19 de mayo de 2017

[Literatura] Revisitando la Dragonlance (Parte 1): "Raistlin, el aprendiz de mago" y "Raistlin, crisol de la magia"


Pese a que fui un lector voraz de la saga durante mis tiempos de instituto, hace unos quince o veinte años que no sacaba un libro de la Dragonlance de la estantería con intención de leerlo. De vez en cuando me volvía a picar el gusanillo y el tema solía aparecer con cierta frecuencia en mis conversaciones, pero eso es todo. Mi época como jugador de Dragones y Mazmorras y lector de espada y brujería ya terminó y a mí no me importó dejarla atrás. La curiosidad por comprobar cómo habían envejecido aquellos libros que tantas alegrías me dieron en el pasado no era rival para la pereza que me despertaba volver a aquel mundo de dragones, elfos, enanos y kenders. Después de todo, la Dragonlance no es El Señor de los Anillos, una obra que nunca me ha importado revisitar porque su calidad literaria me hace olvidar lo mucho que me he distanciado del género al que pertenece con el paso de los años. No obstante, todo es cíclico; todo se repite y todo vuelve de alguna forma a su punto de partida transcurrido el tiempo suficiente. Así pues, he vuelto a sentir la llamada de la aventura épica y me he animado a revisitar los libros más importantes de la Dragonlance... o más bien aquellos que a mí me parecen más importantes, dada la descomunal envergadura de la saga.

De cara al desconocedor de estos libros tan notorios en su momento conviene dar algunas pinceladas sobre la Dragonlance antes de empezar con este texto. Nacida como un escenario de campaña para el juego de rol Dragones y Mazmorras a principios de la década de los 80, la Dragonlance alcanzó gran popularidad gracias a las novelas ambientadas en el mundo que recreaban. La primera de ellas se publicó originalmente en 1984 y dio lugar a una trilogía que conocemos como Crónicas de la Dragonlance, en la que un dispar grupo de aventureros se veía inmerso en el regreso de los antiguos dioses al mundo que habían abandonado tras lanzar un Cataclismo sobre él. Junto a ellos regresaban también sus criaturas, los legendarios dragones. Una segunda trilogía titulada Leyendas de la Dragonlance vino a cimentar la mitología presentada en los libros anteriores, de tal forma que esas dos trilogías se convirtieron en el elemento nuclear de la saga. No tardarían en aparecer las inevitables precuelas y secuelas, creando una extensa cronología que llegó a abarcar casi doscientos libros (aunque no todos fueron traducidos al castellano). No todos eran igual de buenos, desde luego. Hay quien diría que ni siquiera las Crónicas y las Leyendas eran tan buenas como se pensaba entonces. Por mi parte, le perdí la pista a la saga cuando llegaron los años 90, tras haber devorado una buena cantidad de entregas. Sé con seguridad que se seguían publicando nuevos libros entrada ya la década de los 2000, pero nunca me animé a hacerme con ellos. Ahora que me he embarcado en la relectura, he tenido que hacer cierto ejercicio mental para localizar un buen punto de inicio. Con semejante cantidad de libros con el emblema de la Dragonlance en la portada, la primera pregunta que debe abordar todo lector parece evidente: ¿por dónde empezar?

