunicarse con el paciente y de ayudarle en su terapia. Dudo mucho que Xbox One o PlayStation 4 pudiesen desempeñar el mismo rol en un centro de esas características, mientras que a la vieja Wii le venía como anillo al dedo. Wii, en definitiva, además de divertir con sus juegos, era una herramienta estupenda que permitía interactuar con facilidad con los demás, incluyendo personas con necesidades especiales. Este tipo de cuestiones no suelen preocupar al jugador medio, mucho más interesado en su propia satisfacción personal, pero ahí es donde radica la verdadera importancia social de todo producto tecnológico.

Supongo que Switch es el siguiente paso en el camino que inició Nintendo con Wii, aunque no dejo de pensar que es una propuesta bastante más conservadora de lo que esperaba. Wii U ya me pareció demasiado conservadora en su momento, ya que parecía estar a medio camino entre Wii y la consola que quizá debería haber sido. Por su parte, Switch no me parece ninguna revolución sino una evolución lógica que combina todo aquellas innovaciones que tan bien funcionaron en Wii y DS pero también hace algunas concesiones al mercado actual. Tanto su presentación como el marketing que rodea a la nueva consola han dejado un tanto de lado esas típicas imágenes de familias felices jugando en el salón de casa que tanto caracterizaron a los anuncios de Wii, lo cual me parece llamativo. Quizá la apuesta de Nintendo ya no vaya dirigida a un público tan amplio, ya que de hacerlo tendría que competir con los móviles y las tabletas, que parecen haber ocupado el nicho que en su momento ocupó Wii en el salón de casa. Switch parece enfocada a un público más juvenil, a esos adultos de mediana edad que se han criado jugando y son ávidos consumidores de tecnología, y no tanto a las familias. No hay abuelas jugando a la Switch en los anuncios y su ausencia también transmite un mensaje.

El juego online de pago también puede considerarse una concesión al mercado actual, pero no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta que tanto Xbox One y PlayStation 4 requieren un pago para jugar online. Tendremos que ir acostumbrándonos a pagar si queremos jugar online en consola o ir pensando en pasarnos al PC. Sin embargo, no deja de ser chocante que una compañía tan preocupada por la diversión de los jugadores ponga una barrera tan sonada a dicha diversión como exigir un pago previo para poder disfrutar del componente online.

Finalmente, otro aspecto que me genera cierta controversia tiene que ver con la concepción de la propia consola. Leí hace tiempo que Nintendo no es una compañía tecnológica sino una empresa juguetera y hasta cierto punto estoy de acuerdo. Switch va un paso más allá de lo que llegaron Wii y Wii U en la tendencia de considerar que la consola es un juguete más que un aparato de alta tecnología. Eso es más propio de la competencia que de Nintendo, que parece más que dispuesta a seguir explotando el filón que abrió con los Amiibo. Como otros muchos han augurado antes que yo, los mandos Joy-Con de colores serán el complemento más discreto que veremos para Switch. Es lógico esperar que haya mandos decorados con motivos de diferentes juegos, permitiendo que el jugador pueda personalizar su consola. Quizá incluso haya mandos especiales que permitan realizar tareas concretas en algunos juegos, de forma similar a los periféricos que tuvo Wii. Y, por supuesto, basta con que Nintendo repita la misma estrategia que tan bien le ha funcionado con los Amiibo o con la NES Mini (lanzar tiradas iniciales pequeñas para crear una alta demanda y una sensación de urgencia en los consumidores) para asegurarse unos ingresos considerables. Personalmente, no me gusta esta estrategia ni me gusta esa concepción de "juguete tecnológico" que parece defender Nintendo, como tampoco me gusta el hecho de tener que pagar por jugar online, pero entiendo que muchas de estas decisiones han sido cuestión de supervivencia para la empresa.

Tras el relativo fracaso de Wii U y la muerte de Satoru Iwata, había cierta incertidumbre sobre el futuro devenir de Nintendo. Su incursión en los teléfonos móviles fue percibida en términos generales como una concesión desesperada a las exigencias de un mercado que ya la había dejado atrás. Es posible que Switch comparta la misma filosofía que sus predecesoras, pero no es una innovación tan arriesgada ni peculiar como lo pudo ser Wii. También es cierto que las constantes filtraciones han estropeado cualquier atisbo de sorpresa. Pese a todo, el ruido mediático que ha causado ha sido notable y quizá eso baste para tranquilizar a los inversores de la compañía durante el próximo periodo fiscal. El futuro de la compañía nipona pinta como poco interesante y merecerá la pena ser testigo de los juegos que van a ir llegando a la nueva consola. Además de lo ya visto, con esas nuevas entregas de la sagas Mario, Zelda y Xenoblade tan atractivas, habrá que ver si los desarrolladores consiguen aprovechar las peculiaridades de Switch para llevar a cabo juegos innovadores; juegos que le saquen partido al Joy-Con y a la posibilidad de jugar en cualquier parte. En cualquier caso, el compromiso de Nintendo con la diversión y el juego social siguen mereciendo todo el respeto del mundo. No puedo hacer más que desearle lo mejor a Switch ahora que ha comenzado de forma oficial su carrera, ya que el mundo de los videojuegos sigue necesitando que la filosofía de Nintendo está presente. Esa alternativa tan distintiva, tan centrada en la diversión y en la comunicación, debe estar presente y debe ser una alternativa a tener en cuenta.

8 de enero de 2017

[Literatura] Reseña de El niño en la cima de la montaña, de John Boyne


Cuando una novela se encuentra con una acogida desmesurada y se convierte en un gran éxito de ventas, su autor tiene dos opciones a la hora de encarar su siguiente obra: o bien se arriesga a probar algo diferente con la esperanza de que los lectores confíen en su talento o bien trata de replicar los elementos que funcionaron en su anterior trabajo para no distanciarse demasiado de lo que gustó al público. Es bastante frecuente que un escritor reconocido eche la vista atrás para revisitar alguno de sus trabajos previos y retomar de alguna forma su argumento o temática, lo cual no es necesariamente negativo. Pongamos como ejemplo el caso del escritor irlandés John Boyne, responsable de diversas novelas entre la que destaca la popular El niño con el pijama de rayas. Publicado en 2006, este libro tuvo una notable acogida y contó con una adaptación cinematográfica. Pues bien, tras diez años publicando otros trabajos de contenido diverso, Boyne volvió sobre sus pasos para publicar El niño en la cima de la montaña. Aunque no se trataba de una secuela, su título ya indicaba que la intención del autor era evocar las mismas sensaciones que aquel otro trabajo que tanto gustó en su momento. No obstante, en esta novela Boyne no sólo recuperó los mismos temas que ya trató en El niño con el pijama de rayas, sino que lo hizo con una mayor destreza y con una caracterización de personajes más profunda. El resultado, además de ser mejor libro, es una buena prueba de que revisitar viejas obras con una perspectiva nueva no siempre es mala idea.

La historia comienza en el París de 1936, donde vive nuestro protagonista: un niño de padre alemán y madre francesa llamado Pierrot. Su vida no es muy distinta a la de otros niños de su época y transcurre entre las clases, los juegos con su perro D'Artagnan y las confidencias con su amigo Anshel, un niño judío sordo de nacimiento que vive en su mismo edificio. Criados prácticamente como hermanos, Pierrot y Anshel incluso han desarrollado sus propios signos manuales especiales para representarse a sí mismos. Anshel eligió el signo del perro para su amigo, a quien consideraba generoso y leal, mientras que Pierrot optó por el signo del zorro, ya que pensaba que Anshel era el niño más inteligente de la clase. Como es lógico suponer por el marco histórico, las vidas de ambos están destinadas a transcurrir por caminos muy diferentes. La prematura muerte de los padres de Pierrot le obligará a abandonar el único hogar que ha conocido hasta entonces, dejando atrás a su perro y a su mejor amigo. Acogido por el único pariente que le queda, su tía Beatrix, Pierrot se trasladará hasta Alemania, hasta una residencia situada en los Alpes en la que su tía trabaja como ama de llaves. Pero no se trata de una casa cualquiera sino del Berghof, el retiro montañés de Adolf Hitler en Baviera. Rebautizado como Pieter, nuestro protagonista se verá entonces sometido a la influencia del nazismo y de su líder, el Führer.

En efecto, El niño en la cima de la montaña es un relato sobre el descenso hacia las tinieblas de un niño normal y corriente al que le ha tocado vivir una época terrible. Su transformación transcurre de forma paralela a la de Alemania, que se encamina de forma irremediable hacia la Segunda Guerra Mundial, lo cual me parece intencionado por parte del autor. Son muchas las historias que han abordado la situación de Alemania durante el auge del Partido Nazi y no todas han sabido capturar la complejidad de esa tesitura social. Además, con frecuencia la cultura popular ha desvirtuado la imagen de los partidarios del nazismo, convirtiéndolos en crueles y sanguinarios villanos de opereta. No me cabe duda de que las prácticas de este grupo permitieron que muchos individuos despreciables medrasen en sus filas, pero eso sólo es una parte del retrato global. Muchas personas de la época apoyaron a los nazis porque estaban desesperadas por creer en aquello que les ofrecían, porque tenían miedo a las consecuencias derivadas de oponerse a ellos o porque sencillamente no tenían otra opción. Muchos alemanes conocían las atrocidades que se estaban cometiendo, pero prefirieron hacer oídos sordos para protegerse a sí mismos y a sus familias. Tampoco es que ellos pudiesen hacer algo por cambiar las cosas, después de todo. ¿Deberíamos considerarlos villanos entonces? ¿Se les puede considerar cómplices de los crímenes nazis? No existe una respuesta satisfactoria para estas preguntas, pero Boyne quiere que pensemos sobre ellas mientras leemos su libro y atendemos atónitos a la progresiva transformación de Pierrot.

