17 de agosto de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 8): "Mithas y Karthay"

Mithas y Karthay (titulado The Companions en la edición original de 1992) es la última entrega de Los Compañeros de la Dragonlance (Dragonlance Meetings), una colección que partía de la premisa de narrar los primeros encuentros entre los protagonistas de las futuras Crónicas de la Dragonlance. Dicha premisa no siempre se cumple a lo largo de los seis libros, lo cual repercute en la falta de definición del conjunto. Sin un hilo común que conecte a las distintas entregas más allá de la sucesión cronológica de acontecimientos, la hexalogía carece de personalidad propia y depende por completo de la destreza de los autores implicados en cada volumen para salir bien parados de las historias que plantean. Por fortuna, la encargada de concluir la colección es Tinal Daniell, quien fuera responsable de una de las entregas que más disfruté en su momento: Kitiara Uth Matar. Aunque Mithas y Karthay no suponga la culminación de un argumento construido libro a libro gracias a la suma de aportaciones de los distintos escritores, sí que ofrece una narración absorbente que va aumentando de intensidad hasta alcanzar un clímax muy satisfactorio que hace que la colección en sí gane varios enteros. Merece la pena pasar por los libros anteriores, algo irregulares aunque siempre entretenidos, para llegar al final de la hexalogía y experimentar la sensación de que esos personajes han ido acumulando un cierto bagaje que los enriquece y les proporciona mayor entidad.

Quizá el mejor punto de inicio para cualquier lectura de esta saga de espada y brujería sea la trilogía original de las Crónicas, pero creo que dedicar un tiempo a las precuelas (tanto a estos Compañeros como a las dos series de Preludios) tiene la ventaja de otorgarle un mayor peso a sus protagonistas. No es lo mismo asumir que los personajes son viejos amigos que vivieron muchas aventuras en el pasado porque la narración los presenta así, tal y como sucede en las Crónicas, que acompañarles durante sus primeros viajes juntos y asistir así directamente a la forja de su amistad, lo cual ocurre leyendo precuelas como la que ahora nos ocupa. Todo ese bagaje acumulado en las historias previas beneficia a la caracterización en las aventuras posteriores y ayuda a que el lector conecte y se implique con los personajes. Al menos esta es la sensación que me ha transmitido el epílogo de Mithas y Karthay, que me hizo pensar en los numerosos acontecimientos narrados en la colección desde aquel primer libro que mostraba el momento en el que Flint y Tanis se conocieron. Al llegar al sexto libro el grupo de aventureros ya está más que asentado y los protagonistas están definidos con una claridad cristalina, lo cual incluye sus filias, sus fobias y sus dramas personales. A lo largo de Los Compañeros de la Dragonlance se ha abordado la pertenencia racial de Tanis y Flint, la agotadora convivencia con el carismático y problemático kender Tas, la importancia del legado familiar para personajes como Sturm o Kitiara (ambos descendientes de nobles Caballeros de Solamnia caídos en desgracia por distintas circunstancias), la extraña y disfuncional relación entre los dos hermanos Majere (Raistlin y Caramon) y el apasionado pero tóxico romance entre Tanis y Kitiara, entre otras muchas cosas. Llegados a este punto cuesta no sentirse implicado emocionalmente con estos personajes, lo cual es hábilmente aprovechado por la autora del volumen que hoy estamos comentando.

Mithas y Karthay es una de esas historias en las que los protagonistas pasan buena parte del tiempo separados, implicados en sus propios problemas pero inmersos en acontecimientos interrelacionados, hasta que sus diversos arcos argumentales confluyen en última instancia y todos acaban reuniéndose en el momento del clímax. En esta ocasión, Caramon, Sturm y Tas son secuestrados por los minotauros mientras realizaban un viaje para comprar cierto componente exótico de hechizos para Raistlin. Con sus amigos trasladados hasta las distantes islas habitadas por los hombres toro (las mismas que dan título al volumen), el joven aprendiz de mago se dispondrá a rescatarlos acompañado por Flint y Tanis. Por su parte, Kitiara viajará por su cuenta y riesgo hasta las islas tras ser informada de lo sucedido. Ninguno de los aventureros conoce en un primer momento que acabarán inmiscuyéndose en los planes del Amo de la Noche, un chamán minotauro que pretende lanzar un hechizo que permitirá que el dios al que adora su raza, Sargonnas, el Señor de la Venganza, entre en el plano físico y encabece la conquista del mundo por parte de las fuerzas de los hombres toro.

Buena parte del libro se centra en narrar las penurias por las que pasan Caramon, Sturm y Tas como prisioneros de los minotauros, que llegan a rozar lo angustioso en un par de ocasiones. Esa parte de la historia, por tanto, se beneficia del conocimiento previo y de la implicación emocional del lector hacia los personajes: cuanto más simpáticos te resulten Caramon, Sturm y Tas, más incómoda y preocupante te resultará la lectura de su desventurado viaje. Después de todo, hay varios capítulos en los que son directamente torturados y humillados por sus captores. Por momentos creo que el libro resulta excesivo en su descripción del sufrimiento, aunque soy consciente de que estas historias de fantasía medieval no suelen estar exentas de crudeza pese a todos sus elementos ficticios. En cualquier caso, se trata de escenas ridículas en comparación con la forma en que se emplea la violencia en otras sagas como Canción de Hielo y Fuego, por ejemplo. La diferencia radica en que la Dragonlance está dirigida al público juvenil, no a lectores adultos.

Por otro lado, la autora sabe bien lo que hace al desperdigar a los personajes. Es un acierto separar a los dos hermanos, Caramon y Raistlin, ya que invita a pensar que la preocupación del aprendiz de mago por su corpulento gemelo es genuina. No obstante, Raistlin sabe mucho más de lo que desvela en un primer momento y sus movimientos siempre ocultan otras motivaciones que nada tienen que ver con el amor fraternal, lo cual es muy fiel a su caracterización más íntima. También es interesante averiguar cómo se las ingenia el enfermizo y delicado muchacho para sobrevivir en territorio hostil sin el apoyo de su vigilante y protector hermano. Si la situación hubiese sido a la inversa y Raistlin fuese el secuestrado, no resultaría nada sorprendente que Caramon encabezase su rescate. Sin embargo, en este volumen la escritora nos propone una circunstancia mucho más inusual e inesperada en la que Raistlin adopta el rol de rescatador, lo cual es muchísimo más interesante. Además, el aprendiz de mago tiene que hacer equipo con Flint y Tanis, dos personajes con los que apenas tiene nada en común y que suelen desconfiar de él. El enano y el semielfo no ven la magia con buenos ojos ni están cómodos en presencia del reservado e introspectivo aprendiz, por lo que el trío de rescatadores se mantiene en una constante tensión dramática.


Irónicamente, el único personaje que Tina Daniell no sabe desplegar con el mismo acierto es Kitiara, la apasionada mercenaria a la que tan bien supo coger el tono en el tercer volumen de Los Compañeros de la Dragonlance. En este libro la presencia de Kit no sólo es escasa, protagonizando un único capítulo y no volviendo a aparecer hasta la conclusión, sino que también acaba desempeñando el odioso rol de damisela en apuros que tan inadecuado resulta para una mujer que se gana la vida con la espada. Es importante recordar que hablamos de libros escritos hace más de veinte años, en una época en la que la cultura popular no reflejaba las preocupaciones sociales que tan presentes están hoy en día, pero esta circunstancia resulta llamativa dada la estupenda caracterización de Kit como mujer independiente y rebelde que hizo la autora en el pasado. En Kitiara Uth Matar, la mercenaria siempre tenía un rol activo en los acontecimientos, mientras que el papel que desempeña en la conclusión de Mithas y Karthay es mucho más pasivo de lo que desearía. Puede que esta sea la mayor crítica que se le puede hacer a esta entrega de Los Compañeros de la Dragonlance, aunque no es el único detalle que me ha chirriado durante la lectura.

El otro aspecto que me parece discutible tiene que ver con el manejo del tiempo y el espacio. Como se puede esperar en base a la sinopsis planteada, nos encontramos ante un libro que se centra en el viaje de los rescatadores para alcanzar a los secuestrados en las lejanas islas de los minotauros. Como en muchas otras historias de fantasía medieval, el grueso principal del argumento transcurre durante el viaje propiamente dicho. Pues bien, si cogemos un mapa de Krynn (el mundo ficticio en el que se ubica la Dragonlance), marcamos los puntos en los que se encuentran los personajes al iniciarse el argumento y vamos trazando las líneas que recorren durante sus respectivos desplazamientos, nos sorprenderá comprobar lo vastas que son las distancias que han viajado. Dichos desplazamientos, además, transcurren de forma paralela hasta que todos los compañeros se reúnen en un mismo punto. El problema es que si uno se pone estricto y empieza a hacer cálculos numéricos sobre distancias y tiempos, los datos no encajan: es totalmente imposible recorrer distancias tan enormes en los tiempos marcados por la narración, ya sea a pie, a caballo o en barco. Obviamente, el lector medio no se molestará en analizar los detalles de la historia hasta semejante nivel, pero basta un mínimo esfuerzo mental para poner en jaque la verosimilitud de los acontecimientos. Al fin y al cabo, incluso los mundos de ficción deben obedecer una serie de normas físicas básicas y si el autor no las respeta se arriesga a que se le vean las costuras a su relato.

Reconozco que no es nada fácil manejar una historia con varios arcos argumentales paralelos que acaban confluyendo al final, pero me parece tarea del escritor el llevar a cabo los tediosos cálculos que aseguren que su argumento es verosímil. Eso incluye calcular cuántos kilómetros deben recorrer los personajes en cada jornada para llegar a su destino, manteniendo la cifra dentro del intervalo de lo físicamente posible. Narrar un viaje sin definir con detalle las distancias y los tiempos es arriesgado, sobre todo cuando el libro incluye un mapa para que lector pueda consultarlo a su antojo. Una posible solución para no hacerse un lío de cifras pasa por hacer trampa y recurrir a la magia, lo cual me parece un recurso un tanto perezoso. Es justo el recurso que utiliza Tina Daniell para que los cálculos de su viaje tengan sentido, haciendo que los personajes recorran parte de la gigantesca distancia de su recorrido mediante un desplazamiento mágico. En esta historia tanto los secuestrados, cuyo barco es transportado de un extremo a otro del mapa por una tempestad mágica, como los rescatadores, que usan un portal para ahorrarse el grueso del viaje por tierra, recurren a la magia. No me parece la mejor solución posible para el problema planteado, sobre todo porque incluso teniendo en cuenta el uso de la magia siguen quedando cuestiones que no acaban de encajar: ¿cómo consigue entonces Kitiara llegar a las islas de los minotauros desde Solamnia antes que sus compañeros que han viajado por medios místicos?