Hay varias respuestas posibles a esa cuestión. Se puede seguir el orden de publicación, partiendo de las dos trilogías originales y expandiéndose hacia delante y atrás en el tiempo a medida que lo hizo la propia franquicia. No es una mala idea, ya que asegura la lectura de las partes fundamentales antes de ceder al desgaste que supone el incesante goteo de libros derivados que no siempre albergan la misma calidad que las obras en las que se basan y que a veces hasta resultan incongruentes con ellas. También se puede seguir un orden cronológico, ordenando la lectura en base a qué acontecimientos ficticios preceden a otros. Esta opción no es fácil, pues la exhaustiva cronología de la Dragonlance están tan comprimida que casi cada hueco ha sido aprovechado para lanzar una serie de varias entregas o al menos un libro de relatos breves. Seguir el orden cronológico implicaría leer una buena cantidad de volúmenes antes siquiera de conocer a algunos de los personajes centrales de la saga, lo cual dibujaría una imagen errónea de la saga. Una opción más ligera y asequible consiste en centrarse en seguir la cronología de un personaje concreto, lo cual reduce considerablemente el número de precuelas antes de pasar a la parte nuclear de la Dragonlance, en la que todos comparten protagonismo en mayor o menor medida. Obviamente, existe una última opción, aunque quizá se perciba como una locura en estos tiempos de completismo obsesivo y consumo maratoniano: coger cualquier libro que forme parte de la saga y empezar por ahí sin saber a dónde te llevará el camino que empiezas. Después de todo, el primer libro que yo leí muchos años atrás fue la segunda entrega de las Leyendas, completamente ignorante del mundo en el que me estaba metiendo y de que me pasaría gran parte de la década siguiente devorando libros de la misma saga uno tras otro.

No es mi intención elaborar una guía de lectura, pues no soy un experto en la cronología de la Dragonlance ni pretendo serlo. Puede que haya pasado años sin acercarme a la franquicia pero sigo recordando bastante bien sus líneas maestras y tengo cierta idea. No obstante, hay muchos libros que no he leído y, a partir de cierto punto, la franquicia me es completamente desconocida. Por tanto, para revisitarla me estoy guiando en gran parte por la intuición y la apetencia (esto es, por los libros que más me apetece volver a leer). No pretendo releer todos los libros que tengo ni ser exhaustivo sino reencontrarme con mis viejos favoritos, de ahí que el primero de los libros que haya decidido releer sea también el que más me gustaba en su momento.


Cualquier conocedor de la Dragonlance te dirá que el mago Raistlin Majere es el personaje más popular de la franquicia. No en vano, además de ser el gran robaescenas de las Crónicas, es el gran protagonista de las Leyendas y el principal motor de todo lo que vino después. Siendo uno de los personajes más complejos y conflictivos lo tenía fácil para llamar la atención de los lectores, que bebían los vientos por él y esperaban con nerviosismo el lanzamiento de un nuevo libro en el que apareciese. Especialmente interesantes eran aquellos libros que narraban su pasado, pues ayudaban a entender las tumultuosas motivaciones del mago. Entre ellos el principal fue sin duda The Soulforge, de Margaret Weis (co-autora de las Crónicas y las Leyendas junto a Tracy Hickman y, por tanto, una de las principales arquitectas de este mundo de ficción), que por su abultado número de páginas fue dividido en dos partes para su primera edición en castellano (característica compartida por muchas de las ediciones posteriores): Raistlin, el aprendiz de mago y Raistlin, crisol de la magia. El primero de ellos era un librito de poco más de cien páginas, de esos que se podían leer en dos tardes y siempre te dejaban con ganas de más. También era una narración intensa y perturbadora sobre un angustioso drama familiar. El segundo, además de contar con la participación de los jóvenes Compañeros de la Dragonlance antes de que los acontecimientos los convirtieran en héroes, desarrolla una historia de ambición y venganza poblada por momentos entrañables, infinidad de referencias a las historias que vendrían a continuación y unas cuantas ocurrencias cómicas muy agradecidas. En su último segmento, además, se encarga de dilucidar uno de los grandes misterios de la saga, ofreciendo lo más cercano a una versión oficial que pueden ofrecer estos libros sobre uno de sus grandes hitos: la Prueba que pasó Raistlin en la Torre de la Alta Hechicería para convertirse en mago. 