Esta no es la historia de un chaval que se ve corrompido poco a poco por los ideales fascistas, sino algo mucho más verosímil y perturbador. Una narración sobre cómo un niño noble y leal se convierte en un villano esperpéntico resultaría pueril y El niño en la cima de la montaña no lo es en absoluto. De hecho, creo que el proceso por el que pasa Pierrot representa bien el proceso por el que se vieron obligados a pasar muchos ciudadanos alemanes de la época. Y aún diría más: también representa la situación de todos aquellos que se han visto obligados a vivir bajo un régimen totalitario en algún momento de la historia. Apadrinado por el propio Hitler, nuestro protagonista se convierte en un partidario del nazismo, desde luego, pero los motivos que le llevan a hacerlo son harto comprensibles y el lector podrá empatizar con él en todo momento. Incluso cuando se ve obligado a ser partícipe de actos terribles, el lector puede entender lo que está experimentando el personaje porque en una situación similar es muy probable que tomase las mismas decisiones. Al menos así ha sido como he vivido yo la lectura de este libro.

La mezcla nacida de la soledad, el deseo de ser reconocido, el sentimiento de pertenencia a un grupo social, el interés por continuar un legado, el respeto a los superiores y el miedo forma un cóctel tan poderoso como peligroso. Es, de hecho, el caldo de cultivo perfecto para dar a lugar a fanatismos. La ascensión del nazismo le debe mucho a la explotación selectiva de las emociones de los alemanes, que deseaban recuperar la dignidad de su nación porque aquello era lo "justo". Pongamos a un niño que apenas ha comenzado la adolescencia en ese contexto, abrumado por la presión de su entorno y temeroso de convertirse en una decepción para el líder al que admira. ¿Acaso deberíamos considerarlo culpable por apoyar a los nazis? ¿Deberíamos verlo como un villano más? Durante todo el primer segmento del libro, el autor se encarga de construir al personaje de Pierrot, haciéndolo entrañable. A continuación, bajo la sombra de la doctrina del Führer, Boyne retuerce la moralidad de Pierrot con el objetivo de conmocionar al lector. Puedo dar fe de que lo consigue, pues en algún momento me he sentido indignado y escandalizado por las acciones del protagonista, aunque nunca he dejado de pensar que su transformación era aterradoramente verosímil y que, tras sus cuestionables acciones, seguía existiendo el niño entrañable del principio. He aquí el gran acierto en la perspectiva del autor de El niño en la cima de la montaña: conseguir que el lector sienta compasión por el "villano", por el "malo" de la historia. En realidad, en el mundo real no existen los héroes ni los villanos como en la ficción, sino gente que toma unas decisiones u otras dependiendo de la realidad en la que vive. Podremos cuestionarlos más o menos, podremos parodiarlos o incluso despreciarlos, pero nunca deberíamos deshumanizarlos. Incluso el peor de los "villanos" era un ser humano como cualquier otro. Sí, incluso Hitler.

Reconozco que yo soy el primero que tiende a ver a personajes históricos como Hitler o Himmler como parodias o esperpentos de sí mismos, en gran parte debido a la imagen de ellos que ha transmitido la cultura popular desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, por horribles que fuesen sus crímenes ambos eran personas sumidas en unas circunstancias que pueden ser estudiadas y comprendidas. En este libro la presencia del Führer no pasa del simple papel secundario, aunque su caracterización dista bastante de la simplona imagen paródica a la que muchos estamos acostumbrados. Hitler debió ser un hombre fascinante; por un lado carismático y manipulador, por otro inseguro, débil e inestable. No me sorprende que las personas de su entorno se vieran arrastradas por su influencia, como le sucede aquí a Pierrot. El pobre chaval, que carece de una figura paterna tras la penosa muerte de su progenitor, acaba encontrando el referente que busca en Hitler: un referente que le despierta tanta admiración como terror.

Boyne utiliza un recurso muy simple para transmitir el turbulento proceso por el que pasa Pierrot a lo largo de los años viviendo en el Berghof. Se trata de un recurso sutil e ingenioso que aprovecha la circunstancia del cambio de nombre del personaje a su llegada a la residencia del Führer. Puesto que su tía le recomienda cambiarse el nombre francés de Pierrot por el alemán Pieter para así ahorrarse problemas, el niño comienza a referirse a sí mismo como Pieter. No obstante, la voz del narrador omnisciente no deja de referirse al personaje como Pierrot hasta que, llegado un momento determinado en la narración, también pasa a llamarle Pieter. El lector que no esté atento puede pasar por alto este detalle tan inteligente por parte del autor, que transmite así la evolución psicológica de su criatura: en el momento en el que la voz del narrador se refiere al personaje como Pieter y no como Pierrot, su transformación se ha convertido en algo objetivo e indiscutible, quizá hasta irreversible. De esta forma, su descenso hacia las tinieblas se da por completado.

Terminar la narración en ese punto habría sido desolador en grado sumo, pero el escritor se reserva las últimas páginas de la novela para plantear una última pregunta: ¿existe el perdón para alguien que, como Pierrot, haya sido partícipe de crímenes atroces? ¿Puede esta gente aspirar a la redención? Para abordar este tema, Boyne recupera al personaje de Anshel, desaparecido durante todo el grueso de la historia. La conclusión puede resultar un tanto predecible o incluso tópica, pero no por ello es menos emocionante o deja de invitar a seguir reflexionando. Después de todo, la redención no es algo que pueda obtenerse (ni otorgarse) con facilidad. Lo único que el escritor tiene claro es que enterrar el pasado y olvidarlo nunca debería ser una opción: hay que aceptarlo por duro que sea y tratar de aprender de él.

El niño en la cima de la montaña es un libro corto y fácil de leer. Su contenido es duro de asimilar en algún momento, pero no cuenta con ninguna escena demasiado truculenta. Me atrevería a recomendarlo incluso a los lectores juveniles, pues a partir de los catorce o quince años me parece un relato accesible. Personalmente, me parece bastante superior a El niño con el pijama de rayas, lo cual evidencia la evolución como escritor que ha experimentado John Boyne durante esta década. Ambas obras pecan de los mismos tics que tanto suelen aparecer en los bestsellers, eso es innegable, aunque El niño en la cima de la montaña plantea unas cuestiones mucho más agudas e incisivas, dando lugar por tanto a una reflexión mucho más enriquecedora. En este caso, revisitar el escenario de la Alemania nazi resultó ser todo un acierto por parte del autor: además de evocar las mismas sensaciones que despertó su primer gran éxito, El niño en la cima de la montaña deja una huella más profunda y duradera. 

3 de enero de 2017

[Cómic] Reseña de X-Men: El Peor Hombre-X del Mundo, de Max Bemis y Michael Walsh


De un tiempo a esta parte, la cabecera titulada X-Men Presenta de Panini se había convertido en una antología en la que dar cabida a materiales de difícil salida en otros formatos. Por sus páginas habían pasado series como la protagonizada por el Magneto de Cullen Bunn y Gabriel Hernandez Walta y la de Rondador Nocturno del veterano Chris Claremont acompañado de Todd Nauck, así como unos cuantos números inéditos de la X-23 de Marjorie Liu, Sana Takeda y Phil Noto. Este tipo de colecciones que recopilan materiales diversos no suelen funcionar bien en el mercado español y prueba de ello es que Panini ha cerrado X-Men Presenta en su número 69 del pasado mes de diciembre. Sin embargo, yo siempre disfruto cuando alguna editorial se atreve con una propuesta como esta. Las antologías suelen ser una lectura fácil y agradable, ya que permiten picotear entre varias series y encontrarse con autores de distintos perfiles. Además, sirven para paliar las ansias completistas que genera el hecho de que una determinada cabecera no llegue a editarse en España. No obstante, X-Men Presenta se ha cerrado por todo lo alto con la publicación de una de las miniseries mutantes más divertidas de los últimos tiempos: El Peor Hombre-X del Mundo (X-Men: Worst X-Man Ever) de Max Bemis y Michael Walsh.

Max Bemis es más conocido por ser parte de la banda de rock californiana Say Anything que por sus pinitos como escritor, aunque esta miniserie no es su primer trabajo para Marvel. Previamente había escrito un capítulo de V+X, la colección derivada del evento que enfrentó a los Vengadores y a la Patrulla X. Más concretamente, se encargó de una historia bastante divertida en la que el Spiderman Superior se cruzaba con Magneto. El experimento tuvo que agradar en las oficinas de la Casa de las Ideas, ya que no mucho después la propuesta de Bemis para El Peor Hombre-X del Mundo fue aprobada. Actualmente el guionista se encarga de una nueva cabecera en USA dedicada a Foolkiller, el Asesino de Tontos, por lo que sigue vinculado a la editorial tras su primera toma de contacto. Es bastante habitual que alguna celebridad se interese por publicar en una gran editorial de cómics (o que una de dichas editoriales tiente a un autor famoso para que escriba una de sus colecciones), aunque muchos de esos casos no pasan de ser experimentos puntuales. Espero que este no sea el caso. Al parecer, Bemis es un gran aficionado a los cómics y fue él quien se interesó por publicar para Marvel, por lo que es de esperar que veamos más trabajos suyos en el futuro.

Por desgracia, tengo bastante menos que decir del dibujante, Michael Walsh, al que sólo había visto antes en números sueltos de series como Bucky Burnes: El Soldado de Invierno y Mapache Cohete y Groot. Este ilustrador canadiense, que también ejerce labores de portadista, tiene un estilo espontáneo y de trazo grueso que me recuerda a algunos webcomics. Además de manejarse bien con el tipo de humor que propone el guionista, su trabajo aquí me ha parecido interesante por la revisión estética que realiza sobre algunos de los personajes mutantes más conocidos, como la Bestia, Júbilo, Mística, el Sapo o Magneto.


Entrando ya en materia, X-Men: El Peor Hombre-X del Mundo parte de una premisa hilarante. A lo largo de su dilatada historia, la Patrulla X ha contado con infinidad de miembros y no todos han logrado el favor del público. Es más, algunos han sido unánimemente rechazados, odiados y defenestrados. Joseph (un fallido clon de Magneto), Oruga, Cecilia Reyes o Stacy X suelen ser siempre los primeros candidatos en aparecer cuando se piensa en el peor Hombre-X de la historia mutante. Pues bien, lo que propone Max Bemis es contarnos la historia de alguien aún peor que cualquiera de ellos: el joven Bailey Hoskins, un chaval pelirrojo con una suerte que haría reír a Peter Parker y que cuenta con el peor poder jamás ostentado por un mutante. Los caprichos de la genética han querido que Bailey tenga el poder de explotar a voluntad, pero no le han dotado con ninguna forma de salir vivo de la detonación. Por tanto, en cuanto use su poder mutante por primera vez acabará muerto de forma irremediable.