En cualquier caso, la autora emplea un recurso que me parece muy efectivo para transmitir la sensación de estar inmersos en un largo viaje durante uno de los capítulos. Se trata del capítulo en el que Tanis, Flint y Raistlin se embarcan para cruzar el Mar Sangriento en dirección a la nación de los hombres toro, que está narrado como si se tratase de un diario de a bordo anotado por Tanis. Me parece un recurso mucho más útil e interesante para reflejar el paso del tiempo y para mover a los personajes una larga distancia sin consumir un número excesivo de páginas. En volúmenes anteriores de la hexalogía he tenido la sensación de que los autores no han sabido manejar bien el ritmo de su relato y se han quedado sin páginas al final, dejando la conclusión o el epílogo algo cojos. Me ha alegrado comprobar que Mithas y Karthay es el caso opuesto, ya que la narración conserva un ritmo bien equilibrado que aumenta progresivamente de intensidad hasta su conclusión, que viene seguida de un adecuado epílogo que sirve como cierre tanto para la historia planteada en este libro como para la colección de la que forma parte. Dejando a un lado mis críticas sobre el rol de Kitiara y el manejo de las distancias y los tiempos, no tengo problema en admitir que este es un libro bastante sólido; es más, diría que es uno de los mejores de la hexalogía.

Se trata de uno de los títulos que mejor aprovecha el entorno de fantasía de la saga, recurriendo a uno de los bestiarios más extensos que recuerdo, con criaturas de todo tipo que van desde gigantescos gusanos marinos, leucrottas, orughis, bulettes y rocs hasta un descomunal hatori, todos ellos seres poco comunes tanto en Dragones y Mazmorras como en la propia Dragonlance. También cuenta con unos personajes secundarios muy llamativos, como la agradable semiogro Kirsig y los representantes de las dos especies más relevantes en esta historia: los kiris, unos primitivos aunque nobles hombres pájaro, y los minotauros. Ambas razas son enemigas, por lo que nuestros protagonistas acaban aliándose con los kiris antes del asalto final contra las fuerzas del Amo de la Noche. Como en cualquier precuela, es fácil adivinar qué personaje secundario no llegará vivo al final de la lucha, pero esto es inevitable. Finalmente, Mithas y Karthay es de especial interés por ofrecer un vistazo a la sociedad de los minotauros, que son seres que no existen en el universo de Dragones y Mazmorras pero que poseen una amplia presencia en la Dragonlance. Más allá de las esperadas muestras de brutalidad, resulta fascinante descubrir que los hombres toro gozan de su propia organización política y religiosa, con sus correspondientes intrigas y juegos de poder. No obstante, quizá lo más sorprende del libro sea la presencia del único kender perverso que recuerdo haber leído en esta saga; uno que sigue conservando su naturaleza entrometida y su peculiar sentido del humor pese a estar alineado con las fuerzas del Mal. Su inclusión en la historia es tan ocurrente como perturbadora.

Con esto concluye mi repaso a los seis volúmenes que componen Los compañeros de la Dragonlance, pero antes de llegar a las esperada relectura de las Crónicas de la Dragonlance aún quedan unas cuantas precuelas que revisitar: en concreto, las dos trilogías de Preludios ambientadas en los años anteriores a las Crónicas en los que los compañeros se separan para buscar evidencias sobre la presencia de los viejos dioses en el mundo. La primera de estas trilogías comienza con El Guardián de Lunitari, una historia protagonizada por la difícil pareja constituida por Kitiara y Sturm, que por azares del destino acabarán viajando en un barco volador de manufactura gnoma hasta Lunitari, la mismísima luna roja de Krynn. Será el próximo libro a comentar en esta serie de artículos.

4 de agosto de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 7): "Pedernal y Acero"

Los Compañeros de la Dragonlance (Dragonlance Meetings en el original) es una hexalogía que pretende narrar los primeros encuentros entre algunos de los personajes más destacados de esta saga de fantasía. Esta es una característica a la que los anteriores libros no prestaron mucha atención y que esta penúltima entrega, Pedernal y Acero (Steel and Stone es el título en inglés), vuelve a poner sobre la mesa. Nos encontramos ante el primer encuentro entre Tanis el Semielfo y Kitiara Uth Matar, una pareja cuya relación pasa por ser una de las más tormentosas de la Dragonlance. Puesto que cada entrega de la hexalogía es cronológicamente posterior a la anterior, ambos personajes ya han tenido ocasión de ser explorados en otros libros. Qualinost se centraba en la juventud de Tanis en la ciudad elfa en la que nació, mostrando cómo su naturaleza mestiza le separaba de sus congéneres y le impulsaba a buscar una vida en el exterior, mientras que Kitiara Uth Matar fue protagonizado por el personaje cuyo nombre le da título y narraba los primeros compases de la vida de Kit como mercenaria. Por su parte, Pedernal y Acero, además de mostrar cómo se conoce la pareja y cómo se inicia su romance, se encarga de narrar una de sus primeras aventuras juntos; una aventura en la que queda bastante claro que uno de los dos no está siendo del todo sincero con el otro.

Creo que una de las razones por las que la Dragonlance fue tan popular entre las chicas como entre los chicos en su momento es el personaje de Kitiara. No es la única mujer que tiene un papel prominente en la saga, ya que hay otras como Laurana, Tika o Crysania que también acaparan gran protagonismo, pero entiendo que es mucho más fácil conectar con ella que con las otras. Además de ser una luchadora experta y una inteligente aventurera, Kit es una mujer independiente que se valora a sí misma por encima de todo y de todos. Está muy lejos de ser una heroína, desde luego, pero pese a sus acciones cuesta encuadrarla en la categoría de villanos. Kit vive como quiere, obedece sus propias normas y persigue sus propios intereses. No duda en aliarse con el mal o en llevar a cabo actos moralmente reprobables si eso le ayuda a obtener lo que desea, aunque no es intrínsecamente malvada. Simplemente es una mujer que quiere vivir la vida a su manera en un mundo con frecuencia hostil hacia las mujeres. En el género de espada y brujería más clásico los personajes femeninos suelen ocupan el rol de damisela en apuros o, lo que es peor, el de mero reclamo sexual para los lectores masculinos. Kit no es lo uno ni lo otro y, de hecho, aunque es un personaje fuertemente sexualizado, me cuesta considerar que su sexualidad esté al servicio del lector. Es más, diría que su sexualidad es suya y de nadie más.

Si lo juzgamos desde una óptica actual es posible que surjan los problemas y nos percatemos de que no es un personaje tan liberal ni empoderante como parecía serlo en la década de los noventa. El tratamiento de la sexualidad siempre suele resultar polémico en estos casos, ya que hablamos de un personaje que recurre al sexo como arma en más de una ocasión. En otros libros que ya hemos comentado tenemos algún ejemplo de ello: por ejemplo, en Raistlin, mago guerrero y Raistlin, el Túnica Roja Kitiara conseguía medrar en el ejército acostándose con su general. Entiendo por qué este tipo de conductas de un personaje femenino puedan ser discutibles, aunque no creo que descalifiquen al personaje en su conjunto. En todo caso, creo que paradójicante lo hacen más interesante. Aunque imperfecto en su tratamiento, después de todo el personaje resuena con muchas inquietudes liberales actuales. Por mi parte, me parece muy sugestivo que unos libros de fantasía para adolescente incluyesen a un personaje con una sexualidad tan abierta. Kit se acuesta con quien quiere y cuando quiere y además lo hace buscando siempre su propio placer o beneficio, de ahí que afirme que su sexualidad no está al servicio de nadie salvo ella misma.

Precisamente la sexualidad de Kitiara tiene cierta prominencia en Pedernal y Acero, ya que el inicio del romance entre el semielfo y la mercenaria viene marcado por la presencia del anterior amante de la mujer. Es más, incluso habiendo iniciado una relación con Tanis, Kit no tiene reparos en volver a acostarse con su pareja previa. Teniendo en cuenta la breve reflexión que he realizado en los anteriores párrafos, esta circunstancia me parece muy coherente con el personaje. No obstante, lo llamativo de este libro es que explora las consecuencias del estilo de vida de Kitiara y su forma de afrontar su sexualidad. En efecto, una de las subtramas del volumen tiene que ver con un posible embarazo del que cualquiera de los dos hombres puede ser el padre, lo cual supone un serio problema para la mercenaria. El estilo de vida liberal de Kit no es el más apropiado para un mundo medieval en el que no existen los anticonceptivos, pero este tema no suele tratarse demasiado. En Raistlin, mago guerrero se menciona un posterior embarazo de Kitiara (del que nace Steel Brighblade, personaje con cierta importancia en el futuro de la saga), pero más allá de eso no recuerdo otras ocasiones en las que se aborde el tema. En este libro el asunto se trata con bastante ambigüedad, ya que no llega a desvelarse la identidad del padre ni el destino del bebé. De hecho, ni siquiera llega a saberse si finalmente se produce el nacimiento o no. Sin embargo, la circunstancia crea una gran tensión dramática entre los personajes y sirve para regalarnos una de las mejores escenas del libro, en la que Kit sueña con un posible futuro en el que ha colgado la espada y se ha convertido en madre y ama de casa al cargo de sus hijos y al servicio de su marido. Sobra decir que para ella tal ensoñación es una pesadilla horrenda.

Es una lástima que el tema no se trate de forma más directa, pero una vez más debemos tener en cuenta que hablamos de una precuela que debe cuidarse de no entrar en contradicción con hechos cronológicamente posteriores. Ellen Porath, autora de Pedernal y Acero, hace lo que puede dentro de las obvias limitaciones que aquejan a todos los libros situados antes de las Crónicas de la Dragonlance. Pese a todo, y aunque en general me gusta mucho la caracterización de Kit en esta entrega, hay algunos momentos del argumento en los que el personaje no tiene un rol tan activo como me gustaría. Llega a ejercer el rol de víctima secuestrada a la que hay que rescatar hacia el final, lo que chirría un poco en comparación con la forma en la que otros libros han retratado al personaje y con mi propia concepción del mismo. Tampoco me gusta demasiado que la historia se ponga en marcha a partir de un robo por parte de Kitiara, ya que me cuesta creer que la mercenaria se rebaje de esa manera (¡no una sino dos veces en el mismo libro!). Puede que Kit tenga unos criterios morales bastante laxos, pero no creo que sea una vulgar ratera. Aunque se puede argumentar que tiene sus razones para apropiarse de las mercancías robadas, el procedimiento de coger lo que no le pertenece y huir por piernas me parece impropio de alguien que tiene otros métodos mucho más efectivos para conseguir lo que desea, ya sea mediante la espada o mediante la cama.


En cuanto al argumento en sí, nos encontramos ante una historia competente y quizá hasta un punto por encima de la media de la saga. Kitiara y su amante, un duro kernita llamado Caven Mackid, sirven como mercenarios en el ejército de un señor feudal que pretende invadir un reino cercano tras haber casado a su hija con el gobernante del mismo. Las cosas no salen bien y Kit aprovecha la confusión para robar unas gemas de hielo mágico que estaban en posesión del hechicero del ejército, un Túnica Negra que responde al nombre de Janusz. Tras dar esquinazo a Caven, la mercenaria se encuentra por casualidad con Tanis y comienza una apasionada relación con él. Pero pronto su pasado llama a la puerta, primero con el regreso de Caven (acompañado por su escudero Wode) y después con los intentos del Túnica Negra de recuperar sus joyas. Kit, Tanis, Wode y Caven acaban viéndose inmersos en una trama que implica a la hija huida del señor feudal, a un búho gigante con un sarcástico sentido del humor y a un enorme y estúpido troll de dos cabezas. Además de tener que aguantarse mutuamente, el grupo de aventureros viajará hasta las confines del gélido sur para evitar que el hechicero y su amo utilicen el poder de las gemas de hielo para conquistar el mundo. No todos llegarán al final de la aventura con vida.