La narración de Raistlin, el aprendiz de mago nos lleva a la pequeña ciudad de Solace, de donde proceden los aventureros que jugarán un papel fundamental durante el regreso de los dragones que se producirá años después. En el momento en que empieza esta historia algunos son poco más que unos niños, por lo que podemos esperar pocas aventuras épicas. La presencia de estos personajes se deja entrever desde el primer momento, pero no llega a tener gran peso argumental hasta el segundo volumen, Raistlin, crisol de la magia. Se trata más bien de ocasionales guiños destinados a los conocedores de los acontecimientos posteriores, pues en un primer momento la historia se centra casi en exclusiva en el personaje de Raistlin y, en menor medida, en su familia: su hermano gemelo, Caramon, y su hermanastra mayor, Kitiara. Raistlin es un chaval de seis años débil y enfermizo, pero también extremadamente sagaz e inteligente. Su facilidad para la prestidigitación y los juegos de manos es su único talento, ya que carece de la fuerza y corpulencia de su gemelo. Caramon es sustancialmente menos agudo en materias intelectuales, pero su constitución le convierte en el protector de su delicado hermano. Esta es una situación que Raistlin disfruta tanto como aborrece, pues ya incluso en su infancia se siente atrapado por la relación con su gemelo: Caramon es cuerpo sin inteligencia mientras que él es inteligencia sin cuerpo, como si ambos fuesen un único ser divido en dos por una cruel broma de los dioses o del destino. En cuanto a Kitiara, se trata de una muchacha arrojada y dotada de cierto descaro. Aunque comparte madre con los gemelos, no se siente igual de vinculada a su familia. Más bien se trata de un alma libre que disfruta de su independencia y fantasea con abandonar el lugar para ganarse la vida como mercenaria, quizá para seguir los pasos de su padre, un caballero expulsado de su orden.

La llegada de un hechicero a Solace llama la atención de Kitiaria, que pretende presentarle a su hermano Raistlin. En su mente, la joven se ve a sí misma en el futuro luchando en una compañía de mercenarios junto a sus hermanos. Caramon será un hombre capaz de blandir una espada cuando crezca, pero el joven Raistlin nunca servirá para combatir usando el acero. Por tanto, Kitiara quiere que se convierta en mago. Su insistencia lleva a que el visitante, un Túnica Blanca llamado Antimodes (en esta saga los magos se dividen en tres órdenes según el color de su túnica, cada una de ellas dedicada a uno de los tres dioses de la magia: la del bien, la neutral y la del mal) empiece a sentir interés por el niño y finalmente decida convertirse en su valedor. De esta forma, Raistlin acaba estudiando magia en la escuela de Maese Theobald, donde pronto destacará por sus dotes intelectuales, su orgullo y su ambición desmedida.

Sabiendo que la vida no le ofrece gran cosa, el novicio se aferra a la magia con todas sus fuerzas y deposita toda su fe en ella durante sus años de formación. Tendrá que realizar numerosos sacrificios antes de poder acceder a sus poderes mágicos y desde luego su camino no será agradable. Sus compañeros le despreciarán y temerán, mientras que su maestro le considerará una amenaza... y con razón. Raistlin valora la magia por encima de todas las cosas y está dispuesto a todo con tal de aumentar su poder. Si bien es cierto que en este relato de su infancia y juventud no son pocos los momentos en los que muestra candidez e inocencia, también evidencia en más de una ocasión la chispa de ese fuego despiadado que arde en su interior. La dureza de sus circunstancias justifica en cierta medida su precoz ambigüedad moral, pero se intuye desde muy pronto que este personaje acabará siendo un ser tenebroso.

Teniendo en cuenta que este libro se escribió después de las Crónicas y las Leyendas, para entonces los lectores de la saga ya conocían muy bien el destino de Raistlin. Sin embargo, esto no le resta interés a este relato iniciático y hará que los lectores que decidan empezar por aquí desarrollen un amplio deseo por saber cómo evoluciona el personaje en el futuro. Si bien es cierto que en algunos puntos se me antoja algo forzada su caracterización, ya que la precocidad de Raistlin es demasiado exagerada como para considerarla verosímil, son los momentos en los que se plasman sus dudas e inseguridades los que le confieren la tridimensionalidad a este personaje que, cuando se publicó The Soulforge, ya era la indiscutible estrella de la Dragonlance. El relato hace un esfuerzo considerable por humanizar a Raistlin, demostrando que tras su coraza de indiferencia y manipulaciones se ocultan las mismas preocupaciones que las de cualquier otro chaval de su edad. Por ejemplo, el amor hacia Rosamun, su madre, se presenta como algo genuino pese a que la relación entre ambos llega a resultar perturbadora. Otro punto interesante de la historia se narra en las páginas centradas en la llegada de Raistlin a la adolescencia, donde muestra una ingenuidad tan propia de esos años que el joven aprendiz resulta tristemente cómico. Es en esos detalles donde el lector puede llegar a empatizar con quien el resto del tiempo es un cabrón manipulador, orgulloso, taimado, rencoroso, despiadado y ambicioso más allá de toda medida. El hecho de que ya lo fuese desde niño sólo lo hace aún más inquietante.