La imposibilidad de usar su poder sin morir hace que, a efectos prácticos, Bailey sea un humano normal y corriente al que las circunstancias han llevado a vivir en la escuela de la Patrulla X; alguien cuyo punto de vista no se diferencia demasiado del que puede tener cualquier lector. Lo curioso es que el muchacho era un gran admirador de las hazañas del grupo de aventureros mutantes, hasta que entra a formar parte de su mundo y empieza a descubrir que no todo es tan atractivo desde dentro. El guionista utiliza esta situación para parodiar con gran inteligencia la idiosincrasia mutante, lo cual desde mi punto de vista denota cierto conocimiento de la franquicia. Creo que las mejores parodias se construyen siempre desde el conocimiento de aquello que se está parodiando, ya que una parodia implica algo más que chistes fáciles: una parodia sustenta su humor en los elementos que definen a eso que se quiere parodiar, retorciéndolos para mostrar lo absurdos que pueden llegar a ser en ocasiones. Eso es precisamente lo que hace Bemis aquí y lo que supondrá las delicias de todo el que tenga cierta experiencia leyendo la franquicia mutante. Por poner un ejemplo, el guionista sabe de lo que habla cuando hace que Bailey trate de encontrar acomodo en alguno de los diversos equipos derivados de la Patrulla X, tales como X-Force, Factor X o los Nuevos Mutantes, produciendo situaciones hilarantes que sólo pueden comprenderse en su totalidad si se conocen los elementos definitorios de esos equipos.

Algo que me ha parecido muy disfrutable del trabajo del guionista han sido los diálogos. De hecho, la miniserie cuenta con unos cuantos que me parecen memorables. Los hay muy divertidos, como esa crítica que hace Lobezno de la sempiterna benevolencia del Profesor Xavier ("El tío tiene un proceso de filtrado que hace que la Iglesia católica parezca exigente. Estamos hablando de un hombre que sigue dando cobijo a Mística pensando que eh, después de una década de falsedades... tal vez haya pasado página."), la explicación que ofrece la Bestia sobre los mutantes de nivel omicrón ("Me lo acabo de inventar. Es sólo una de las letras del alfabeto griego que suena más siniestra.") o los descacharrantes comentarios sobre la tradición de los partidos de béisbol entre los mutantes ("Tío, no hay nada como estos inexplicables lapsos entre crisis mundiales que aprovechamos para estrechar lazos de manera informal."). Sin embargo, uno de los momentos que más he disfrutado de toda la miniserie se produce en su penúltimo número y no tiene nada de humor. De hecho, se trata de una de las apreciaciones más lúcidas que recuerdo haber leído sobre lo que ha definido a la Patrulla X desde los tiempos en los que Chris Claremont la convirtió en lo que hoy es. Se trata del momento en el que un confundido Bailey le pregunta al Profesor Xavier acerca de qué sentido tiene seguir haciendo lo que hace la Patrulla X después de tantos años y tantas luchas. La respuesta que le ofrece Xavier me parece la visión más sincera que se ha atrevido a dar un autor en mucho tiempo y está cargada de auténtico cariño hacia la franquicia mutante. Se trata de una respuesta que, por cierto, está muy alejada de los excesos líricos tan característicos de Claremont, pero que conecta con la filosofía del viejo Patriarca Mutante de una forma muy íntima.


Otro aspecto a destacar es el aspecto "meta" de la miniserie, que juguetea con el concepto de continuidad de una forma que va más allá de la ficción y nos hace pensar en todo lo que sucede en el mundo real que rodea a los cómics publicados por Marvel. Bemis también introduce una serie de comentarios que se pueden aplicar tanto a los personajes como a los lectores. En especial, hay unas frases de Magneto que yo interpreto como un mensaje sobre el estado actual del medio desde un punto de vista bastante crítico ("Haz una búsqueda en Google y encontrarás a miles dispuestos a luchar por los derechos de las minorías... impedir el abuso del poder... cambiar las cosas. ¿Pero quién ha emprendido una acción verdadera? ¿Quién ha hecho un esfuerzo más allá de mandar un tuit indignado?"). Esto me hace pensar que el guionista es consciente de lo agitado que está el medio últimamente y que tiene un punto de vista muy interesante que aportar, aunque sea a base de sutiles comentarios crípticos. Yo diría que más que comentarios sutiles podrían considerarse puyas en toda regla, pero bueno. Doy fe de que a Bemis se le dan bien las puyas, como podría atestiguar el bueno de Cíclope en las últimas entregas de la miniserie.

Pero volviendo al tema de la continuidad, diré que durante la lectura de El Peor Hombre-X del Mundo me estuvo molestando el hecho de que un autor que parecía tan preocupado por mencionar la continuidad hubiese situado su historia en una época tan ambigua que no parecía encajar bien en la continuidad mutante. En efecto, durante su inicio la miniserie parece ser uno de esos productos independientes que pueden leerse sin tener ni idea de por dónde van los tiros en la franquicia de la Patrulla X en ese momento, ya que se presentan versiones más o menos estereotípicas de los personajes. De esta forma, no tenemos a la Bestia con aspecto felino ni a la Patrulla X desplazada en el tiempo rondando por ahí, sino a una versión estándar de los estudiantes de Xavier más conocidos. Incluso la propia escuela se acerca mucho más a la clásica Escuela del Profesor Xavier para Jóvenes Talentos que a la más reciente Escuela Jean Grey. El Peor Hombre-X del Mundo es una especie de "grandes éxitos" mutantes, cogiendo los elementos más característicos de diversos personajes y épocas para crear un escenario familiar y accesible para todo tipo de lector, incluso para los que no suelen leer cómics mutantes. No obstante, tengo que puntualizar que lo que en principio me pareció un aspecto criticable acaba convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de la miniserie, cuya conclusión tiene mucho que ver con la inexplicables peculiaridades de la continuidad marvelita. En un nuevo ejercicio de metaficción, Bemis concluye el argumento referenciándose a sí mismo y a la propuesta que envió a Marvel, lo cual me pareció muy ingenioso y en la línea de esa vieja tradición de los autores de la Casa de las Ideas que suelen incluirse a sí mismos dentro de sus historias. No diré más para no estropearle a nadie la lectura.


El Peor Hombre-X del Mundo acaba de la única forma en la que puede acabar una historia mutante: con un futuro distópico, porque no hay nada más característico de la Patrulla X que un oscuro futuro cargado de persecución, exterminio y opresión. Ese es el punto en el que el humor paródico y un tanto macarra de las primeras entregas se convierte en un humor mucho más ácido, más próximo al humor negro. Es el tipo de humor que se lleva hoy en día gracias a series de animación como Rick & Morty o BoJack Horseman y que, además de hacer gracia, deja al espectador con una cierta sensación de incomodidad. Quizá sea porque hace reír con situaciones que no deberían resultarnos divertidas, como sucede con la conclusión de El Peor Hombre-X del Mundo. Me costaría encuadrar el último número que escribe aquí Bemis dentro del género de comedia al que pertenecen los anteriores, pero eso es lo que hace que esta miniserie sea tan especial. Si hubiese mantenido el mismo tono hasta el final habría pasado al recuerdo como una propuesta graciosa y gamberra, pero su aguda y agridulce conclusión la eleva por encima de otras propuestas similares. Por este motivo no me cuesta calificar a El Peor Hombre-X del Mundo como una de las mejores miniseries mutantes de los últimos tiempos ni tengo problema en decir que la carrera de si guionista en el mundo del cómic merece que le prestemos atención. Habrá que estar atento pues a la publicación por parte de Panini de Foolkiller.

Los cinco números de X-Men: El Peor Hombre-X del Mundo se han publicado en las dos últimas entregas (números 68 y 69) de la colección X-Men Presenta de Panini, por 4,50€ y 3,50€ respectivamente. No se me podía haber ocurrido una mejor despedida para esta cabecera.

29 de diciembre de 2016

[Anime] Kaiba, de Masaaki Yuasa: animación experimental y destrucción emocional

Si estás interesado en el mundo del anime es muy posible que conozcas a Masaaki Yuasa, una de las figuras recientes más destacadas de la animación experimental japonesa. Yuasa ha realizado tareas de director, artista de storyboards y animador en diversas producciones, a las que ha imprimido cierto estilo particular. Sin embargo, no se puede decir que se haya prodigado demasiado. Normalmente asociado con Studio 4ºC, su nombre empezó a sonar con fuerza en 2004 con el estreno de la película Mindgame. Más adelante se encargó del segmento Happy Machine de la película Genius Party (que comenté en este mismo blog hace ya bastante tiempo) y dirigió series como Kemonozume y The Tatami Galaxy. Sus trabajos más recientes incluyen una colaboración con la serie de animación estadounidense Hora de Aventuras, que dio lugar al fantástico capítulo Cadena alimenticia (séptimo episodio de la sexta temporada), y el extraordinario anime Ping Pong The Animation, adaptación del manga de Taiyo Matsumoto recientemente publicado en España. Pero hoy quiero centrarme en una obra algo menos conocida de Yuasa, al menos en occidente: una serie de doce capítulos producida en 2008 por el estudio Madhouse y titulada simplemente Kaiba.


Todos los trabajos de este animador tienen un estilo visual característico y Kaiba no es una excepción. La serie es minimalista hasta el extremo, pero dinámica y desenfadada. Su animación tiene un marcado componente experimental en el que prima lo expresivo sobre la corrección formal, por lo que aspectos como la proporcionalidad o la perspectiva quedan en segundo plano ante el derroche de color y movimiento. Por su parte, el diseño de personajes roza lo infantil, con un deliberado aspecto inocente y afable que a mí me recuerda con bastante intensidad al estilo de Osamu Tezuka. De hecho, diría que Kaiba es una serie que podría haber producido el propio Tezuka... si Tezuka hubiese sido aficionado a consumir peyote u otras sustancias psicodélicas, claro.