Es fácil deducir qué personajes vivirán y qué personajes morirán en una precuela, pero en este caso la autora consigue conferirle cierto impacto a las muertes de sus criaturas. En ocasiones, el género de fantasía opta por narrar muertes melodramáticas en las que los personajes siempre tienen ocasión de despedirse con unas últimas palabras antes de expirar. Pese a lo inverosímil que resulta este recurso, reconozco que tiene su atractivo. Sin embargo, optar por narrar una muerte rápida, brutal y despiadada puede aumentar el impacto al hacer que el lector se vea privado de esos últimos momentos de despedida. Obviamente, en el mundo real la muerte puede presentarse de improviso y no siempre hay ocasión de despedirse antes del final. Cuando la ficción refleja la muerte de esta manera obtiene cierta verosimilitud y cierta autenticidad que no consigue de la otra forma, además de potenciar el mencionado impacto sobre el lector. En Pedernal y Acero las muertes son de este tipo: rápidas y crueles. Además, no diferencian entre héroes y villanos, ya que ambos son tratados con la misma contundencia. Por otro lado, conviene mencionar que algunos de los personajes que mueren no son humanos sino animales. Lo cierto es que ya he perdido la cuenta de la cantidad de muertes de caballos con las que me he encontrado desde que empecé esta relectura de la Dragonlance, pero las muertes de animales de este libro me parecen bastante más duras de lo habitual y quizá hasta puedan resultar desagradables para los lectores más sensibles. Hay una que me a mí me dolió especialmente, aunque no entraré en detalles por motivos obvios.

En líneas generales, el argumento del libro sabe mantener el interés del lector, aunque comete un error bastante frecuente. Su desenlace es satisfactorio en última instancia, pero resulta algo apresurado en comparación con la extensión que se dedica a la presentación. No es la primera vez que me quejo de esto hablando sobre Los Compañeros de la Dragonlance y sospecho que no será la última mientras dure mi relectura de la saga, pero me parece una protesta justificada. Cuanto mayor y más ambiciosa sea la aventura, más importante es dedicar el espacio necesario a su cierre y a las consecuencias derivadas de él. Un buen epílogo es tan fundamental como un buen desenlace o puede que incluso más, ya que las piezas se han reorganizado sobre el tablero y es preciso ofrecerle un retrato acertado al lector de cómo han quedado las cosas. El volumen que hoy estamos comentando tiene un epílogo de menos de dos páginas en el que se tienen que abordar las consecuencias de las diversas batallas, las muertes de varios personajes y el embarazo de Kitiara. Se me antoja muy insuficiente.

Por otro lado, los secundarios del libro son bastante simpáticos. Caven y Wode no destacan por su brillantez, pero creo que esa es la intención de la autora, que pretende parodiar su masculinidad hasta cierto punto. Mucho más interesantes son Kai-lid y su compañero Xanthar, el búho gigante, probablemente la aportación más memorable del libro por su actitud y sus acertados diálogos. Incluso los villanos, el señor feudal Valdane y Janusz, el Túnica Negra, tienen un trasfondo interesante que implica un impío vínculo de sangre. Además, Pedernal y Acero hace un amplio uso de la mitología de la Dragonlance, recurriendo a localizaciones tan conocidas como el Bosque Oscuro donde habitan los espíritus o las lejanas extensiones congeladas del Muro del Hielo, así como a criaturas tales como minotauros, ettins (trolls de dos cabezas) y thanois (hombres-morsa). El envoltorio ya es bastante atractivo por sí mismo, pero no olvidemos que el principal punto fuerte del libro sigue siendo la exploración del personaje de Kitiara y su relación con Tanis.

Que haya dejado para el final el comentario sobre el romance entre la mercenaria y el semielfo no significa que el libro deje de lado el tema ni mucho menos. La relación entre ambos personajes se trata de forma bastante certera, haciendo hincapié en lo poco que tienen en común más allá de la pasión y el deseo sexual del primer encuentro. Hay pocas razones para confiar en que la pareja pueda funcionar y muchas para creer que lo mejor para ambos es separarse, aunque la autora sabe dejar a los personajes en esa inexplorada zona gris de incertidumbres en la que todo es posible. Tanis y Kitiara son muy distintos y no hay duda de que ambos están en extremos opuestos del espectro moral, de eso no hay duda, pero entre ellos hay una chispa que invita a fantasear sobre las posibilidades futuras. Cabe la esperanza de que la compañía del otro sirva para que Tanis deje de estar tan encorsetado por su pasado y para que Kitiara modere un tanto su temperamento violento y su conducta egoísta... pese a las innumerables pruebas que indican que Tanis nunca podrá obviar su naturaleza de semielfo  y que Kitiara es demasiado ambiciosa como para conformarse con una vida normal y corriente.

El libro aprovecha para hacer alguna que otra referencia a temas tratados en volúmenes anteriores de Los Compañeros de la Dragonlance para reforzar las incógnitas que despierta el mencionado romance: el diferente ritmo al que envejecen humanos y semielfos siempre será una barrera entra ambos y Kitiara están tan obcecada en crearse una reputación que rivalice con la que tuvo su padre en el pasado que no dudará en pasar por encima de todo aquel que suponga un obstáculo para tal fin. Por tanto, desde el primer momento queda claro que el suyo es un romance imposible y que su destino es el fracaso. Por eso la ardiente pasión entre ellos está teñida de tristeza y por eso son tan conmovedoras las ingenuas dudas de Tanis, que sueña con una vida en la que pueda estar casado con Kit. En cambio, como ya hemos apuntado antes, para la mercenaria una vida así es una pesadilla y una condena de la que pretende escapar con todas sus fuerzas. Ya en este momento tan temprano de su relación Kit evita comprometerse con Tanis y le engaña cuando surge la ocasión, lo cual augura un final poco halagüeño para su romance. Este es justo el tipo de romance de ficción que me gusta: carnal, efímero y destinado a una oscura conclusión. Ya habrá ocasión de volver sobre el tema cuando mi repaso de la saga llegue hasta las Crónicas.

Queda un único volumen para concluir el comentario de Los Compañeros de la Dragonlance: Mithas y Karthay, un libro en el que los compañeros que dan título a la hexalogía se encuentran reunidos al fin y viven una aventura que les lleva hasta las islas de los minotauros en los confines del Mar Sangriento. Caramon, Sturm y Tasslehoff emprenden un viaje por mar en el que desaparecen, haciendo que Raistlin , Flint y Tanis deban acudir al rescate. Como no podía ser de otra forma, Kitiara está implicada en esta historia en la que también hay un dios oscuro y un plan para que los minotauros conquisten todo el continente de Ansalon. Lo comentaremos con detalle en la próxima entrada.

30 de julio de 2017

[Series] Doctor Who: El futuro es femenino

En The Doctor's Wife, cuarto episodio de la sexta temporada de Doctor Who, se hace referencia a un personaje al que llaman el Corsario. Se trata de un Señor del Tiempo que había tenido tanto sexo masculino como femenino durante sus pasadas regeneraciones y el Doctor llega a mencionar que fue "una chica mala" durante su encarnación femenina. Puede que no se tratase más que de un simple chiste, pero hoy en día podría considerarse un acontecimiento histórico: la primera mención oficial de que un Señor del Tiempo puede cambiar de sexo al regenerarse. La referencia al Corsario resultó ser el primer paso de un largo camino que ha desembocado recientemente en el anuncio de que el Doctor será interpretado por una mujer por primera vez en los más de cincuenta años de historia de la serie.



Hace unos días, alguien le preguntaba por el Corsario a Neil Gaiman, guionista de The Doctor's Wife, en la red social tumblr. Su respuesta me llamó mucho la atención y fue la que en última instancia me motivó a escribir esta reflexión. La idea de que el Corsario pudiese regenerarse tanto en un hombre como en una mujer fue obra de Gaiman, que la añadió al guión pensando que acabaría siendo desechada por introducir un elemento nuevo a la continuidad que nunca había antes sido tratado. Sin embargo, Steven Moffat, el showrunner, no sólo decidió conservar la referencia al Corsario, sino que además añadió la línea que decía que había sido "una chica mala".

Antes de concederle todo el mérito a Gaiman quizá conviene recordar que existe otra referencia aún más antigua a un Señor del Tiempo que se regenera en una mujer y que pertenece al propio Moffat, aunque está fuera de la continuidad oficial de la serie. En The Curse of Fatal Death, una parodia de Doctor Who emitida en 1999 con motivos benéficos, Moffat escribió cómo el Doctor pasaba por distintas regeneraciones hasta convertirse en una mujer, interpretada entonces por la actriz Joanna Lumley. Podemos considerar a Lumley la primera mujer que interpretó al Doctor, aunque habría que considerar que su Doctora es apócrifa al no formar parte de la continuidad. Lo mismo se podría decir de Arabella Weir, actriz que interpretó también fuera de continuidad a una encarnación femenina del personaje en Exile, una capítulo publicado en 2003 de la serie Doctor Who Unbound de Big Finish, la conocida productora de audiodramas.


En cualquier caso, sirvan estas anotaciones históricas para probar que la inquietud sobre una versión femenina del Doctor ya llevaba mucho tiempo presente en el momento en el que Neil Gaiman escribió los distintos borradores de The Doctor's Wife. Moffat ya había empleado la idea de que un Señor del Tiempo pudiese cambiar de sexo, aunque lo hiciese recurriendo a la parodia, por lo que no creo que la referencia al Corsario le resultase especialmente chocante. De lo que no cabe duda es de que al decidir conservarla en un episodio que formaba parte de la continuidad oficial estaba abriendo una puerta que ya nunca podría volver a cerrarse. Sí, podríamos discutir sobre lo flexible que es Doctor Who con su continuidad, la cual ha ignorado o reescrito a voluntad durante años, pero confirmar la posibilidad de que los Señores del Tiempo pudiesen regenerarse en hombre o mujer indistintamente era una bombazo demasiado grande como para dejarlo pasar. Dudo que en 2011, momento en que se emitió The Doctor's Wife, los implicados en ese episodio fuesen conscientes de que estaban abriendo la primera posibilidad real de tener a una Doctora en pantalla, pero sin duda hay que aplaudir su ocurrencia sobre el Corsario. Quizá no fuese más que un simple guiño, una de esas sutiles referencias con las que Gaiman adereza sus historias y potencia la imaginación de sus lectores o espectadores. Quizá a Moffat le hizo gracia la broma y por eso decidió conservarla. Sea como fuere, resultó ser un importantísimo paso hacia el futuro. Después de todo, el paso más importante para llegar a tu destino siempre es el primero, el que te pone en marcha.

De hecho, diría que en la última parte de su etapa como showrunner de Doctor Who, Steven Moffat ha ido avanzando cada vez de forma más clara hacia la consecución de una encarnación femenina del Doctor. El primer gran hito en el camino fue la presentación en la octava temporada de Missy, la encarnación femenina del Master interpretada por Michelle Gomez. Se trataba, en efecto, de la primera prueba tangible de que un Señor del Tiempo podía regenerarse en una mujer.