Pero ese carácter no surge de la nada, sino que es el producto de las circunstancias de Raistlin: la pobreza de su familia, la incertidumbre respecto a su futuro, la incapacidad de su entorno para saciar su incesante ansia de saber, la necesidad de demostrar su valía, la fastidiosa dependencia hacia su hermano y, sobre todo, la enfermedad de su madre. Rosamun nació con ciertos talentos mágicos, pero decidió reprimirlos por la mala fama que tiene la hechicería en su mundo. Como consecuencia, esos dones que podían haber sido convertidos en útiles herramientas acabaron transformados en una maldición que trastornó su mente. Esta desdichada mujer podría haber sido una vidente capaz de alcanzar cualquier parte del mundo con su pensamiento, pero al no desarrollar el control sobre su poder se vio controlada por él. De esta forma, con frecuencia se sume en prolongados trances en los que se olvida de comer y en los que se muestra incapaz de reconocer a sus hijos. Puesto que Raistlin ha heredado su predisposición hacia la magia, la posibilidad de acabar compartiendo el destino de su madre en caso de fracasar en sus estudios como aprendiz es un poderoso acicate para convertirse en mago. Quizá, en algún remoto rincón de su interior, Raistlin también espera que la magia pueda ayudar a su madre; la única persona a la que ama y acepta de manera incondicional, la única persona con la que es paciente y cariñoso. O quizá simplemente es que el joven se ve demasiado reflejado en ella y teme seguir sus pasos.

Este relato es ante todo una tragedia y como tal se toma su tiempo en construir delicadamente la situación antes de asestar el golpe dramático. Los golpes, más bien, pues la autora se ceba con sus personajes haciendo que las desgracias nunca vengan solas... para disfrute del ensimismado lector. Raistlin, el aprendiz de mago se empeña en destruir las ilusiones de su protagonista una a una, eliminando todo rastro de inocencia infantil y haciendo que asuma que el mundo es un lugar peligroso en el que toda decisión moral, lejos de ser una cuestión de blanco o negro, está teñida de gris. Así, una vez despojado de cualquier otra cosa, en el interior de Raistlin sólo queda su decisión de abrazar la magia; una decisión que no se basa tanto en su pasión por adquirir conocimiento como en el regocijo que le proporciona ostentar el poder. Para él es una cuestión de justicia, ya que la magia le permite colocarse en un sitio que considera que le corresponde por derecho, aunque el destino haya conspirado para arrebatárselo. No obstante, su obcecada convicción tiene unas fisuras mucho más amplias de lo que él mismo cree. Por eso leer esta historia conociendo el futuro del personaje dentro de la Dragonlance es una experiencia tan satisfactoria, ya que muestra una buena coherencia interna y una caracterización consistente. No en vano Margaret Weis co-escribió las Crónicas y las Leyendas, como antes recordaba, así que conoce bien el material con el que juega. Otros autores de la saga no son tan diestros en su acercamiento al interior de un personaje tan aparentemente inaccesible como el de Raistlin.