Yuasa, que además de dirigir es también artífice del guión, nos presenta un universo en el que se ha desarrollado una tecnología capaz de almacenar recuerdos, de forma que la mente puede sobrevivir al cuerpo y viceversa. Una persona puede almacenar sus recuerdos en un chip y trasplantarlos a otro cuerpo, continuando su vida con toda tranquilidad. Es más, puede cambiar de cuerpo a voluntad, gracias a una fértil industria de construcción de cuerpos artificiales (aunque de naturaleza orgánica). Pero este poderoso avance, en lugar de utilizarse para prolongar la vida y asegurar la inmortalidad, ha creado una sociedad retorcida en la que se mercadea con cuerpos y recuerdos como si fuesen un producto más. Las diferencias entre clases sociales juegan aquí un papel importante, ya que los ricos y poderosos tienen su acceso garantizado a esta tecnología, por lo que cambian de cuerpo a su capricho y compran los recuerdos que desean. Los recuerdos dolorosos son borrados y sustituidos por otros recuerdos agradables, dando lugar a un modo de vida hedonista en el que el consumo de cuerpos y recuerdos lo es todo. No obstante, esos cuerpos y recuerdos no salen de la nada. Las clases sociales más bajas, incapaces de acceder a los lujos de los ricos, recurren con frecuencia a vender sus cuerpos o sus recuerdos para obtener el dinero necesario para vivir. La desigualdad entre ricos y pobres es descomunal, por lo que mientras los unos cambian de cuerpo como quien cambia de ropa, los otros se ven obligados a vender los cuerpos de sus seres queridos o a renunciar a sus recuerdos más queridos para poder sobrevivir.

El contraste entre el estilo visual tan naíf y la dureza de la temática que presenta la serie es uno de sus puntos fuertes. Kaiba trata sobre la injusticia social y la violencia que acaba generando, pero lo hace con una estética infantil, ingenua y casi onírica. Esto crea bastante desasosiego en el espectador, que percibe ese onirismo como algo que más que proceder de un sueño agradable se deriva de una pesadilla. Toda esa psicodelia tan atractiva dibuja una realidad incómoda, tanto por lo que muestra como por sus similitudes con el mundo real. Desde luego la temática de la serie es apasionante, ya que además de su evidente lectura social abarca también una lectura filosófica que indaga en aquello que define a la naturaleza humana. ¿Qué es lo que hace que un ser humano sea como es? Probablemente los recuerdos sobre sus experiencias pasadas sean muy importantes, ¿no? ¿Qué pasa entonces con esa persona si sus recuerdos son borrados o alterados? ¿Seguirá siendo la misma persona o se convertirá en otra distinta? ¿Y si lo que cambia es su cuerpo? ¿Qué sucede si un hombre pasa a vivir dentro de un cuerpo de mujer? ¿Cambiará su identidad de alguna forma? ¿Comenzará a verse a sí mismo como a una mujer? Estas son algunas de las preguntas que aborda la serie en sus segmentos más interesantes.


Fiel a sus principios, Kaiba comienza in media res, justo en el momento en el que su protagonista pierde la memoria. Esto genera gran confusión en el espectador y hace que el primer capítulo se convierta en una experiencia extraña en el que apenas puede entenderse nada de lo que sucede. Supongo que esto pueda echar para atrás a más de uno, pero en esta ocasión me ha parecido un uso muy acertado del típico recurso del protagonista amnésico. De hecho, el espectador comparte por completo la desorientación del protagonista, que no sabe cómo se llama ni qué está haciendo ahí. Pero a medida que el personaje comienza a descubrir el entorno en el que se encuentra, el espectador también va comprendiendo el escenario en el que se desarrolla la historia, atando cabos y encontrando el sentido que parecía estar ausente al principio. La confusión inicial del primer capítulo, por tanto, da paso con rapidez a la fascinación y al ansia por encontrar respuestas a muchas preguntas, siendo una de las más importantes quién es el protagonista de esta historia.

Pues bien, esta es una cuestión que se ignora casi por completo durante la primera mitad de la serie. Los siete primeros capítulos de Kaiba están centrados en el viaje por el universo de nuestro desmemoriado protagonista, al que meten en una nave durante el primer capítulo por razones que no comprenderemos hasta el tramo final. La primera vez que lo vemos, el protagonista (un muchacho al que llaman simplemente Kaiba) despierta en mitad de una ciudad desconocida y descubre que su cuerpo tiene un agujero en el pecho donde debería estar su corazón (y por extraño que resulte, esto no parece tener ningún efecto sobre su salud), además de un símbolo extraño en el abdomen. Entonces comienza a ser perseguido por unas máquinas cazadoras de recuerdos y un grupo de rebeldes le ayuda a salir del planeta, aunque para ello se ve obligado a cambiar de cuerpo. Por eso durante algunos capítulos permanece encerrado en un curioso cuerpo con forma de hipopótamo que es incapaz de hablar. Más adelante ocupará el cuerpo de una niña a la que conocerá durante su periplo, cuya memoria desaparece tras unas circunstancias dramáticas. No será hasta la segunda mitad de la serie cuando Kaiba retorne a su cuerpo original y se aborde el misterio sobre su identidad. Pero antes de llegar a ese punto, centrémonos en el mencionado viaje, pues quizá sea la parte más emocionalmente impactante de la serie.

En este universo de ficción, los seres humanos son una mercancía más. Los más desfavorecidos renuncian a sí mismos y venden sus cuerpos, pero ese proceso de deshumanización también afecta a las clases privilegiadas. Los ricos son esclavos de la moda y cambian de cuerpo con efusividad cada vez que se presenta un nuevo modelo. Ya nada parece tener un valor real, todo es mutable y susceptible de ser vendido o consumido. No obstante, algunas personas se aferran a sus vínculos emocionales para no dejar escapar la poca humanidad que les queda. El viaje de nuestro protagonista nos permite conocer a algunas de estas personas. Algunas de ellas son víctimas del sistema, mientras que otras son partícipes involuntarias de dicho sistema. Aquí entran en juego temas como la emigración ilegal o el aislamiento al que se ven sometidos los ancianos que ya no se consideran miembros productivos de la sociedad. El drama familiar siempre está presente y resulta más cercano a la realidad de lo que nos gustaría, como en el ejemplo de los nietos que esperan a que su abuela se muera para poder hacerse con sus posesiones de valor. Los pocos que conservan algo de humanidad son pisoteados por sus semejantes o asimilados por el sistema, por lo que la serie transmite un mensaje alto y claro: para sobrevivir hay que ser egoísta y aprovecharse de los demás antes de que ellos se aprovechen de ti. Por otro lado, los miembros de las clases privilegiadas encuentran que su vida repleta de caprichos carece de sentido y buscan sensaciones cada vez más extremas con el único objetivo de satisfacer sus impulsos. El algún momento incluso se insinúa que el hecho de poder cambiar de cuerpo supone vía libre para todo tipo de perversiones sexuales. Es más, la serie incluye alguna escena en la que se muestra el sexo de forma notablemente perturbadora, lo cual está potenciado por esa estética inocente e infantil que mencionaba antes.


En definitiva, la sociedad que nos presenta Yuasa es una sociedad rota en la que todo el mundo es infeliz. Los pocos que conservan una ilusión de felicidad lo hacen a costa de autoengañarse, como el anciano que decide ignorar que su mujer le había sido infiel o la mujer que acaba habitando el cuerpo de un perro para poder estar junto al hombre al que ama y que nunca le había correspondido (irónicamente, siendo un perro recibe muchas más atenciones de las que recibía siendo humana, lo cual es poco menos que escandaloso). Sobre cada capítulo flota una nube negra de pesimismo, cuando no de nihilismo puro y duro: nada tiene valor, nada tiene significado, todo es un gran sinsentido. Sólo las emociones parecen auténticas, pero incluso ellas pueden ser manipuladas cuando los recuerdos son borrados o alterados. Capítulos como Las botas de Chroniko o La habitación de los recuerdos de la anciana son devastadores, alcanzando unos niveles de angustia existencial que no todos los espectadores están dispuestos a tolerar. A mí, como gran aficionado al drama de la vieja escuela, me resultaron fantásticos.

Sin embargo, la serie experimenta un drástico cambio de orientación a partir del capítulo ocho. Si hasta entonces la identidad de Kaiba había permanecido como una incógnita que se abordaba de forma tangencial como mucho, a partir de ese punto se convierte en el eje central del argumento. Aquí es donde empiezan mis problemas con la propuesta de Yuasa, ya que la gran y misteriosa historia de Kaiba no me parece tan interesante como esas pequeñas historias que se van narrando durante su viaje a través del universo. Quizá sea porque es una historia muy grandilocuente, en la que entran en juego taimados conspiradores, terroristas fanáticos y tiranos espaciales, pero la veo demasiado efectista y siento que pierde un poco el rumbo a medida que se acerca a su conclusión. A partir de un momento concreto se vuelve bastante previsible y por eso el autor recurre a algunos giros extravagantes que se perciben como algo artificial (es el caso de la milagrosa resurrección de un personaje que pareció morir capítulos atrás, que nunca llega a explicarse bien). Pese a todo, el misterio sobre la identidad de Kaiba se resuelve de una forma más o menos satisfactoria. Lo más criticable de este aspecto es que, una vez conocida su identidad y concluida su historia, se presenta como algo desconectado de todo lo que se presentó durante la primera mitad de la serie. ¿Qué sucede con el resto del universo una vez que Kaiba descubre quién es? ¿Hará algo por cambiar las cosas o decidirá mantener el sistema? Me hubiese gustado que la serie abordase estas cuestiones, aunque hubiese sido en un breve epílogo tras el clímax del último capítulo.

Quizá la mayor debilidad de la serie es la historia de amor sobre la que recae gran parte del peso de su tramo final. Se trata de un romance interesante y cuenta con algunas escenas muy bonitas, pero se me antoja demasiado plano. Es la misma historia de amor que hemos visto mil veces en mil lugares distintos, con los mismos estereotipos blandos y con el mismo mensaje anodino al final: el amor supera cualquier obstáculo, el amor lo vence todo. La ruptura con el tono establecido en los primeros siete episodios me parece evidente, pues toda esa angustia y ese nihilismo acaban desvaneciéndose "por el poder del amor". Puede que yo sea un cínico incorregible, pero me resulta difícil creer que "el poder del amor" basta para arreglar una sociedad tan deshumanizada como la que presenta Yuasa. Por tanto, no me cuesta nada decir que la segunda mitad de la serie está un poco por debajo de la primera y que me sentí mucho menos implicado emocionalmente en ella.