El segundo hito fue mucho más explícito: en Hell Bent, decimosegundo episodio de la novena temporada, un general de los Señores del Tiempo se regeneraba delante de las cámaras y pasaba del género masculino al femenino, cambiando también el color de su piel en el proceso. De esta forma, Steven Moffat confirmó que no sólo era posible el cambio de sexo durante la regeneración, sino también el cambio de raza. Finalmente, los últimos episodios de la décima temporada, recientemente concluida, estuvieron cargados de insinuaciones sobre un posible futuro en el que el Doctor fuese una mujer. Una forma muy inteligente de abordar la situación de forma indirecta fue enfrentar a Missy con la anterior encarnación masculina del Master, a la que no parecía hacerle mucha gracia la idea de que fuese a convertirse en una mujer en el futuro. "Is the future going to be all girl?", preguntaba amargado el villano. "We can only hope so", le respondía el Doctor.

Todo lo anterior nos lleva al momento presente, en el que ya ha sido confirmado que la persona que dará vida al Doctor en la próxima temporada será la actriz Jodie Whittaker. Así, el nuevo showrunner, Chris Chibnall, se ha ganado un lugar preferente en la historia de la serie por su decisión de contar con una Doctora en pantalla. Por lo visto Moffat conocía parte de los planes de su sucesor, por lo que ha ido allanándole el camino con sus últimos guiones. Así, ese primer paso que supuso la mención al Corsario ha dado lugar a que tengamos una primera Doctora canónica formando parte de la mitología de Doctor Who. ¿Pero fue ese realmente el primer paso?


Me parece importante tener en cuenta que este avance no habría podido producirse de no ser por el clima social en el que nos encontramos hoy en día. El camino que ha recorrido la serie desde que Neil Gaiman pensase en el Corsario hasta que Jodie Whittaker fuese anunciada oficialmente no se ha producido en el vacío, sino que se ha apoyado en los avances logrados en otras partes. Para empezar, Doctor Who ni siquiera es la primera gran franquicia de ciencia ficción que pone a una mujer como protagonista. Me entristece que el anuncio de Jodie Whittaker se considere algo histórico para la televisión, ignorando que Star Trek puso a una mujer al mando de una nave estelar hace más de veinte años: la Capitana Janeway de Star Trek: Voyager. Como en tantas otras cosas, Star Trek fue pionera en esto y se le debería reconocer su mérito. Eso no quiere decir que el hecho de tener a una Doctora sea menos importante o merezca menos reconocimiento, desde luego. Se trata más bien de un recordatorio de que la lucha por la igualdad en términos de representación lleva librándose desde hace muchos años y que lo que se consigue hoy se debe en gran parte a lo que se consiguió en el pasado.


Pensemos por ejemplo en el reciente éxito de la película protagonizada por Wonder Woman y en cómo está afectando al panorama cinematográfico. Era bien conocida la resistencia que tenían las productoras a financiar proyectos protagonizados por personajes femeninos dentro de géneros considerados eminentemente masculinos, como puede ser el género de superhéroes. Incluso Marvel Studios, tras haber construido una imagen de marca reconocible y exitosa con su Universo Marvel Cinematográfico, tenía grandes reservas a la hora de producir una película con protagonista femenino. Por mucho que la película de la Capitana Marvel lleve tiempo anunciada, Marvel Studios lleva años desaprovechando la oportunidad de rodar una aventura en solitario de la Viuda Negra y el motivo es que se consideraba una propuesta demasiado arriesgada. Pero ahora la enorme recaudación de Wonder Woman, una película protagonizada por una heroína y rodada por una directora, ha cambiado las tornas. Ahora lo arriesgado sería no lanzar una película protagonizada por una mujer. ah, pero Wonder Woman tampoco fue la primera película en asumir ese gran riesgo: ¿acaso no recuerdas lo que pasó cuando se anunció que los nuevos Cazafantasmas estarían compuestos por un reparto enteramente femenino? 

La acumulación de pequeños avances nos ha conducido hasta un momento muy interesante, en el que la representación y los problemas de género se han convertido en materia de preocupación y debate social. No hace tanto tiempo que le mera idea de una película de Wonder Woman se consideraba un disparate. Hubo una época en la que incluso el admirado Joss Whedon vio cómo su proyecto para llevar al cine a Wonder Woman era rechazado, pero hoy en día todos los estudios quieren tener su propia Wonder Woman. Y si el éxito de Wonder Woman ha sido posible es porque antes ha habido unas Cazafantasmas y una Buffy Cazavampiros y una Capitana Janeway y una Agente Dana Scully y una Xena y otras tantas mujeres, tanto reales como de ficción, que han abierto camino.


Por tanto, ¿a quién le corresponde el mérito de que Doctor Who tenga a la primera Doctora de su historia? ¿A Chris Chibnall? ¿A Steven Moffat? ¿A Neil Gaiman? ¿De quién es la responsabilidad? ¿Quién abrió el camino? Quizá se empezó a abrir camino mucho antes de lo que pensábamos. Después de todo, Doctor Who tal y como la conocemos no habría existido sin la productora Verity Lambert. Es más, la conocida sintonía de la cabecera de la serie, que ha permanecido casi inmutable desde los años sesenta, no habría sonado igual sin los arreglos de otra mujer, Delia Derbyshire. La historia de la fantasía y la ciencia ficción le debe mucho a todas esas mujeres que han estado trabajando desde las sombras, en ocasiones sin recibir reconocimiento por ello. En realidad el camino lleva muchísimo tiempo andándose. ¿Sabías que el primer libro considerado de ciencia ficción fue escrito por una mujer? Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo, fue una de las primeras en echar a andar allá por 1818.

Con esto quiero decir, en resumen, que el anuncio de que Joddie Wittaker será la Doctora es un avance importantísimo en el camino de la igualdad de género, pero no supone ni mucho menos el final del camino. El entusiasmo que despierta el hecho de tener a una encarnación femenina oficial de este veterano personaje de ficción está plenamente justificado, pero no debería hacernos olvidar que se ha logrado gracias a los pequeños pasos que muchos otros han dado a lo largo de los años. De la misma forma, tampoco debería hacernos olvidar que seguimos estando lejos de conseguir una igualdad real o una representación paritaria. El camino debe continuar.

Desde aquí quisiera mostrar todo mi apoyo y mi admiración a todos los implicados en un acontecimiento tan importante para Doctor Who como este. Como seguidor de la serie, estoy tan ansioso por descubrir a esta nueva Doctora como por ver cómo se abordan los temas de género en la próxima temporada. ¿Se optará por cambiar la dinámica y tendrá un companion masculino en lugar de una companion femenina como viene siendo costumbre? ¿Tendrá que enfrentarse la Doctora a los prejuicios debidos a su género? ¿Se cuestionarán las futuras historias los roles de género habituales en la ficción aprovechando el cambio de sexo del Doctor? Se avecina una época fascinante para la serie; una época que además invitará a nuevas audiencias que quizá no se habían visto atraídas con anterioridad hacia la serie. Niñas y mujeres a las que Doctor Who no les llamaba nada la atención llegarán a la nueva temporada interesadas por la presencia de una protagonista femenina y puede que muchas de ellas se queden y se conviertan en fieles seguidoras con el tiempo. Son esas niñas y mujeres las que, inspiradas quizá por Doctor Who, seguirán andando el camino de la igualdad el día de mañana.


23 de julio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 6): "El Código y la Medida"

La narrativa fantástica constituye una importante vía de escapismo, en especial durante los años de infancia y juventud en los que tan importante es ejercitar los músculos de nuestra imaginación y explorar nuestro mundo interior. En efecto, las fantasías ajenas enriquecen las nuestras y ayudan a que tomen forma, se desarrollen y se independicen hasta adoptar un carácter único. En cierta forma nos permiten experimentar situaciones imposibles en nuestra vida cotidiana, explorando así facetas de nuestro ser que quizá no podamos explorar de otro modo. Leyendo un libro de la Dragonlance, por ejemplo, puedes fantasear con la idea de convertirte en un taimado y manipulador mago, en un despreocupado y alegre kender o en un curtido y despiadado mercenario. También tienes la opción de verte encarnado en un caballero de brillante armadura que obedece con ciega lealtad los preceptos de su orden de caballería, aunque ya desde niño dicha posibilidad me pareciera la más aburrida. Cuando me adentré en esta saga por primera vez hace ya muchos años buscaba la emoción del puro escapismo y por eso me vi atraído con rapidez hacia los personajes completamente opuestos a mí. Fantaseaba con tener la convicción de Raistlin, la picaresca de Tasslehoff o la independencia de Kitiara. En cambio, detesté desde el principio a Sturm Brightblade, el taciturno aspirante a caballero que regía su vida por unas leyes tan antiguas como anticuadas. Me parecía un personaje soso y aburrido que fastidiaba mis idílicas sesiones de fantasía con su personalidad apagada, su incapacidad para reconocer sus errores y su obcecada fijación en unas reglas que ni siquiera él mismo comprendía. En su momento no me di cuenta de que la razón por la que el pobre Sturm no me caía bien era porque se parecía demasiado a mí mismo. Después de todo, a nadie le gusta mirarse en el espejo y encontrar que la imagen que le devuelve está muy alejada de sus fantasías. Cuando deseas con todas tus fuerzas ser Raistlin, Tasslehoff o Kitiara, verte reflejado en Sturm supone una severa bofetada.

Ahora, muchos años después de que conociese al joven aspirante a caballero por primera vez, me he puesto a reflexionar de nuevo sobre este personaje al abordar un libro protagonizado por él en esta relectura nostálgica de la Dragonlance que estoy llevando a cabo. Titulado El Código y la Medida (The Oath and the Measure en el original, en uno de esos raros casos en los que la adaptación al castellano respetó el título en inglés), este cuarto volumen de Los Compañeros de la Dragonlance me parece un libro irregular y extraño: su propuesta inicial resulta inesperada y fresca, pero algunas decisiones narrativas cuestionables acaban lastrando el conjunto. No obstante, creo que ofrece una visión muy interesante de su protagonista, en el que se atisba el potencial oculto bajo la rigidez caballeresca y el respeto casi fanático hacia la tradición. En cierto modo, este libro es una tragedia; una tragedia sobre la oportunidad perdida de elegir un camino distinto y escapar del pasado, del peso de la herencia y de la tiranía de las tradiciones. Independientemente de la calidad del libro, su mayor logro consiste en arrojar nueva luz sobre Sturm y, por tanto, en invitar a establecer nuevas valoraciones y juicios sobre él. Aunque impulsada por la nostalgia, este relectura está siendo mucho más cerebral y analítica de lo que yo mismo esperaba, hasta el punto de que me está permitiendo desarrollar nuevos puntos de vista sobre este personaje, que antaño me pareció el más insulso de entre todos los protagonistas de la Dragonlance.