Pero hablemos sobre la magia, pues es uno de los motivos por los que The Soulforge me resulta tan atractivo. La magia ha formado parte del género de fantasía épica desde sus orígenes y es una parte indispensable del universo de Dragones y Mazmorras. Sin embargo, con frecuencia se frivoliza en demasía. La magia es un instrumento más de los personajes, como podría serlo un espada, obviando el hecho de que para aprender a manejar la espada con soltura antes tienes que hacerte unos cuantos cortes. Al igual que una espada, la magia debería considerarse peligrosa y debería requerir un exhaustivo entrenamiento para garantizar su manejo. Por desgracia, son muchas las historias en las que los magos recurren a la magia con total facilidad, agitando sus varitas sin esfuerzo y soltando sus abracadabras. Se olvida que la magia es una disciplina que requiere incesantes horas de estudio y preparación física, mental e incluso espiritual. Es más, se olvida que la magia requiere sacrificio. Ahí es donde entra la Dragonlance dando un sonoro golpe sobre la mesa y asegurando que la magia no sirve al hechicero, sino que es el propio hechicero quien debe servir a la magia. Cada conjuro consume una parte de su energía y vitalidad, por lo que aquellos que no tienen la entereza suficiente o que no están dispuestos a entregarse a la magia no serán capaces de recurrir a su poder. En ese sentido, este libro hace un trabajo estupendo otorgando una severidad considerable al oficio de hechicero. Además de ser objeto de la desconfianza de sus semejantes, los magos deben entregarse a sus estudios y servir a la magia por encima de todo... incluso de su propio bienestar. Los años de Raistlin en la escuela de magia tienen poco que ver con lo visto en las andanzas de Harry Potter, por mencionar alguna historia similar. La autora presenta la magia como algo verdaderamente arcano, peligroso e indescifrable. Raistlin no alza una varita en el aire en su primer día de escuela para hacer magia, sino que tarda muchos años en ser capaz de conjurar su primer hechizo; años enfrascado en el estudio de libros polvorientos; años consagrándose a la voluntad de los dioses de la magia y esperando ser digno de su favor. Aquí la magia no se regala, sino más bien lo contrario. La magia se consigue con sudor y lágrimas. La magia exige trabajo duro y sacrificios. Por la magia Raistlin renuncia a su salud y a su cuerpo. Por la magia está dispuesto a morir y a matar.

Esto es evidente tanto en tramo inicial como en el tramo final de la historia, quedando la parte intermedia ocupada por una anécdota de los tiempos primerizos de los Compañeros de la Dragonlance. Si no recuerdo mal, en algún punto de las Crónicas se menciona un viaje del grupo a la ciudad de Haven, donde Raistlin tuvo cierto incidente con unos falsos clérigos que casi acaba con él en la hoguera. Pues bien, este es el acontecimiento al que el relato dedica más tiempo, aunque la autora es lo suficientemente hábil como para hilarlo con el pasado de Rastlin y de sus hermanos, de forma que no se percibe como una mera aventurilla desconectada de la trama principal. Más bien es una excusa para hacer que los hermanos evidencien sus verdaderos colores, no sólo Raistlin sino también Kitiara. La muchacha es un elemento disruptor dentro del grupo desde su incorporación. Su tendencia a frecuentar malas compañías, su ambición y su preocupante carencia de principios morales trazan un sendero oscuro en su futuro y eso es algo que se hace evidente durante el mencionado viaje a Haven. Puede que Raistlin y Caramon sean gemelos y, por tanto, físicamente iguales, pero en su interior el aprendiz de mago comparte muchas más similaridades con su hermanastra. En cierto modo este libro narra la ruptura entre Kitiara y sus hermanos, así como con el resto de sus amigos, por lo que está adelantándose a lo que se verá posteriormente en las Crónicas de la Dragonlance. Ya habrá tiempo para comentar eso más adelante, así como para entrar en detalle sobre el grupo de amigos de Raistlin y Caramon. Son una presencia agradecida en este libro, pero están lejos de ser los protagonistas por muy entrañables que sean algunas de las escenas en las que participan. Destaca por supuesto el kender, que con sus ocurrencias y su tendencia a acabar con las posesiones ajenas en el interior de sus bolsillos siempre consigue arrancar alguna carcajada. Ya hablaremos sobre él más adelante.