Pero todo lo anterior no quita que mi valoración final sea muy positiva. Aunque la trama principal del protagonista no lograse atraparme tanto como las historias menores que se presentan al principio, cuenta con algunas ideas muy potentes y está apoyada por el mejor despliegue visual del que son capaces en el estudio Madhouse. La expresividad de los personajes es arrolladora y funciona a la perfección dentro de ese estilo minimalista y dinámico tan encantador. Después de todo, el apartado visual es el más llamativo de esta producción y por sí mismo ya justifica el tiempo de visionado. Lo único que me fastidia es que siendo el personaje de Kaiba el gran misterio de la serie su historia sea la menos interesante de todas, cuando otras historias menores como la de Chroniko o la de la anciana son tan memorables.

Lo que no puedo negar de ninguna manera es que la propuesta de Yuasa es bastante distinta a la gran mayoría de animes que nos llegan desde Japón. En ese sentido, la serie cumplió todas mis expectativas: esperaba algo extraño y excéntrico, alejado del anime más comercial, y eso es precisamente lo que me encontré. Su vertiente experimental no es apropiada para todos los paladares y su estética puede resultar problemática para más de un espectador, pero es justo el tipo de producción que a mí me resulta distintiva y apasionante. Si te consideras una persona a la que le gusta explorar nuevas experiencias con la mente abierta, esta serie te parecerá como mínimo curiosa. En cambio, si lo que buscas es algo más convencional te aviso de que no lo vas a encontrar aquí. Tú decides si merece la pena que le dediques tu tiempo o no.

Por mi parte, si estuviésemos en otro tiempo y lugar, creo que optaría por borrar mis recuerdos de los primeros episodios. Así podría volver a verlos sin saber nada y emocionarme como me emocioné la primera vez. En esos ejemplos trágicos de una sociedad deshumanizada me pareció encontrar una elusiva chispa de verdad, de autenticidad, de significado incluso. Es como si entre las cenizas de lo que somos se pudiese atisbar aquello que podríamos ser; que deberíamos ser si nos lo permitiésemos a nosotros mismos. Pero la sociedad que nosotros hemos construido nos está devorando poco a poco, como una bestia descontrolada que hace tiempo que dejó de atender a las órdenes de su amo. Es ahora cuando más necesario es que nos paremos a buscar esa chispa de humanidad que nos define y que otorga sentido a nuestra existencia... o dará igual lo que suceda con nuestros cuerpos o nuestros recuerdos, porque ya no seremos humanos nunca más.


27 de diciembre de 2016

[Manga] Complex, de Manda Ringo: un ejemplo paradigmático sobre el tratamiento de la homosexualidad dentro del manga para mujeres


Todos tenemos nuestros rincones oscuros de Internet a los que nos gusta acudir en la intimidad, aunque no nos sintamos orgullosos de ello. En mi caso, suelo frecuentar páginas en las que se distribuye yaoi. Éste es un subgénero del manga que narra relaciones homosexuales; normalmente realizado por mujeres y orientado hacia un público femenino. En ocasiones contiene relaciones sexuales explícitas entre dos hombres, aunque no siempre (en esos casos en los que no hay sexo, en lugar de yaoi se prefiere usar el término shōnen-ai o "amor entre chicos"). De hecho, las historias que cuenta el yaoi suelen ser muy emocionales, lo cual lo acerca a otros géneros para lectoras femeninas como el shōjo y el josei. Mientras que el manga dirigido a un público masculino se centra en la acción, es decir, en los eventos que suceden y van configurando la trama, el manga para chicas (shōjo) o para mujeres adultas (josei) pone su foco de atención sobre la vida emocional de los personajes. Como cabe esperar, normalmente se trata de una vida emocional agitada, turbulenta y con cierta tendencia hacia al drama gratuito. Esto se intensifica cuando hay sexo por medio, dando lugar a relaciones retorcidas o incluso enfermizas que nada tienen que ver con las relaciones homosexuales reales. A veces me acerco al yaoi buscando ese componente dramático, que suele ser tan extremo y exagerado que me resulta hilarante. Otras, en cambio, busco yaoi porque quiero ver pornografía homosexual; para qué te voy a engañar.

Uno de los principales atractivos del yaoi es el morbo que genera. En Japón las relaciones homosexuales están muy mal vistas, por lo que se consideran algo prohibido, inmoral y hasta antinatural. Además, el tipo de relaciones que se muestran en este género no es precisamente el más sano, ya que lo más habitual es que uno de los miembros de la pareja adquiera un rol dominante mientras que el otro permanezca sumiso. Esto no se limita al sexo, sino que esa dinámica de dominancia-sumisión se extiende a todos los aspectos de la relación. De esta forma, para uno de los amantes el amor significa posesión, mientras que para el otro implica una subordinación voluntaria hacia el ser amado. No voy a poner en duda lo erótica que puede resultar esta dinámica durante las escenas de sexo, pero creo que todos coincidiremos en que eso no es amor... y, en caso de que lo fuese, no sería un amor sano. Por otro lado, teniendo en cuenta la importancia que se da en Japón a las tradiciones, el linaje y los ancestros, el yaoi supone un desafío al orden social establecido, en el sentido de que las parejas homosexuales no pueden tener hijos para continuar la línea familiar. Mi conocimiento de las tradiciones japonesas es bastante limitado, pero tengo entendido que el hecho de no tener descendencia se considera algo deshonroso no sólo para uno mismo, sino también para sus padres y familiares. Todo lo anterior configura una imagen terrible de la homosexualidad, por lo que no deja de ser sorprendente que se publiquen tantas historias tratando el tema, hasta el punto de configurar un subgénero propio.

Personalmente, el yaoi me fascina tanto como me repele. Soy consciente de que se trata de historias dirigidas hacia un público que nada tiene que ver conmigo, pero aún así sigo acudiendo a esos rincones oscuros de Internet que mencionaba antes con la esperanza de encontrar alguna historia en la que pueda verme representado. Siempre he leído manga de todo tipo, independientemente del tipo de público al que fuese dirigido. Es más, el manga para chicas suele resultarme mucho más atractivo que el manga para chicos. Sin embargo, me cuesta muchísimo conectar con el yaoi. Como hombre homosexual que soy, en teoría debería ser capaz de empatizar con las relaciones que muestran las autoras de este género, pero nada más lejos de la realidad. Su visión de la homosexualidad me parece sesgada e irreal, así que por muy excitantes que me resulten las escenas sexuales, no soy capaz de conectar con las emociones de los personajes. Por tanto, durante todo este tiempo leyendo yaoi me he preguntado qué es lo que fallaba dentro del género sin haber llegado a ninguna conclusión satisfactoria. Y sí, he seguido acudiendo a la red para que me proporcionase traducciones amateur de todos esos mangas oscuros que no suelen publicarse fuera del país nipón. No es una costumbre de la que me sienta orgulloso, especialmente en estos tiempos en los que por fin puedes acercarte a cualquier librería y encontrar ediciones españolas de diversos mangas de temática yaoi (o "boys love", como también suele denominarse), pero como apunté antes no siempre acudo en busca de historias emocionales. En ocasiones lo que me interesa sólo es el porno y por suerte hay gran variedad entre la que elegir. Si bien el yaoi ha sido tradicionalmente un género realizado por mujeres heterosexuales para mujeres heterosexuales, hace años que de él surgió una vertiente llamada bara (bara significa "músculo", lo cual ya lo dice todo) realizada por autores masculinos homosexuales y orientada hacia el público masculino homosexual. El bara es mucho más pornográfico, desde luego, y en él la vida emocional de los personajes no interesa al autor o es tan retorcida y enfermiza que te hace dudar sobre su salud mental.

Pero no nos desviemos y volvamos al yaoi. En base a todo lo anterior, mi postura respecto a este género ya debería haber quedado aclarada: me interesa el yaoi, pero no soy capaz de empatizar con las historias que me muestra. No conecto con esa dinámica de dominación-sumisión más allá del plano meramente sexual, así que por mucho que me gusten el morbo y el drama excesivo no puedo comprender las reacciones emocionales de los personajes. Finalmente, no me veo reflejado en esas historias, pese a que estén protagonizadas por hombres homosexuales como yo. Ahora bien, nunca he dejado de pensar que si seguía leyendo acabaría encontrando una historia dentro del yaoi con la que acabaría empatizando, aunque fuese por pura estadística. Y, efectivamente, al final ha acabado sucediendo, aunque no creía que la historia con la que más empatizaría iba a ser también la que más polémica e indignante me iba a resultar. La encontré hace unos días en uno de esos rincones oscuros de la red y dio lugar a un debate extraordinario entre desconocidos, que aportaron puntos de vista sinceros y constructivos sobre una historia que quizá no los merecía. Fue una situación inesperada y sorprendente, pues nadie espera entrar a una página donde se distribuye pornografía a tener un sesudo debate sobre la realidad de la vida homosexual en Japón, los prejuicios sociales, la visibilización del colectivo LGBT y la homofobia. Mi aportación a aquella situación tan inusual y admirable es este texto, en el que, tras esta larga introducción, quiero hablar sobre el causante de todo ese debate: un manga titulado Complex y firmado por una autora llamada Manda Ringo.


Complex se publicó entre 1996 y 2002 en la revista BExBOY Magazine, antes de ser recopilado en cuatro tomos. He intentado seguirle la pista a la autora, pese a sospechar que Manda Ringo no es su nombre real sino un seudónimo. No ha sido difícil encontrar una lista de su principales obras, la mayoría de ellas tan desconocidas que ni siquiera han sido traducidas por los fans. Manda Ringo ha trabajado como mangaka de forma casi ininterrumpida desde 1996, publicando tanto yaoi como josei. Por mencionar algunos títulos, dentro del yaoi es responsable de Gamen no Kokuhaku, Tengoku no Kado y Love Song, mientras que entre su producción josei encontramos Kimen no Kenkyuu, Irokoiyoku Otome y Be my Babe. Si algo tienen en común todos sus trabajos es que ninguno se aleja demasiado de la temática romántica. La mayoría aborda la vida cotidiana desde el prisma del romance, añadiendo un poco de drama y con un trasfondo humorístico en muchas ocasiones. El sexo suele aparecer en su trabajo, pero por lo visto suele tratarlo de forma ligera y con bastante humor, de la misma forma en que lo hace en Complex, por lo que colocar la etiqueta de pornografía a cualquier de sus mangas sería algo excesivo.