El libro fue publicado allá por 1992 y lo escribió Michael Williams, un autor responsable de otros títulos de la saga y también de algunas obras de producción más personal aunque menos conocidas. Ambientado en la juventud de Sturm y situado bastantes años antes del comienzo de las Crónicas de la Dragonlance, esta precuela nos narra el extraño episodio del primer viaje del muchacho a su tierra natal de Solamnia tras muchos años de exilio. En una época en la que los campesinos se habían vuelto contra la orden de caballeros, a los que erróneamente consideraban responsables de las calamidades que asolaban el mundo, el castillo Brightblade fue puesto bajo asedio y tanto el niño Sturm como su madre tuvieron que huir del lugar. Su padre, el Caballero de Solamnia Angriff Brightblade, quedó atrás y nunca más se volvió a saber de él, dejando en su retoño el permanente deseo de seguir sus pasos y honrar así su sacrificio. Después de pasar  años criándose en la lejana ciudad de Solace, Sturm al fin regresa a su país y se presenta ante la Orden de Caballeros de Solamnia con la esperanza de ser admitido en el futuro. Inesperadamente, la aparición de un curioso personaje llamado Vertumnus durante una celebración de los caballeros causa un gran alboroto. Vertumnus posee una magia salvaje relacionada con el bosque y la música, conjura ilusiones y parece saber mucho sobre los caballeros y sobre sus secretos. Es más, incluso parece saber la verdad sobre lo sucedido a Angriff Brightblade tiempo atrás. Alterado por la mención a su padre, Sturm se enfrenta al desconocido y le desafía a un duelo. Comprometido entonces por su honor y su adherencia al Código y la Medida, las antiguas reglas que rigen a la Orden, nuestro protagonista tendrá que recorrer Solamnia hasta llegar a los dominio de Vertumnus en el Bosque Sombrío, con el fin de concluir su combate con el mágico ser el primer día de primavera. De esta forma, el joven se equipa con espada y armadura y viaja por las tierras que podrían haber sido su hogar, encontrándose por el camino con los más inesperados compañeros de viaje: una elfa protestona, una miedosa araña gigante y un burlón jardinero que parece mejor capacitado para la aventura que cualquier caballero.

Lo primero que llama la atención de El Cógido y la Medida es la naturaleza de su antagonista, si es que puede considerarse como tal. Vertumnus, también llamado Lord Silvestre o simplemente Hombre Verde, no es el típico villano de la saga. No se trata de un mago malvado ni de una criatura consagrada a los dioses de la oscuridad, sino más bien de un ser de los bosques que no rinde cuentas a nadie y actúa siguiendo sus propias motivaciones. Esto supone un cambio refrescante tras los libros anteriores de Los Compañeros de la Dragonlance, en los que el papel del villano venía siendo interpretado por los habituales hechiceros corruptos. Sin embargo, este personaje se aborda de una manera tan críptica que cuesta entender los motivos que le llevan a inmiscuirse en los asuntos de los caballeros. Si bien es cierto que hacia el final del libro se nos ofrece una información que sirve para conectar a Vertumnus tanto con la Orden de Caballeros de Solamnia como con el padre de Sturm, la explicación se me antoja escasa como para justificar sus acciones. Dicho de otra forma, aunque pueda entender los objetivos que desea conseguir este hombre estrafalario, la manera de llevarlos a cabo me parece algo fuera de lugar, demasiado ambigua y carente de lógica. El hecho de que la corte de personajes que acompaña a Vertumnus (una pareja de dríades, una druida y su hijo) se presente de la misma forma críptica y ambigua no ayuda a entender a este grupo tan particular. Creo que la intención del autor es transmitir que, al tratarse de seres de los bosques, obedecen unas reglas propias muy alejadas de los mecanismos habituales que rigen al resto de personajes, que pese a vivir en un mundo de fantasía se rigen más o menos por los mismos principios que nosotros, los lectores. No obstante, falla al darle coherencia interna a esas reglas particulares del bosque, que parecen azarosas y sin sentido.

El tono del libro también merece ser analizado por el contraste que se establece entre la primera mitad y la segunda. Este volumen tiene mucho de comedia negra durante sus primeros compases, aunque luego deriva hacia un aire de melancolía y tristeza. Desde luego, el serio y taciturno Sturm parecía el personaje menos apropiado para una aproximación cómica y puede que por eso la primera mitad funcione tan bien. El viaje de nuestro protagonista sigue la célebre ley de Murphy, que determina que si algo puede salir mal probablemente saldrá mal. Atrapado por un tecnicismo del Cógido y la Medida solámnicos, Sturm se ve obligado a viajar hasta el Bosque Sombrío y todo le sale mal durante el viaje: se queda encerrado en las ruinas de un castillo, su espada se rompe, su caballo pierde una herradura, intenta rescatar a una elfa a la que cree en peligro y acaba siendo reprendido por ella... todo ello mientras se le agota el tiempo para llegar a su destino antes del primer día de primavera. El aprendiz de caballero termina viajando con Mara, la elfa que en verdad no necesitaba ser rescatada, Cyren, la araña gigante que en realidad no estaba atacando a la elfa, y Jack Derry, un aparentemente simple jardinero que para su sorpresa resulta ser más astuto y mejor espadachín que él. De esta forma, el escritor subvierte las expectativas del lector, que quizá esperaba una heroica aventura caballeresca en la que el protagonista demostrase su valía. Lo que se acaba encontrando es, desde luego, bastante distinto.

La visión que se ofrece aquí sobre los Caballeros de Solamnia no es nada halagüeña, de hecho. En este momento de la cronología la Orden está muy lejos de sus días de gloria, pero el autor se empeña en mostrarnos su peor cara. Aquí vemos a unos caballeros desconectados de la realidad de su país y atrincherados en sus vetustas fortalezas mientras rememoran un pasado que ya sólo les importa a ellos. Para el autor, el Código y la Medida son pesadas anclas que mantienen a la Orden en una posición de estatismo y, lo que es peor, permiten que los caballeros menos honrados se amparen en esos viejos principios para justificar sus fechorías. Resulta impactante que alguien desee ingresar en semejante grupo, sobre todo después de comprobar que la mayoría de los aspirantes son jóvenes procedentes de familias nobles y ricas que no tienen ningún respeto por sus compañeros y que desconocen el significado de la palabra honor más allá de los viejos preceptos que aseguran defender. Pese a que aún queda algún viejo caballero con fuertes creencias (el hombre de Gunthar Uth Wistan le resultará familiar a los lectores de las Crónicas), la Orden en sí parece agostada y caduca. Las acciones de Vertumnus, por cierto, parecen más enfocadas a liberar a los caballeros de su errónea visión que a atacar a la propia Orden. Es fácil empatizar con un objetivo así.


Toda esta aventura de Sturm parece destinada a abrirle los ojos al muchacho respecto a la institución de la que quiere formar parte. Su viaje por Solamnia le lleva a rememorar la historia de su familia e incluso a encontrarse con el fantasma de uno de sus antepasados, que está bastante lejos de la idílica imagen caballeresca que el joven aspirante había dibujado en su mente. Su peripecia también le lleva a conocer las circunstancias en las que desapareció su padre y a destapar la traición urdida por uno de sus compañeros caballeros. El mismo traidor se encarga de conspirar contra Sturm, emplazando varias trampas en su camino y contratando a mercenarios y asesinos para que acaben con él antes de que llegue al Bosque Sombrío. Aún así, nuestro protagonista sigue empeñado en ser Caballero de Solamnia. De ahí que la segunda mitad del libro resulte tan amarga: el muchacho tiene la oportunidad de renunciar a esa vida y buscar otro camino, pero a pesar de todo decide continuar con su empeño de ser caballero. Eso es lo que en última instancia le conduce hasta su trágico final en las Crónicas, aunque ya hablaremos de eso en su momento.

Por todo la anterior, el gran conflicto que se presenta en este libro tiene poco que ver con un duelo de espadas con un hombre mágico de los bosques y mucho con el dilema interior de un personaje que se debate entre honrar el legado de su familia o dejarlo todo atrás y conformarse con ser un simple granjero en una ciudad remota. Lo irónico es que en gran medida Sturm quiere ser caballero para seguir los pasos de su padre, pero lo que se nos cuenta aquí sobre Angriff Brightblade nos hace pensar que se trataba de un caballero que había empezado a distanciarse del Código y la Medida. Era una voz disonante dentro de su Orden y algunos incluso habían empezado a percibirlo como una amenaza, por lo que adherirse con ciega firmeza a los principios de la Orden no parece la mejor manera de honrar su memoria ni mucho menos.

Pero una cosa es el conflicto interno del personaje y otra es la trama. La una es el vehículo para el otro y normalmente ambos están fuertemente relacionados, de tal manera que la conclusión de la trama suele suponer también la resolución del conflicto. No es el caso en esta ocasión, ya que me ha parecido que la trama que se presenta y el conflicto de Sturm estaban un tanto desconectados. Por momentos la presencia del aprendiz de caballero en el argumento incluso parece testimonial, ya que su influencia en los acontecimientos es casi nula y sus acciones no parecen tener un peso real. Finalmente tiene su duelo contra Vertumnus, sí, y se le ofrece la elección de continuar con la Orden o aceptar un nuevo camino, pero luego la trama continúa sin que Sturm tenga ningún papel destacado. De hecho, el argumento sobre el traidor se resuelve en un epílogo narrado por el propio Sturm, a quien a su vez le han relatado los acontecimientos, lo cual me parece una decisión narrativa cuestionable. A los lectores nos gusta que los protagonistas tengan una participación activa en los acontecimientos de la historia, de forma que ésta suponga algún impacto para ellos y les haga evolucionar como personajes. En este caso no tengo claro que los eventos en los que participa, con frecuencia obtusos y cargados de ilusiones y metáforas propias de los seres del bosque, hagan que Sturm crezca como personaje. Al final es como si todo hubiese sido un extraño sueño que se olvida al despertar, sin dejar huella alguna en él

Otra cuestión discutible respecto a la narrativa tiene que ver con los personajes secundarios del peculiar grupo que acompaña a Sturm en su viaje. La elfa y la araña gigante tienen un trasfondo bastante curioso, pero hacia el final se produce en ellos un giro inesperado que no me parece oportuno ni bien aprovechado. Aunque perseguía la sorpresa, creo que el autor acaba restándole buena parte del interés a estos personajes y volviéndolos anodinos con esa decisión. Aunque su participación en la primera parte del libro es muy agradecida y da lugar a varios momentos divertidos, la manera en la que concluye su participación en esta historia me ha parecido insatisfactoria. Otro tanto podría añadirse del jardinero, Jack Derry, cuyas misteriosas habilidades acaban explicándose con otra de esas sorpresas que no consiguen más que hacer que el lector levante una ceja con suspicacia. Tanto en el caso de Jack como en el de los dos anteriores, el escritor complica innecesariamente a unos personajes al querer rizar el rizo de su ya compleja historia. A veces la respuesta más sencilla es también la más efectiva y a este libro, que hacia el final pierde un poco el norte con tanto discurso ambiguo, tanta ilusión y tanta magia del bosque, le habrían venido bien algunas verdades sencillas a las que poder aferrarse.

Finalmente, un último aspecto a criticar tiene que ver con su naturaleza como precuela. Esto es algo que ya he comentado en varias ocasiones, afirmando que no soy ningún extremista de la corrección cronológica, pero creo que hay un límite que debería ser respetado: en ningún libro ambientado en la época previa a las Crónicas deberían aparecer dragones o draconianos. En esta caso aparecen ambas criaturas y eso me parece forzar demasiado la cronología. La aparición del dragón está amparada por la bruma y la confusión, por lo que el protagonista no llega a conocer con claridad el tipo de enemigo con el que se ha encontrado. En cambio, sí llega a encontrarse con un grupo de draconianos, a contemplar sus verdaderas apariencias e incluso a escuchar sus voces, entrando así en contradicción con la sorpresa que genera la revelación original de estos seres en las Crónicas. Es el típico detalle molesto tan habitual en las precuelas y que puede dejarse un lado sin dificultad. Como ya he comentado, el libro tiene otros problemas mucho más severos.