Para ser un libro de la Dragonlance, The Soulforge es bastante modesto. Aquí no hay guerras ni dragones. Apenas hay algún triste goblin, de hecho. Es lo que se espera por la cronología de la saga, en la que los grandes conflictos aún están por llegar. No obstante, sí que se percibe la creciente inquietud que empieza a adueñarse de ese mundo de ficción. Las conversaciones entre Antimodes, el mecenas de Raistlin, y Par-Salian, el Túnica Blanca que lidera el Cónclave de Magos, sirven para ofrecer contexto a esta historia situada en un marco bastante pequeño y humilde en comparación con entregas posteriores. Al mismo tiempo, también sirven para ir adelantando los acontecimientos que se están gestando y para mostrar el importante papel que Raistlin tendrá en ellos. El título del libro, lejos de ser gratuito, recoge una metáfora que se menciona varias veces en sus páginas y que equipara el desarrollo del espíritu de un mago con la forja de una espada. Son los golpes del martillo, las vicisitudes de la vida, las que otorgan fuerza y consistencia a la hoja. Cuanto más afilada sea más golpes necesitará, aunque eso suponga arriesgarse a quebrar la hoja recién fundida. Raistlin es esa espada; una espada que el Cónclave de Magos está forjando para esgrimirla ante el oscuro futuro que se avecina.

Los últimos capítulos del libro, quizá los más interesantes de todos, sirven para desvelar uno de los golpes más contundentes de la forja del alma del joven mago: su Prueba en la Torre de la Alta Hechicería. Para dejar de ser aprendiz y pasar a ser considerado mago, todo novicio deben someterse a la Prueba. Este es el acontecimiento más serio en la vida de todo mago, ya que no todos los que se someten a ese examen consiguen sobrevivir. Como mencionaba antes, la magia exige sacrificios y ninguno es tan exigente como afrontar la Prueba. Además de explorar las dotes arcanas del aprendiz, este crucial acontecimiento sirve para poner en evidencia su auténtico carácter. Durante su celebración se decide si es digno de ser mago y, en caso de serlo, en cuál de las tres órdenes militará: los Túnicas Blancas consagrados a la magia del bien, los Túnicas Rojas de la magia neutral y los Túnicas Negras de la magia del mal (al contrario de lo que pueda parecer, todas las órdenes están hermanadas en la magia en lugar de ser enemigas, pues todas sirven a la magia por encima de cualquier otra lealtad).

Siendo un chavala débil y enfermizo, Raistlin carece de la fortaleza para sobrevivir a las exigencias de la Prueba. Cuando es invitado a participar pese a su juventud, él lo considera un gran honor y una clara evidencia de que el Cónclave conoce y respeta su talento. Sin embargo, a ojos del lector es casi una sentencia de muerte. El joven pasa así por un evento que marcará tanto su cuerpo como su corazón  durante todos sus años de vida; un evento que saca a relucir su verdad más íntima y los extremos a los que está dispuesto a llegar por su devoción a la magia. Raistlin sobrevive a la Prueba, sí, pero cambiado de una forma retorcida y terrible. Su cuerpo, ya de por sí bastante débil, se convierte en un remedo de vida, siempre a un paso del colapso. Su cabello encanece. Su piel adquiere un matiz dorado. Sus pupilas se transforman en sendos relojes de arena que le hacen discernir continuamente el paso del tiempo, de forma que al observar a un ser vivo contempla cómo envejece y muere un poco a cada segundo. De esta guisa es como aparece Raistlin en el primer volumen de las Crónicas, aunque ahí no se entra en mucho detalle sobre lo que le sucedió en la Prueba. El tema ya se había tocado en algún libro de relatos, pero es en The Soulforge donde se desarrolla con todo el lujo de detalles que antes se nos escamoteó. Esta es, al menos hasta donde yo sé, la versión canónica de tan crucial acontecimiento y sirve para entender mucho mejor los sucesos de futuros libros, que en ocasiones tienden a ser bastante obtusos al tratar este asunto. Lo único que puedo decir en este comentario para no estropear ninguna sorpresa es que Raistlin no pasa la prueba en solitario, sino que llama la atención del espíritu de un Túnica Negra muerto tiempo atrás que responde al nombre de Fistandantilus. El pacto forjado entre ellos es en buena parte responsable de lo que sucederá con Raistlin más adelante (aunque no todo es obra de Fistandantilus, ya que el origen de la maldición que transformó los ojos de Raistlin en relojes de arena es distinto, como también se explica en este libro).