Teniendo esto en cuenta, ya podemos centrarnos en Complex, un manga que parte de una premisa muy sencilla y atractiva: se trata de un recorrido por la vida de dos chicos, Junichi y Tatsuya, desde la infancia hasta la vejez. La historia comienza cuando ambos tienen once años y empiezan a experimentar ciertas emociones que no son capaces de comprender. A partir de ese punto se desarrolla a lo largo de toda su vida, abarcando el final de la niñez, la adolescencia, la vida adulta y la vejez. Como es lógico suponer, pasan muchas cosas durante todo ese tiempo y la pareja afronta situaciones de lo más variopinto. A medida que pasan los años, Junichi y Tatsuya se acercan y se distancian, se pelean y se reconcilian, se aman entre ellos y aman a otras personas, ceden ante los prejuicios ajenos y se enfrentan a ellos... viven sus vidas, en definitiva, con sus inevitables altibajos, sus pequeñas alegrías y sus dramas cotidianos. No obstante, la autora ejerce de demiurgo perverso, acentuando esos dramas hasta convertirlos en tragedias dignas de una telenovela. No tengo nada en contra de ello, pues suelo disfrutar de esos dramas telenovelescos como el que más, pero algo que se puede criticar a esta historia es su marcada tendencia a forzar las situaciones dramáticas a base de casualidades y malentendidos difíciles de creer. Esto le resta bastante verosimilitud a una premisa que, por otro lado, funciona a la perfección: se percibe que hay una evolución en los dos protagonistas con el paso de los años, así como un proceso de maduración personal que les lleva a redescubrirse continuamente como individuos y como pareja.

Pero nada de lo anterior está presente en el primer capítulo, que es un auténtico disparate. Imagino que dicho capítulo se concibió como una historia autoconclusiva originalmente, aunque esa es una pobre justificación para uno de los arranques más desafortunados que me he encontrado en manga alguno. Recordemos que la historia arranca cuando los dos protagonistas cuentan con once años de edad. Sin embargo, la minoría de edad no tiene por qué ser impedimento para mostrar escenas de sexo explícito en el yaoi. Es más, existe todo un subgénero centrado en mostrar relaciones homosexuales con niños menores de edad, el llamado shotacon o simplemente shota (su equivalente heterosexual sería el lolicon o loli). No voy a entrar en el debate acerca de si es lícito o no que se muestren relaciones sexuales entre/con niños menores de edad en las historias de ficción. Baste con decir que no soy partidario de ningún tipo de censura y que no tengo problema con que exista todo tipo de ficción siempre y cuando permanezca dentro del terreno de lo ficticio, por muy incómoda o desagradable que me resulte. Ahora bien, comenzar el recorrido por las vidas de los dos protagonistas de Complex con una serie de escenas que sobrepasan los límites del shota me parece un error garrafal. Podría haberme resultado más o menos aceptable si la iniciación sexual de Junichi y Tatsuya se hubiese presentado como un proceso natural de curiosidad y descubrimiento corporal, pero no es eso lo que muestra la autora. En su lugar, el primer capítulo del manga muestra a uno de los profesores de ambos niños abusando sexualmente de ellos. No sólo la conducta del profesor es repugnante, sino que además la autora la presenta como si fuese algo excitante y se permite el lujo de teñirla de cierto humor macabro. Aquí entran de nuevo en juego las peculiaridades del yaoi, las relaciones de dominación-sumisión y la naturalidad con la que ese tipo de relaciones acaba derivando en violaciones. Se considera algo inherente al propio género y en ocasiones puede ser incluso excitante como fantasía sexual, aunque desde luego en este caso no lo es. Personalmente, encontré indignante lo que narra este primer capítulo, de ahí que lo considere un arranque tan desafortunado para una historia que desde el segundo capítulo en adelante trascurre por unos derroteros bien diferentes. Por tanto, casi prefiero ignorar lo que sucede en su arranque. La autora le da carpetazo a la situación del profesor nada más comenzar el segundo capítulo y más adelante hace que los personajes se refieran al abuso como un evento traumático y perjudicial, tratando de arreglar como puede esa forma tan desafortunada de presentar la situación en un primer momento.


Aún así, tratemos de ignorar este comienzo tan poco acertado en favor de todos los elementos positivos que ofrece el manga más adelante. Puede que a veces Complex se deje llegar por los peores clichés del yaoi, pero también sabe presentar situaciones muy auténticas y verosímiles. Mi gran duda es hasta qué punto esas situaciones se han construido en base a un conocimiento genuino de la vida homosexual y hasta qué punto son fruto de la casualidad, porque tras acabar la lectura me quedé con la impresión de que la autora no tenía muy claros algunos conceptos básicos sobre la homosexualidad. Sin embargo, ese desconocimiento resulta beneficioso para ciertas partes de la historia, en especial durante el segmento en el que los dos protagonistas llegan a la adolescencia y empiezan a sentir atracción sexual. En esos momentos iniciales de autodescubrimiento es relativamente frecuente sentir atracción hacia uno u otro sexo independientemente de la orientación sexual, lo cual se debe a la acción de las traviesas hormonas. De esta forma, un hombre heterosexual puede haber experimentado alguna forma de atracción sexual hacia otro hombre durante la adolescencia, sin que ello signifique que sea homosexual (o que un hombre homosexual se sienta atraído de forma puntual hacia una mujer, sin que eso implique que en realidad sea hetero). Durante esa etapa convulsa, Junichi se siente atraído por el sexo femenino aunque al mismo tiempo también siente atracción hacia su amigo Tatsuya. Así, el personaje se plantea ciertas preguntas que todo adolescente homosexual se ha planteado en alguna ocasión, llegando a explicaciones más o menos retorcidas para justificar su comportamiento sin tener que aceptar que se desvía de la norma social. Dicho en otras palabras: Junichi se llega a plantear que en realidad no le gustan los hombres, sino únicamente Tatsuya, por lo que no puede considerarse homosexual. Para mí esto es una forma de autoengaño muy familiar; una forma de rechazar la realidad de que la atracción que se experimenta hacia un compañero del mismo sexo no es una excepción extraordinaria, sino el primer ejemplo de una tendencia que no hará más que ir aumentando a media que se produce la madurez sexual. En ese sentido, vi reflejada mi propia confusión adolescente en la confusión que experimenta el personaje de Junichi.

Tatsuya, por su parte, experimenta una experiencia algo distinta. Tras haber pasado por un episodio de abuso sexual siendo niño, siente un rechazo casi absoluto hacia cualquier manifestación de la sexualidad y evita a toda costa a las mujeres. La única persona hacia la que experimenta una atracción genuina es Junichi, pero su amigo tiene el ojo puesto sobre el género femenino. Por tanto, Tatsuya acaba considerando que su atracción no es ni puede ser correspondida y, como consecuencia, empieza a experimentar una gran frustración. Llegados a determinado punto, esa frustración acaba manifestándose en rechazo, por lo que Tatsuya comienza a ignorar a su amigo y a distanciarse deliberadamente de él. Una vez más, esta es una situación que me resulta familiar. No fueron pocas las veces que me sentí atraído hacia una persona heterosexual durante mis años de adolescencia (o incluso durante la vida adulta), sabiendo que era imposible que esa atracción fuese correspondida de la forma que yo deseaba. En ese sentido, entiendo la frustración de Tatsuya tanto como entiendo la confusión de Junichi. Los capítulos que transcurren durante la adolescencia de la pareja me parecen apasionantes, precisamente porque transmiten bien la inquietud, el desconocimiento y la inestabilidad propias de una persona que está empezando a dar sus primeros pasos hacia la madurez, tanto sexual como emocional. De ahí mi frustración cuando el desconocimiento de la autora acerca de la experiencia homosexual hace que los capítulos que narran la vida adulta de los protagonistas estén tan sesgados y muestren una imagen tan negativa de la homosexualidad.

Una vez que Junichi y Tatsuya han mantenido relaciones sexuales y se han convertido en pareja, Manda Ringo utiliza siempre el mismo recurso para desestabilizar su relación e introducir drama en la historia: la aparición de un nuevo personaje que hace que uno de los dos personajes dude acerca de su amor hacia el otro. El aspirante a tercer vértice del triángulo amoroso puede ser un atractivo representante del sexo masculino o una adorable fémina, pero su papel en la historia siempre es el mismo. Su única labor es la de convertirse en un obstáculo que el amor entre Junichi y Tatsuya tendrá que superar, ya que después de todo Complex no deja de ser una historia romántica que persigue un final feliz. Durante la etapa adolescente puedo entender que la aparición de una chica pudiese tentar a alguno de los miembros de la pareja, pero una vez que los protagonistas se han convertido en adultos y han tenido una relación homosexual durante años, me resulta del todo imposible creer que puedan llegar a sentir un amor sincero hacia una mujer. Me refiero a un amor romántico, desde luego, ya que para mí (y esto puede ser discutido, faltaría más) la diferencia entre el amor fraternal que se experimenta hacia un amigo o un familiar y el amor romántico que se experimenta hacia una pareja es la presencia de deseo sexual. La expresión física de emociones puede darse en ambos tipos de amor, pero sólo se manifiesta de forma sexual en el amor romántico. El sexo sería entonces la expresión física última del amor, cúspide de una relación en la que no sólo se comparten emociones, sino también el propio cuerpo. Evidentemente, eso no impide que pueda existir el sexo sin amor, aunque eso ya sería otra cuestión. Pues bien, lo que sucede en Complex es que uno de los dos protagonistas, ya convertido en un hombre adulto que ha mantenido una relación homosexual durante años, se enamora de una mujer y experimenta hacia ello lo que la autora considera un hermoso amor romántico. Lo siento, pero esto es algo que sencillamente no puedo aceptar.