En la vertiente más positiva, El Código y la Medida explora un concepto muy llamativo: el uso de la magia a través de la música. De esta forma, aporta ciertos datos sobre los modos de los antiguos bardos (un tipo de personaje no especialmente frecuente en la Dragonlance) y los efectos místicos de su música. Tantos Vertumnus como Mara se pasan buena parte del libro tocando la flauta y generando efectos mágicos con sus melodías. Esto no deja de ser una curiosidad, pero despertaré el gusanillo de los jugadores de Dragones y Mazmorras.

Sin duda lo más positivo del libro es la visión que aporta de Sturm como un hombre trágico, encadenado desde su niñez a un destino no especialmente agradable. En algunos momentos, sólo durante unos pocos, se atisba cómo sería el muchacho si no estuviese comprometido con su herencia y olvidase su deseo de entrar en la Orden. En dichos momentos parece un personaje muy distinto; uno capaz de ser libre, de disfrutar de la vida y de superar su pasado. Incluso parece un personaje con cierta vis cómica, capaz de burlarse de sus propias desventuras. Pero esos momentos son breves y cuando pasan quedan el mismo Sturm taciturno y retraído de las Crónicas, el que antepone el honor de un padre al que apenas conoció a su propia vida y el legado de una Orden que no tiene ningún interés en él a su propia felicidad  personal. Tan convencido está de la bondad y la valía de sus ideales que no se da cuenta de que le separan del resto del mundo. No los cuestiona ni reflexiona sobre el Código y la Medida a los que hace referencia el título, sino que simplemente los acepta porque es su deber como ha sido el deber de su familia durante generaciones. Por todo esto, Sturm Brightblade es un prisionero de sus propias creencias y vive toda su vida coartado por ellas, desde el momento en que se separa de su padre siendo un crío hasta su enfrentamiento final en la Torre del Sumo Sacerdote con la Señora de los Dragones Azules en el segundo volumen de las Crónicas.

Cuando empecé a leer estos libros hace muchos años el adjetivo que más asociada con Sturm era soso o aburrido, pero después de la reflexión que me ha invitado a hacer esta entrega de Los Compañeros de la Dragonalnce me parece más adecuado considerarlo triste o desdichado. Quizá consagrar tu vida a unos ideales elevados pueda considerarse un acto heroico, pero sobre todo es algo triste: al fin al cabo, el héroe siempre sacrifica su propia felicidad para estar a la altura de sus creencias.

Con esto podemos cerrar el comentario sobre El Código y la Medida, un libro con varias ideas interesantes pero un desarrollo irregular, más próximo al nivel de Qualinost que al de El Incorregible Tas o el de Kitiara Uth Matar, entregas mucho más disfrutables. El siguiente libro de la lista se titula Pedernal y Acero, penúltimo volumen de Los Compañeros de la Dragonlance, y se centra en el apasionado pero tumultuoso romance entre Tanis y Kitiara, una pareja tan atractiva como conflictiva. El título viene a ofrecer una buena metáfora sobre la relación entre ambos, ya que al igual que saltan chispas al golpear el pedernal o el acero de un yesquero, otro tanto ocurre cuando chocan dos temperamentos tan opuestos como el de estos dos personajes.

14 de julio de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 5): "Kitiara Uth Matar"

Desde mi punto de vista, uno de los grandes problemas del género de espada y brujería es su visión romántica e idealizada de la vida en un mundo medieval. Todos los libros de narrativa fantástica derivados de juegos de rol tradicionales vienen a cumplir el mismo objetivo principal que dichos juegos, que es constituir una forma de evasión. Después de todo, ningún jugador de Dragones y Mazmorras quiere preocuparse por las consecuencias e implicaciones reales del estilo de vida del medievo, sino dejarse llevar por la ilusión y vivir una aventura imposible. Sería un absoluto fastidio que su cuidado personaje muriese poco antes de poder combatir contra un malvado dragón por haber contraído una simple infección o por las deficientes condiciones higiénicas de su entorno, circunstancias muy comunes en tiempos medievales. Hablamos de una época en la que la gente podía morir por algo tan banal como una caries, lo cual sin duda rompe el encanto de cualquier fantasía. Es preferible, por tanto, obviar esos aspectos y proyectar una imagen mucho menos ajustada a la realidad pero mucho más atractiva. Yo soy el primero que viene buscando evasión en muchas ocasiones, por lo que no me cuesta dejarme llevar por el engaño sin reparos. No obstante, a veces el endulzamiento que produce la pátina de fantasía e irrealidad me resulta un tanto empalagoso. En esos momentos echo en falta una visión algo más cruda de ese escenario; una en la que los personajes piensen y actúen como lo haría un verdadero habitante de la Edad Media. También ansío que se aborden las dificultades que implica el hecho de sobrevivir al aire libre y enfrentarse a las inclemencias del clima sin apenas avances tecnológicos o que se mencionen las costumbres en ocasiones repugnantes de unas gentes con escasa cultura y muy pocos medios. Por eso encuentro especialmente refrescante el libro que decide mencionar lo incómoda y arriesgada que es la vida del aventurero trotamundos en lugar de idealizarla y por eso disfruto cuando se mencionan los deficientes hábitos higiénicos de los personajes o su pensamiento retrógrado e ignorante. Por mucho que se trate de volúmenes poblados por elfos, enanos, kenders y otras criaturas imaginarias, esos toques de verosimilitud siempre les otorgan un sabor distintivo. Kitiara Uth Matar, el tercer volumen de la hexalogía titulada Los Compañeros de la Dragonlance, es uno de esos libros.

Escrita por Tina Daniell, una autora con varias entregas de la saga en su haber, esta tercera parte tiene poco que ver con las anteriores. Recordemos que Los Compañeros de la Dragonlance es la adaptación al castellano del más apropiado título inglés Dragonlance Meetings, ya que esta serie pretende narrar los primeros encuentros entre los compañeros que posteriormente protagonizarán las Crónicas de la Dragonlance. Qualinost  narró el inicio de la amistad entre Flint y Tanis, mientras que El Incorregible Tas introdujo a Tasslehoff, por lo que las expectativas iniciales me hacían pensar que este nuevo volumen reuniría al trío ya conocido con la guerrera y mercenaria Kitiara Uth Matar. Nada más lejos de la realidad, ya que Flint, Tanis y Tas están ausentes de la narración. Si hay un primer encuentro en este libro es el de Kitiara con sus dos hermanastros, Raistlin y Caramon, pero más allá de eso no hay ninguna conexión aparente con las entregas anteriores de la serie. Incluso diría que bien se podría leer de forma individual y aislada, ya que apenas requiere conocimiento previo sobre la Dragonlance. Se trata de un libro que funciona por sí mismo sin necesidad de ampararse en acontecimientos anteriores o posteriores, aunque se trata de una precuela y, como tal, adolece de los típicos problemas de todas las precuelas. Pero antes de abordar dichos problemas hay que reconocerle su merecido mérito por narrar una historia de fantasía cruda y mordaz, alejada del romanticismo con el que se aborda el género con tanta frecuencia y con cierta carga de discurso social. No en vano ésta es una historia protagonizada por una mujer inmersa en un mundo de hombres, por lo que sus aventuras no son para nada sencillas.

Como muchas campañas de Dragones y Mazmorras, el inicio de este libro trata sobre abandonar la seguridad del hogar y lanzarse al mundo exterior en busca de emociones, riquezas y gloria. Nuestra protagonista es la joven Kitiara Uth Matar, hija de Gregor Uth Matar, un caballero que por alguna razón misteriosa ha abandonado su noble orden y vende sus servicios como mercenario. Tal es la admiración que Kit siente hacia su padre que desde niña está convencida de querer seguir sus pasos y convertirse en una guerrera que luche a su lado, certeza que sigue intacta después de que Gregor la abandone siendo niña. Sin embargo, el destino no deja de ponerle trabas para seguir los pasos de su progenitor. Tiempo después de la marcha del cabeza de familia, su enfermiza madre, Rosamun, se empareja con otro hombre y da a luz a los gemelos Rastlin y Caramon, pero es incapaz de atenderlos. Kit recibe entonces la responsabilidad de cuidar a los recién nacidos, en especial al débil Raistlin, que estuvo a punto de morir en el parto y que ha heredado la delicada constitución de su madre. Separada de Gregor, distanciada emocionalmente de su madre y atrapada en una vida que no desea, nuestra protagonista va acumulando frustraciones hasta que se le presenta la ocasión perfecta para dejarlo todo atrás y salir al mundo exterior. Atraída por un encuentro demasiado oportuno como para ser casual, Kit decide enrolarse en un grupo de mercenarios, pero lo que en otro libro sería el inicio de una serie de alegres aventuras descubriendo tierras lejanas, robando tesoros perdidos o luchando contra seres malvados, aquí pronto se tuerce y muestra una vertiente mucho más descarnada. Los mercenarios se aprovechan de su inexperiencia, la utilizan y poco después la abandonan a su suerte. Tras esto, la verdadera aventura consiste en sobrevivir y seguir adelante en un mundo claramente hostil, donde los idealistas son pisoteados y sólo los más despiadados consiguen medrar.

Por mucho que estemos hablando de un libro escrito en la década de los 90, durante una época en la que las inquietudes sociales de hoy en día no tenían apenas espacio para el debate, percibo cierta rebeldía en esta historia. Otros personajes de la Dragonlance lo tienen relativamente fácil para ser aceptados como aventureros nada más abandonar su hogar, sobre todo los masculinos. En cambio, Kit tiene que esforzase continuamente para ganarse el respeto de los que hay a su alrededor. Es más, incluso tiene que enfrentarse a la presión que ejercen ciertos personajes de su entorno, que prefieren verla dentro de una cocina que enarbolando una espada en mitad de la espesura. No es que el libro tenga un claro tono reivindicativo, pero sí se intuye cierta consciencia por parte de la autora de que las mujeres no lo tienen fácil en este mundo de fantasía eminentemente masculino. Además de constituir un punto con el que resulta fácil empatizar, esto también le aporta a la historia de Kit ese toque de verosimilitud que tanto me gusta. Este mundo medieval es hostil, sí, pero lo es aún más con las mujeres. Por eso nuestra protagonista tiene que dejar atrás todo idealismo y adoptar una moralidad más bien laxa, pragmática y propia de un superviviente. Durante su primer viaje por el mundo, Kit abandona la fantasía de reunirse felizmente con su padre desaparecido y se endurece, se vuelve astuta y muestra lo despiadada que puede llegar a ser. Así se forja su fuerte individualismo y nace su leyenda; una leyenda capaz de eclipsar las hazañas de su padre.