Soy consciente de que la sexualidad no está formada por categorías cerradas, sino más bien por un continuo situado entre los extremos de la homosexualidad y la heterosexualidad. Dicho continuo cuenta con infinidad de posturas intermedias, más o menos próximas a los extremos o situadas en el punto intermedio. Sin embargo, no creo que sea posible que esas posturas se modifiquen de forma radical una vez que se han establecido. Esto es, no creo que una persona homosexual pueda volverse heterosexual ni viceversa. Si los personajes de Complex hubiesen sido bisexuales no habría tenido ningún problema en aceptar el giro radical que sufre la historia cuando uno de los dos personajes masculinos se enamora de una mujer y se casa con ella, pero no es el caso. ¿Puede una persona homosexual experimentar amor romántico hacia una mujer? Teniendo en cuenta que para mí el deseo sexual es un componente del amor romántico, mi respuesta es no. Hay muchas razones por las cuales un hombre homosexual puede acabar estableciendo una relación con una mujer, pero el amor sincero no me parece una de ellas. Especialmente en Japón, donde es tan importante continuar con el legado familiar y honrar a los ancestros, puedo entender la tremenda presión social para contraer matrimonio, formar una familia y tener descendencia. No son pocas las veces que aparece este elemento de presión social en el manga de Manda Ringo y podría haber sido utilizado con muchísima más astucia. Si el objetivo era introducir un recurso dramático, el matrimonio de uno de los protagonistas podría haberse producido para contentar a los familiares o para guardar las apariencias y ocultar la relación homosexual. Pero no, la autora se empeña en justificar el matrimonio aludiendo al amor sincero. Es más, sospecho que para ella ese amor es tan puro y casto que el niño que acaba naciendo como fruto de la unión tuvo que ser concebido por arte de magia. Para más inri, la madre de la criatura se presenta en un primer momento como lesbiana, pero también por arte de magia acaba convirtiéndose en la perfecta e idílica ama de casa heterosexual tal y como mandan los cánones japoneses.


No olvidemos que la cultura japonesa es tremendamente machista, al igual que la nuestra. Quizá esas relaciones entre una figura dominante y una figura sumisa resulten extremas en el yaoi, pero no se diferencian demasiado de las relaciones heterosexuales en cualquier ficción procedente del país nipón. Tengo la impresión de que en Japón amor y sumisión son lo mismo, en el sentido de que amar a otra persona implica subordinarse voluntariamente a ella y sacrificarse para hacer que su vida sea feliz. Por eso la figura de la abnegada ama de casa que se pasa el día cocinando para recibir a su marido con la cena servida en la mesa y una sonrisa en la cara está tan presente en la cultura japonesa. La mayor manifestación de amor es servir al ser amado, hasta el punto de anularse a uno mismo en favor de dicho ser amado. Pues bien, esto no me parece amor, sino llana y simple servidumbre. También en occidente se considera que el sacrificio personal es la forma más elevada de amor, pero al menos la cultura occidental ha avanzado un poco en el terreno de los derechos de la mujer... o eso quiero pensar. Complex se vuelve descaradamente machista cuando cuando empieza a tocar estos temas, con ese personaje femenino que se sacrifica a sí mismo en favor de la felicidad de otra persona. Dicho personaje acaba entregándole un hijo a su amado y luego la autora se lo quita de encima de la forma más dramática y efectista posible, lo cual transmite el mensaje de que la mujer es poco más que una máquina de producir hijos y que, una vez cumplido ese objetivo, ya no aporta gran cosa. No hay nada más machista que una mujer ofreciendo semejante imagen de su género, pero Manda Ringo no tiene la culpa de haber crecido en una sociedad machista ni de haber asimilado esas ideas tan terribles. Nosotros tampoco tenemos la culpa de vivir en una sociedad machista y de haber asimilado muchos de sus principios, muy a nuestro pesar.

No hace mucho leía un artículo muy interesante sobre la concepción social de la homosexualidad en Japón. Por un lado, la homosexualidad masculina se considera algo reprobable y antinatural. Por otro, la homosexualidad femenina se tolera hasta cierto punto porque se considera algo pasajero y carente de importancia. No sé cuál de los dos percepciones me parece más peligrosa. Al parecer, se considera bastante normal que las jovencitas japonesas experimenten una cariño más intenso de lo habitual hacia sus compañeras de colegio o de instituto, pero eso no se acepta como una forma válida de amor. Se considera que es producto de la inexperiencia o de la inmadurez y se cree que es algo pasajero, que se desvanecerá con el tiempo. En especial, se cree que el matrimonio y la maternidad ponen un final definitivo a ese tipo de emociones tan socialmente inapropiadas. De ahí que Complex nos presente a una supuesta lesbiana que, tras el debido matrimonio y tras haber dado a luz a un niño, haya completado su trasformación en la perfecta mujer heterosexual que la sociedad esperaba que fuese. Una vez más, no quiero echar la culpa a la autora por transmitir estas ideas tan erróneas e indignantes, pero me queda claro que la pobre no tiene ni idea de lo que significa ser homosexual pese a ganarse la vida narrando historias de romance homosexual. Lo de este personaje es un despropósito, pero lo de su marido no se queda corto: un homosexual convencido que, gracias a las maravillas del matrimonio y de la paternidad, se transforma en un hombre heterosexual hecho y derecho. Si la historia hubiese acabado en este punto habría estado dispuesto a viajar a Japón con la intención de prender fuego a la editorial que publicó semejante despropósito, pero por suerte la cosa no acaba ahí.

La historia de amor entre Junichi y Tatsuya continúa adelante cuando el matrimonio ha terminado, iniciándose entonces un lento proceso de acercamiento y reconstrucción de la relación que antes mantenían en la que el niño producto de dicho matrimonio juega un importante papel. En cierto sentido, ambos protagonistas forman una nueva familia junto al niño, llamado Kenta. Esto me parecería mucho más bonito si ellos mismos hubiesen adoptado al niño en lugar de haber pasado por un matrimonio imposible de creer (y que la autora defiende en todo momento como producto del amor), pero no seguiré metiendo el dedo en la yaga. Lo interesante es que, pese a todos los obstáculos con los que han tenido que lidiar, Junichi y Tatsuya acaban retomando su relación, reforzándola y continuando su madurez juntos, adentrándose en la vejez como la pareja que siempre fueron. No puedo ocultar lo emocionante que me resultó llegar a este punto en la lectura, pues aquí es donde este manga juega sus mejores cartas. Ambos protagonistas se habían hecho daño el uno al otro, pero se perdonan. Ambos habían tomado caminos separados durante una etapa de sus vidas, pero deciden volver a caminar juntos y compartir su futuro. Y lo que es más importante: ambos habían ocultado su amor durante años, pero desde que retoman su vida juntos empiezan a ser mucho más abiertos y a mostrarse tal y como son, sin miedo a lo que los demás puedan decir sobre ellos. En determinado punto, los dos protagonistas viajan a unos baños termales y pasean de la mano y se abrazan ante las miradas sorprendidas e indignadas del resto de huéspedes. A esas alturas de su vida, han dejado de sentir la necesidad de esconderse y los prejuicios de la sociedad les resbalan. Por sí misma, esa escena justifica todo lo sucedido hasta ese momento, porque tras tanto drama y tanto sufrimiento se han ganado de sobra la felicidad.


Aún queda otro elemento que me ha resultado polémico en este manga, en el que cada aspecto que me parecía acertado venía siempre acompañado de otro que me resultaba indignante. En este caso, durante el tramo final de la historia, Junichi y Tatsuya empiezan a quedar en segundo plano mientras disfrutan de sus merecidos años dorados, desplazándose el protagonismo hacia el joven Kenta y su amigo Manabu. Estos dos niños recrean hasta cierto punto la situación presentada durante los primeros capítulos de Complex, con dos personajes que están llegando a la adolescencia y que empiezan a sentir unas emociones intensas que no acaban de comprender. Incluso estéticamente recuerdan a Junichi y Tatsuya cuando eran jóvenes, como si la historia fuese circular y estuviese comenzando un nuevo ciclo. Por desgracia, el desconocimiento y la visión prejuiciosa de la autora vuelven a darle un giro enervante a la historia. En ese momento, Junichi y Tatsuya empiezan a preocuparse de que Kenta siga sus pasos y "se vuelva" homosexual. Cualquiera diría que siendo una pareja homosexual que se ha encontrado en no pocas ocasiones con el rechazo de la sociedad, ellos serían los primeros en aceptar y apoyar a Kenta, fuese cual fuese su orientación sexual. Puedo entender que sienta temor ante la idea de que Kenta pase por las mismas situaciones dolorosas por las que pasaron ellos, pero me parece irreal que se preocupen por el hecho de que "se vuelva" homosexual y mantenga una relación con otro hombre que le impida casarse y tener hijos como indican las expectativas sociales. Una vez más, tras la ficción que dibuja la autora se intuye una realidad muy poco halagüeña para las personas homosexuales.

En cualquier caso, la autora muestra a Manabu como alguien abiertamente homosexual, mientras que juega con la posibilidad de que Kenta "se vuelva" homosexual y corresponda a su amigo. Puede que muchos aspectos de este manga me hayan resultado polémicos, pero ninguno tanto como éste. No es posible "volverse" homosexual. Punto. Como decía antes, puedo entender cierta confusión durante la adolescencia, cuando el cóctel hormonal y la inmadurez emocional juegan en nuestra contra. Sin embargo, esta confusión encuentra su límite en la exploración y el autodescubrimiento. La llegada de las primeras experiencias sexuales y la incipiente madurez emocional acaban haciendo que cada uno acepte una orientación sexual que le viene dada desde el momento de su nacimiento. No voy a disertar ahora acerca de las causas de la homosexualidad, pero estoy convencido de que la presencia de factores genéticos, prenatales y perinatales juega un papel importante. Por tanto, la orientación sexual de cada uno está decidida desde el momento del nacimiento, aunque no se manifieste hasta que comienza la adolescencia y llega la madurez sexual. Por este motivo un hombre heterosexual no puede "volverse" homosexual. Tampoco un hombre homosexual puede "volverse" hetero... e insinuar lo contrario es incluso peligroso, pues no han sido pocas las supuestas curas de la homosexualidad que han acabado generando gran sufrimiento. La homosexualidad no tiene cura porque no necesita cura, ya que no es más que una condición humana tan natural como cualquier otra. De esta forma, cuando Manda Ringo plantea la posibilidad de que el personaje de Kenta pueda "volverse" homosexual está poniendo en evidencia su desconocimiento de la realidad homosexual. Las implicaciones de semejante idea pueden ser incluso dañinas, porque si un hetero puede volverse homosexual, entonces el proceso inverso podría también ser posible. Así es como se acaba llegando a la idea de que es preferible no relacionarse con personas homosexuales, ya que lo suyo podía ser "contagioso". O peor aún: a la idea de que unas cuantas descargas eléctricas en los genitales pueden "curar" la homosexualidad, devolviendo al redil a los descarriados.

La relación entre Kenta y Manabu puede ser un hueso duro de roer durante la lectura de este manga, especialmente porque resulta inverosímil que Junichi y Tatsuya, que ya pasaron por ese punto años atrás, sean incapaces de ofrecerles un consejo coherente. Sin embargo, la resolución de este nuevo drama no me resultó del todo insatisfactoria. Pasan lo años y los dos niños van creciendo, se convierten en adolescentes y finalmente en adultos. Así, la relación entre ellos, que al principio parece una réplica de la que mantuvieron Junichi y Tatsuya, empieza a discurrir de forma distinta y lo que parecía un romance acaba quedándose en simple amistad. Eso no quiere decir que uno de los implicados no estuviese enamorado, pero puesto que el otro no puede corresponderle es él quien decide poner fin a una relación que ya no les deja avanzar. Esto es, en mi opinión, lo que acaba salvando esta trama: el hecho de que un personaje homosexual acabe aceptando que su amor nunca será correspondido y poniendo fin a una relación que sabe que nunca satisfará a ninguna de las partes. Para su sorpresa (y la mía propia como lector), esta decisión es comprendida y aceptada, pero sin que ello impida seguir manteniendo una relación de amistad cordial y cercana. Para mí esta resolución es un objetivo ideal, pues cuando me he encontrado en situaciones similares nunca he conseguido mantener la amistad, sino que he preferido enterrar toda la relación y no volver a acercarme a la persona implicada. Contemplar la alternativa es algo positivo, aunque el camino que conduce hasta ella me haya resultado difícil de tragar.

Creo que la autora está convencida de que la amistad y el amor son dos posibilidades igualmente probables en toda relación y que, independientemente del género de los miembros de la pareja, unas relaciones se decantan hacia el lado de la amistad y otras hacia el del amor. En Complex, Kenta y Manabu acaban siendo amigos mientras que Junichi y Tatsuya se convierten en amantes. A mí esta concepción de las relaciones humanas, por muy bonita que sea, me resulta demasiado simple e inmadura. Creo que ignora el componente sexual, así como el hecho de que la orientación sexual no es algo que pueda elegirse de forma voluntaria. Sin embargo, tengo claro que esta visión no es exclusiva de Manda Ringo. El propio género del yaoi ha coqueteado con esta manera de representar las relaciones humanas desde siempre, de ahí que los romances entre chicos de instituto sean su recurso más popular. Lejos está de mi intención acusar a la autora o al género que ha cultivado, pero me parece relevante sacar a relucir su estrechez de miras. Al igual que yo mismo, muchos hombres homosexuales acudirán al yaoi buscando leer historias en las que sentirse representados y lo que se van a encontrar dista bastante de una imagen positiva y realista de la homosexualidad. Muchas de estas ficciones cargan con ideas erróneas, producto del desconocimiento o de los prejuicios; ideas que pueden resultar dañinas. Japón puede ser un país homófobo y machista, pero en occidente tampoco nos libramos de la homofobia y el machismo. Debemos estar alerta para detectar cuándo esa homofobia y ese machismo que están instaurados en nuestra sociedad se filtran hasta nuestros productos culturales. Por eso es importante que mantengamos un pensamiento crítico que nos permita analizar el tipo de cultura que consumimos.


Probablemente esta reflexión haya querido ir demasiado lejos. Después de todo, Complex no es más que un manga semidesconocido que conjuga unos cuantos aciertos con un buen montón de elementos cuestionables y polémicos. Su intención es la de entretener a su público, no la de reflejar o reivindicar una determinada realidad social. No creo que Manda Ringo pensase que alguien fuese a realizar un análisis temático tan concienzudo de esta historia, ya que en última instancia no es más que una obra más dentro de su carrera y puede que incluso una obra menor. Sin embargo, yo no creo que existan las obras menores porque no creo que existan distintos niveles dentro de la cultura. No creo que haya que diferenciar entre la alta y la baja cultura, por lo que cualquier producto perteneciente a la cultura popular tiene potencial para ser analizado como se analiza cualquier clásico de la literatura o del cine. La cultura popular es cultura y hasta un género tan denostado como el yaoi debe ser considerado cultura. En mi caso, la lectura de Complex no sólo me ha resultado entretenida, sino también enriquecedora: me ha hecho reflexionar y debatir acerca de las ideas que transmite y de la realidad que hay tras dichas ideas, lo cual es siempre beneficioso y conlleva un aprendizaje valioso.

No debería extrañarte, por tanto, que al llegar al final del último tomo sintiese una fuerte implicación emocional hacia los personajes. Había pensado tanto sobre ellos, sobre sus aventuras y desventuras, sobre sus amores y desamores, que me habían aportado mucho a nivel personal. Teniendo en cuenta que había visto crecer y madurar a Junichi y a Tatsuya a lo largo de los años, era evidente que la historia sólo podía acabar de una forma. Para ser concretos, de la forma en la que acaban todas las historias si las alargas lo suficiente en el tiempo. El último capítulo del manga es emotivo hasta cotas asombrosas y se percibe el sentimiento que vertió la autora sobre él tras varios años trabajando con esos personajes. Complex me despertó una fuerte respuesta emocional en varias ocasiones y no siempre fue una respuesta emocional positiva, ya que más de una vez acabé un capítulo enfadado y escandalizado. En cambio, el último capítulo me transmitió una enorme sensación de paz; una certeza ineludible de que el viaje había valido la pena y de que todo había terminado de la mejor forma posible para esa pareja de cuya vida había sido testigo.

Pero no nos engañemos: hay que hacer un esfuerzo voluntario para encontrar la trascendencia en este manga. Se trata de un producto sin pretensiones, insisto, con el único objetivo de entretener. Un vistazo superficial pondrá en evidencia sus dramas gratuitos y telenovelescos, su concepción no siempre acertada de la homosexualidad y la simplicidad de sus personajes, que nunca se alejan demasiado de los estereotipos habituales en el yaoi. Sin embargo, es posible encontrar ese mensaje trascendente entre sus páginas si lo buscas. No es necesario ser homosexual ni un consumado lector de yaoi para hallar dicho mensaje, sino que basta con leer con la mente abierta y reflexionar con un cierto espíritu crítico, siempre tratando de ser constructivo en lugar de destructivo. El envoltorio sin duda contribuye a hacerlo, ya que Manda Ringo tiene un estilo amable muy en la línea del tipo de manga que se hizo popular durante la década de los 90 (baste mencionar las obras de CLAMP, Rumiko Takahashi o Masakazu Katsura). El humor ligero prima sobre el drama, estando siempre presente el componente de slice of life, de la vida cotidiana de los personajes. Por tanto, la lectura de este manga siempre es fácil, accesible y agradable. El estilo gráfico y los recursos visuales tan propios del manga para chicas tienen sus detractores, pero a mí me resultan atractivos. Además, la autora experimenta una notable evolución que se evidencia en el nivel de detalle de las páginas. En definitiva, que es un manga que invita a ser leído y cuya lectura es fácil de disfrutar. A partir de ese punto queda en manos del lector el hecho de digerir la lectura y reflexionar sobre ella para alcanzar sus propias conclusiones, si lo desea.

Aunque el párrafo anterior pueda indicar los contrario, no pienso acabar este texto recomendando la lectura de Complex. No me sentiría cómodo recomendando un manga que me ha resultado problemático a tantos niveles, pese a que no niego haberlo disfrutado y haberme emocionado mientras lo leía. He intentado comentar los aspectos que me han parecido más problemáticos, por supuesto, pero aún así me han quedado otros en el tintero. No he hablado, por ejemplo, de la forma en la que la autora utiliza situaciones que me parecen vergonzosamente homófobas como gags cómicos, aunque podría haberlo hecho. Y las escenas de sexo... bueno, digamos que están lejos de plasmar la realidad del sexo gay. Lo que quiero decir con todo esto que no sabría juzgar si Complex es un buen manga o de un mal manga y, de hecho, el objetivo de este artículo nunca ha sido reflexionar sobre su calidad sino sobre su contenido. Necesitaba poner por escrito algunas de las cavilaciones que me han pasado por la cabeza estos días desde que me encontré con esta obra de Manda Ringo en un rincón oscuro de la red. En aquel soporte tan inusual se produjo un debate sorprendente y esperanzador entre un grupo de desconocidos que se puso a analizar una historia que bien podría haber pasado desapercibida en cualquier otro lugar. Esta es mi aportación a aquel acontecimiento tan extraño, así como una buena muestra del impacto que ha tenido sobre mí la lectura de esta obra. La he disfrutado, me he implicado emocionalmente en ella, me he indignado con ella, me he escandalizado con ella, he dedicado horas y horas a reflexionar sobre ella y, como consecuencia, creo que ahora tengo una perspectiva mucho más rica y compleja que antes. En conclusión, Complex ha supuesto una experiencia enriquecedora para mí. Menuda hazaña para una obra tan desconocida y fácil de menospreciar. Menudo triunfo para un producto de la subcultura y un exponente de un género que tiene más presencia en las páginas de pornografía que en las librerías. Debería darle las gracias a Manda Ringo: quizá no de la forma que ella esperaba, pero su trabajo ha acabado cambiando una vida. Habrá otras historias mejores o peores, otras historias más o menos cercanas a la realidad, pero esta historia en concreto no la voy a olvidar.