Pero como ya apunté antes, esto es una precuela y la Kitiara que encontramos aquí está aún lejos de ser la guerrera legendaria que aparece en volúmenes posteriores de la saga. Creo que el libro hace un buen trabajo encaminando al personaje hacia su destino, pero su propia naturaleza como precuela juega en contra de su propuesta. Me explico: hay dos aspectos negativos de los que rara vez suelen escaparse las precuelas y el primero de ellos tiene que vez con la irrelevancia de sus propuestas y la carencia de sorpresas. Cualquier precuela debe cuidarse de no introducir elementos persistentes que no estaban presentes durante la historia en la que se basa, por lo que sus herramientas narrativas están coartadas de antemano. Los personajes nuevos introducidos en una precuela están destinados a morir, a marcharse o a desaparecer, ya que no estaban presentes en la historia original. Así, su presencia parece condenada a resultar irrelevante desde el principio. Queda en manos del escritor el saber emplear a esos personajes aparentemente intrascendentes para impulsar el arco del protagonista, de forma que los eventos del libro supongan un avance en su desarrollo y no la mera sucesión de eventos vacíos para rellenar su cronología. En este caso, me parece que a Tina Daniell le cuesta bastante dar forma al arco de Kit, mostrando muchos de esos encuentros vacíos que no parecen llevar a ninguna parte. El libro introduce un buen puñado de personajes nuevos de los que se intuye que tendrán escasa relevancia y su impacto sobre nuestra protagonista es irregular. No todos contribuyen a forjar su personalidad o a mostrarle una faceta del mundo en el que vive, por lo que algunos episodios caen dentro de esa categoría de simple relleno para la cronología y no tienen gran importancia.

Es posible que esto último se deba a que el libro no tiene un arco argumental claro durante buena parte. De hecho, el primer tercio no es más que un prólogo ampliado y desde ahí el argumento parece ir perdiendo el norte poco a poco hasta que la autora, en un momento inesperado y muy inteligente, reconduce la narración y desvela cuál era la verdadera trama de la historia. De esta forma, el libro se cierra con un clímax tanto argumental como emocional que me parece de lo más apropiado y que sirvió para cambiar mi opinión final sobre el conjunto una vez acabada la lectura. Después de todos los prolegómenos, resulta que en su conclusión esta historia sí que sirve para forjar el carácter de Kit y para enseñarle un par de lecciones valiosas. La primera es que uno no puede escaparse de las consecuencias de sus propias acciones y la segunda y más importante es que para sobrevivir no hay que confiar en nadie más que en uno mismo. El futuro del personaje le lleva por senderos oscuros y el título original del volumen (Dark Heart) resulta mucho más apropiado para insinuarlo que el castellano. Quizá hubiese preferido que la autora se ahorrase los desvíos previos para llegar a este punto, pero reconozco que es precisamente la distracción que generan dichos desvíos lo que acaba haciendo que el giro final impacte con tanta fuerza.


El otro aspecto negativo en el que suelen recaer las precuelas es el de las inconsistencias y contradicciones. Cuando una cronología es tan extensa y ha sido desarrollada por tantos autores distintos como la de la Dragonlance, es casi inevitable encontrarse tarde o temprano con algunos detalles que no encajan del todo bien. En este caso, se trata de los años de infancia de los gemelos, Raistlin y Caramon. Los eventos más destacados de esos años, en especial la entrada de Raistlin en la escuela de magia, han sido abordados por otros libros (por ejemplo Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia, ambos ya comentados en este blog) y la historia narrada aquí difiere en varios aspectos. En Kitiara Uth Matar, Raistlin acude a la escuela de un mago llamado Morath mientras que en Raistlin, el aprendiz de mago, el chiquillo ingresa en la escuela de Maese Theoban. Hay sustanciales diferencias no sólo entre ambos maestros sino también entre ambas versiones de la escuela, para gran fastidio de los obsesos de la cronología. Sucede lo mismo con el episodio de la agonía y muerte de Rosamun, que es algo diferente al que se narra en el otro volumen. No obstante, cabe destacar que Kitiara Uth Matar se escribió antes que Raistlin, el aprendiz de mago, por lo que la responsabilidad de las incongruencias debe recaer sobre el segundo. Pero claro, resulta que Raistlin, el aprendiz de mago, por su mayor popularidad y trascendencia, se acabó erigiendo en la versión canónica y tiene mucho más peso que el presente título. Sea como sea, la lectura de cualquier precuela debería implicar cierta flexibilidad hacia la continuidad cronológica. Para esta precuela en concreto quizá haga falta un extra de flexibilidad, aunque desde luego esos detalles menores no impidan disfrutar de su propuesta.

También cabe mencionar que usar a Raistlin como secundario en la historia de otro personaje es un riesgo, ya que el joven y carismático mago tiende a acaparar la atención tanto de escritores como de lectores. Da la impresión de que la autora se olvida por momentos de que Kit es la protagonista, hasta el punto de dedicarle un par de capítulos casi por entero a su hermanastro. Pero esto sólo sucede durante los compases iniciales, claro está, ya que cuando arranca el viaje de Kit se renueva por completo el elenco de secundarios. Los más destacados son sin duda los miembros del grupo de mercenarios al que se une la muchacha, una buena selección de personajes de dudosa confianza y pasado oscuro: El-Navar, el exótico karnuthiano que oculta una naturaleza dual; Ursa, una especie de figura paternal distorsionada para Kit que sabe más sobre Gregor Uth Matar de lo que aparenta; Radisson, un ladronzuelo con aspecto de comadreja; Pesquis (Tristón para los amigos), un lacónico aficionado a la magia; y, finalmente, Colo, una rastreadora de aspecto salvaje y costumbres extrañas. Lo curioso es que, pese a ser personajes moralmente reprobables, el libro hace un buen trabajo construyendo un sentimiento de camaradería entre ellos. Camaradería, que no afecto; pues no es lo mismo una cosa que la otra. Aún sabiendo que en última instancia serán personajes poco trascendentes para el futuro, resultan bastante llamativos. Es posible que la tensa relación entre Ursa y Kit, que nunca llega a definirse de forma clara, sea la más interesante del libro.

Algo tiene que hacer bien la autora para que sea tan fácil conectar con sus personajes, incluso con los más irrelevantes. Hay momentos en apariencia insustanciales que logran con facilidad que el lector sea partícipe de sus desventuras. Tal es el caso del capítulo en el que Kit se oculta en un pueblucho de mala muerte y acaba haciendo buenas migas con Mita, un muchacho huérfano, y Paulus, un enano solitario. La escasa trascendencia de los personajes secundarios no impide establecer un vínculo emocional con ellos, por lo que cuando golpea la tragedia su impacto es devastador. Ya sea la de un curtido mercenario, la de un personajillo humilde o la de una pobre yegua, la muerte golpea con inesperada dureza en este libro. No es de extrañar, por tanto, que Kitiara acabe volviéndose tan despiadada, ya que el mundo entero parece conspirar en contra de sus deseos. Justo cuando parece encontrar su lugar entre los mercenarios, llega la traición. Justo cuando parece encontrar el amor con Patric, el hijo errante de una familia noble, todo sale mal. Justo cuando por fin encuentra una pista sobre el destino de su padre... bueno, no es para nada lo que esperaba.

Aunque apenas aparece durante un par de páginas al principio, Gregor Uth Matar es uno de los personajes más presentes a lo largo de la narración. Podríamos decir que la búsqueda de Gregor es el hilo conductor de la historia, aunque no siempre lo sea de una forma evidente. También es el catalizador del efectivo giro final, bastante inesperado por las circunstancias en las que se produce. Aún así, el misterio en torno a Gregor queda lo suficientemente abierto como para que Kit nunca pueda encontrar la respuesta que ha pasado toda su vida buscando, cosa que tengo que aplaudir. Digamos que nuestra protagonista sale al mundo exterior siendo una niña que busca a su padre, a quien tiene en un pedestal. Por el camino descubre que quizá Gregor no era tan honrado como parecía ni suscitaba la misma lealtad en los demás como en ella, lo cual lleva a la muchacha a replantearse las pocas certezas que habían condicionado su vida hasta el momento. En cierto sentido, durante la búsqueda de su padre, Kitiara escapa de su sombra y se encuentra a sí misma. Había esperado luchar al amparo de su padre, pero nunca se había planteado la posibilidad de superar los logros de su progenitor y hacerse un nombre propio. Así, el epílogo de la historia sirve para que nuestra protagonista haga las paces con su pasado y se desvincule de su legado, abriéndose a un futuro en el que podrá demostrar su valía por sí misma. Ya no es la hija de Gregor, sino un ser independiente, temerario, despiadado y, en resumidas cuentas, libre.

Finalizada esta disfrutable entrega, el siguiente volumen de Los Compañeros de la Dragonlance cede el papel central a un personaje que nunca me llamó demasiado la atención y que quizá sea el más soso entre todos los aventureros que protagonizan las Crónicas. El próximo libro a comentar se titula El Código y la Medida y está centrado en Sturm Brightblade.

8 de julio de 2017

[Animación] Castlevania según Netflix: un comentario sobre la primera temporada


El siguiente texto contiene SPOILERS sobre la trama de la primera temporada de la adaptación de Castlevania.

Empezaré por sincerarme y reconocer que mi conocimiento de la franquicia Castlevania es muy superficial y viene de haber jugado un rato a un par de juegos (Symphony of the Night y Lords of Shadow, para más señas) sin haber llegado a completarlos. He estado documentándome en la red, pero tanto la cronología de la saga como el árbol genealógico de sus protagonistas me parecen sendos galimatías. Aunque no me falta interés, carezco de la paciencia y del tiempo necesarios para sumergirme en los numerosos juegos y asimilar en detalle su historia, su contexto y sus señas de identidad. Lo que me ha atraído a la serie de animación recién estrenada por Netflix no ha sido, por tanto, la veterana franquicia de Konami, sino el nombre de uno de los implicados en el proyecto: Warren Ellis, un escritor a quien respeto y que ha producido algunos cómics que considero esenciales para entender el panorama de las últimas décadas. Baste con mencionar títulos como The Authority, Planetary o Transmetropolitan para recalcar la importancia de este autor. Si bien es cierto que la serie ya tenía ganado cierto interés por mi parte al tratarse de una producción de animación, siendo como soy un gran aficionado a la animación tradicional, la presencia de Warren Ellis fue lo que terminó de decantar la balanza.

Pues bien, tras haber visto los cuatro capítulos que constituyen la primera temporada, no puedo estar más decepcionado respecto a la participación de Ellis en esta adaptación de Castlevania. El guión me ha parecido convencional y perezoso, además de carente de personalidad. Me ha resultado difícil adivinar las rasgos estilísticos que asocio al trabajo de este guionista más allá de las típicas frases malhabladas de su protagonista y de algún chiste subido de tono sobre fornicar con cabras. Por otro lado, el desarrollo de la historia es sumamente previsible, sin ningún giro sorprendente ni ninguna vuelta de tuerca que consiga subvertir las expectativas del espectador. Siendo Ellis un guionista al que le gusta retorcer los tópicos y añadir distintas capas de lectura a sus historias, esto es un tanto decepcionante. Imaginaba que se las habría ingeniado para introducir subrepticiamente una lectura social o política en un argumento en apariencia tan trivial como el de un cazavampiros enfrentado al vampiro por antonomasia. No ha sido el caso, desde luego.

Por si lo anterior fuera poco, esta versión de Castlevania contiene algunos recursos narrativos que me parecen mal empleados, en especial las elipsis del primer episodio. Una elipsis es un salto temporal que suprime de forma deliberada algunos acontecimientos de la narración con el objetivo de dejar al espectador intrigado y tratando de rellenar por sí mismo ese hueco. Bien empleado, este recurso asegura la sorpresa y potencia la implicación del receptor de la historia que se está narrando, pero para ser verdaderamente efectivo requiere haber establecido antes un contexto y haber proporcionado suficiente información previa al espectador para que el salto temporal no le resulte confuso. Es decir, que los personajes y su entorno deben haber sido introducidos de manera adecuada antes de saltar hacia adelante. Dicho de forma más sencilla: si apenas conocemos a un personaje, ¿por qué debería importarnos lo que le suceda en el futuro? Sólo un narrador torpe utilizaría una elipsis nada más iniciarse una historia, cuando aún no se ha presentado al espectador el marco en el que transcurren los sucesos narrados ni los personajes que son objeto de los mismos. Esto es justo lo que hace el primer episodio de Castlevania con el personaje de Lisa. Cuando apenas se ha presentado en la misma escena con la que arranca el capítulo (Lisa llegando al castillo de Drácula), el guión da un salto adelante en el tiempo y muestra su muerte en la hoguera. Puesto que aún no se ha visto qué es lo que hace que este personaje sea especial ni cuál es la influencia que ha tenido sobre Drácula, resulta muy difícil empatizar con ella y con la reacción del vampiro ante la muerte de su amada. Esto es una elipsis mal empleada que además fracasa en su intento de impactar al espectador: ¿por qué debería preocuparme ver que Lisa arde en la hoguera si apenas sé nada sobre ella?


El primer capítulo no había hecho más que empezar y ya me había encontrado con un problema narrativo impropio de Ellis. Fue la primera señal de alarma, pero no la última. La propia estructura de los capítulos me fue resultando cada vez más desastrosa a medida que avanzaba la temporada. Estos cuatro episodios carecen del ritmo que se espera de una serie de televisión, lo cual es evidente en sus poco inspirados finales. Esperaba al menos unos cliffhangers que supiesen atrapar al espectador, cosa que no he encontrado. El guión no parece haber sido escrito para ser dividido en cuatro capítulos consecutivos, sino que me ha parecido más propio de un largometraje que ha sido cercenado en cuatro segmentos de similar duración. Hay quién dirá que no importa si es una película o una serie, ya que se trata de una producción de Netflix y lo que se lleva hoy en día es verse todos los capítulos del tirón, pero en realidad hay una gran diferencia en cuanto a la narración que se espera de una película y la que se espera de una serie. Una buena serie debe ser consciente de su formato y hacer que los episodios que la conforman funcionen no sólo en su conjunto, sino también de forma individual. No es el caso de Castlevania, que funcionaría mejor como película individual que como serie.

Todo lo anterior me hace plantearme hasta qué punto ha llegado la implicación de Ellis en este proyecto animado. Sé que la adaptación de Castlevania llevaba bastante tiempo rumoreándose, por lo que es bastante posible que la producción pasase por diversas fases antes de alcanzar su forma final. Es probable incluso que parte del guión (o quizá hasta parte de la animación) estuviese ya realizado antes de que Ellis entrase a colaborar con el estudio. Si es así, el guionista tuvo que adaptarse a las circunstancias y trabajar con el pobre material con el que contaba. He leído que originalmente fue contratado para escribir el guión de una película, lo cual me encaja. El guión de estos cuatro episodios sería pues una simple revisión del guión para el largometraje con algún que otro arreglo. Quién sabe, puede que Ellis simplemente lo considerase un trabajo alimenticio y no le dedicase mucho tiempo ni esfuerzo. En cualquier caso, el resultado queda muy lejos de cualquiera de sus trabajos anteriores.

Nótese que no hablo de la calidad de la serie como adaptación de los videojuegos de Konami, ya que no me siento capacitado para ello. Sólo me he referido a su calidad narrativa, que es más bien escasa. Nos encontramos ante la típica historia de un héroe que se ha apartado de su camino y se presenta en un primer momento como alguien rudo y maleducado. El azar le lleva poco después a encontrarse con una mujer que le hace replantearse su postura moral y retomar su papel heroico. No es nada que no hayamos visto cientos de veces con anterioridad y ni siquiera destaca por ser una historia bien narrada. No sé hasta qué punto los personajes son fieles al material de partida, pero hasta dónde yo conozco la franquicia todos sus personajes son estereotipos bastante clásicos. Opino que hubiese resultado mucho más atractivo enfocar la historia de otra manera, por ejemplo narrándola desde el punto de vista del antagonista (Lords of Shadow hacía algo similar, de hecho). Desde mi punto de vista, esta serie habría ganado algunos puntos si en lugar de estar centrada en el cazavampiros Trevor Belmont hubiese estado narrada desde la perspectiva de Drácula. Como mínimo habría servido para que todo resultase un poco menos trillado.

Dejando la narrativa a un lado, hay que reconocer que la animación es modesta aunque cumplidora. Está claro que el estudio no ha contado con un amplio presupuesto y en algunas escenas esto es más que evidente. Puede percibirse el interés por reflejar la estética de los juegos y, de hecho, el diseño de los personajes parece bastante fiel al de sus contrapartidas pixeladas, lo cual es de agradecer. También hay algunas escenas que les han quedado bastante resultonas, en especial el combate final entre Trevor y Alucard (del que hablaré con más detenimiento en unos instantes). No obstante, el resultado final se queda dentro de la media. Series como Legend of Korra o la nueva Voltron (también disponible en Netflix) superan con creces lo visto en Castlevania, aunque una comparación directa sería injusta si tenemos en cuenta los presupuestos y el tamaño de los estudios responsables.


Lo que sí me ha disgustado de la animación es el uso del gore, que en lugar de emplearse para reforzar la contundencia de la ambientación parece usarse más bien para generar un impacto gratuito en el espectador. Quizá hubiese cumplido con su objetivo si no hubiese sido un gore tan... contenido, creo que es la palabra que mejor lo define. La serie cuenta con muchas imágenes de violencia explícita, sí, pero nunca "demasiado" explícita. Este es un gore tímido y temeroso de resultar escandalosamente excesivo, que guarda un decoro que no es necesario en una producción adulta. Esta es una historia sobre un cazavampiros que lucha contra demonios con su látigo, se supone que el propio Infierno se ha desatado sobre la tierra liberando sus peores horrores y no olvidemos que hablamos de una serie de animación, con todo el margen que eso proporciona a la hora de mostrar violencia. No entiendo que los animadores se hayan quedado a medio camino cuando podrían haber dado rienda suelta a la sangre, a los seres grotescos y a los desmembramientos más imaginativos. A saber si Konami o Netflix han tenido algo que ver en esto. 

En resumen, hasta ahora he comentado que el argumento es predecible, la narrativa es algo torpe, el toque de Warren Ellis es casi inexistente, la animación es del montón y el gore no es tan exagerado como podría ser. He sido bastante severo en mi valoración, pero lo cierto es que estos cuatro capítulos me han resultado bastante entretenidos. No sé cómo habrán sido recibidos por los aficionados a la franquicia, pero para alguien como yo, cuyo conocimiento sobre la saga de los Belmont es escaso, la serie supone una introducción interesante. Está lejos de ser una gran serie, desde luego; no sólo porque sus valores de producción son reducidos, sino porque le faltan imaginación, descaro y ganas de innovar. Esta versión transita por senderos bien conocidos por todos y sorprende más bien poco. En mi caso, aún con mi escaso conocimiento sobre los juegos, pude deducir que la chica perdida que Trevor busca en determinado momento iba a ser una hechicera de la familia Belnades y que el personaje misterioso que dormía bajo la ciudad iba a ser Alucard, el hijo de Drácula y Lisa. En ese sentido, la carencia de sorpresa me parece un punto negativo, aunque también puede verse como algo positivo: la serie ofrece nada más y nada menos que lo que se espera de un Castlevania. Es una adaptación fiel y competente, aunque no brillante, lo cual no es poca cosa en esta época de adaptaciones mediocres y poco respetuosas con su fuente original.

Personalmente, lo que consiguió ganarme después de todo fue el combate final del cuarto episodio. He tenido la impresión de que el personaje de Alucard es sin duda lo mejor de la serie pese al poco tiempo que tiene en pantalla. Puede que esto se deba a que es un tipo de personaje mucho más afín a mis gustos que Trevor o puede que me enamorase de la forma que han tenido los animadores de caracterizarlo, proporcionándole un estilo de esgrima caballeresco (Alucard lucha con un brazo a la espalda, como los esgrimistas), pero me ha parecido que tiene mucho más gancho que los otros dos protagonistas. Trevor Belmont, pese a sus ácidos diálogos (muy bien apoyados por el doblaje, por cierto), me parece muy plano. Sypha Belmades me gusta un poco más y creo que los animadores han encontrado una forma muy vistosa de plasmar su uso de la magia, aunque temo que su independencia inicial se acabe diluyendo y acabe destinada al rol de damisela en apuros en el futuro. En cualquier caso, Alucard roba la escena desde el momento en que aparece y relega a ambos a un segundo plano.


Para ir concluyendo este comentario, considero necesario indicar que el contenido que Castlevania empieza ofreciendo es algo pobre. Es un poco triste, pero habría que considerar que esta primera temporada no es más que un prólogo o incluso un episodio piloto. La historia introduce la amenaza de Drácula en el primer capítulo, pero los tres siguientes la dejan de fondo mientras se dedican a reunir a los tres aventureros que acudirán al castillo del señor de los vampiros a fin de derrotarle en la siguiente temporada. Así pues, el capítulo cuatro acaba de forma brusca con un final tan abierto que me ha resultado algo insatisfactorio pese a la introducción de Alucard. En definitiva, más que considerarla una temporada inicial habría que pensar en ella como en un entrante o un aperitivo; un aperitivo bastante escaso y algo insípido, sí, pero con posibilidad de mejorar su sabor en el futuro. Soy optimista respecto a la segunda temporada, que ya ha sido confirmada y doblará el número de capítulos. Si se trabaja un poco más el guión mientras la animación se mantiene competente se puede obtener un muy buen resultado. Hay un amplio margen para mejorar, sin duda, en especial en lo referente a la narrativa.

Mientras tanto, nos quedamos con una primera temporada que no aprovecha del todo su potencial y tiene algunos fallos, pero que también tiene algún momento memorable (el combate entre Trevor y Alucard, una vez más) y, en el fondo, se deja ver. Ojalá tenga éxito y, además de propiciar una continuación mucho más redonda, permita que otras producciones de animación similares obtengan la luz verde. Hoy en día la animación occidental está más enfocada al público infantil que a las audiencias adultas y las pocas propuestas adultas tienden mas hacia la comedia (Rick and Morty BoJack Horseman, entre otras) que hacia la fantasía, por no mencionar que las técnicas tradicionales están de capa caída ante la prominencia de la animación digital. Por todo ello, encontrarse con una serie de animación tradicional como Castlevania, por floja que sea, es un pequeño regalo. Esperemos que otras sigan su ejemplo y encuentren su sitio, ya sea amparadas por Netflix o por otras plataformas.