La narración de la Prueba de Raistlin es motivo suficiente para que cualquier aficionado a la Dragonlance considere que The Soulforge es una lectura imprescindible, pero eso no quiere decir que sea inaccesible para alguien no versado en la saga. De hecho, lo considero un buen punto de inicio para los lectores interesados. No es un relato especialmente impresionante, pues no hay grandes amenazas ni aventuras extraordinarias. La mayoría del tiempo es un relato bastante íntimo e introspectivo sobre un muchacho debilucho y orgulloso que espera llegar a ser alguien importante en la vida aunque el destino le haya dado unas cartas pésimas con las que jugar. Es cierto que el contexto del relato es casi intoxicante, con esa guerra que se intuye en el horizonte, el regreso de los viejos dioses y la aparición de los dragones, pero lo que más se acerca a una aventura épica en este libro es el desenmascaramiento de unos timadores. Los grandes acontecimientos vendrían más adelante, pero The Soulforge tiene una baza muy importante a su favor: la manera en la que presenta a la magia como una amante exigente que exige constantes sacrificios. Y claro, en este mundo de ficción no hay nadie dispuesto a hacer mayores sacrificios que Raistlin. Eso hace que el lector se compadezca de él... al menos hasta que recuerda que se trata de un cabronazo que ansía el poder por encima de todas las cosas. Raistlin no es un héroe y parece destinado a convertirse en un villano, pero lo maravilloso de este personaje es que se niega a seguir cualquier otro camino que no sea el suyo propio. Así pues, este libro es un relato de la infancia y la juventud de un aprendiz de mago, una historia iniciática, un drama familiar, la historia del nacimiento de una amistad entre un grupo de aventureros y un acercamiento a los sacrificios que exige el estudio de las artes arcanas, pero por encima de todo es la historia de un personaje individualista que pretende forjar su propio futuro pese a tenerlo todo en contra. Eso me parece admirable, independientemente de que se trate de un personaje nacido de un adaptación de Dragones y Mazmorras que protagoniza una novela de fantasía ligera enfocada al público juvenil.

Hay pocas maneras mejores de volver a la Dragonlance que leyendo este libro de Margaret Weis. En ocasiones su estilo me parece algo inconsistente y su vocabulario bastante rebuscado, casi artificial, pero el relato en sí es fascinante. La caracterización de los personajes, a veces un tanto forzada, es muy satisfactoria, quizá porque se centra en mostrar sus complejidades, sus dobleces morales y sus dicotomías. Y, evidentemente, ninguna caracterización está más desarrollada ni resulta más absorbente que la de Raistlin. Me resultaría raro que alguien acabase esta lectura sin sentir la necesidad de saber más acerca de este personaje. En mi caso, este reencuentro con la Dragonlance me ha resultado tan satisfactorio que ya estoy inmerso en la lectura del siguiente título de mi lista. Habrá ocasión de comentarlo en una nueva entrada más adelante.

20 de marzo de 2017

[Cómic] Ultimate Comics Spiderman: El Merodeador

En esta serie de entradas estoy repasando la trayectoria de Miles Morales, el Spiderman Ultimate, aprovechando para ello la reciente reedición de este material por parte de Panini dentro de su Coleccionable Ultimate.

Entradas anteriores


Coleccionable Ultimate nº 82. Ultimate Comics Spiderman nº 33:
El Merodeador
Contiene All-New Spiderman #6-12 USA
Guión de Brian Michael Bendis
Dibujo de Chris Samnee, Sara Pichelli y David Marquez
Color de Justin Ponsor

El arranque de la colección protagonizada por Miles me parece muy sólido, aunque un tanto superficial. Esto es algo que achaco a los guiones de Brian Michael Bendis, cuya tendencia a descomprimir al máximo la narrativa le lleva a utilizar muchas páginas para abarcar lo que en realidad es muy poca cosa. No me cabe duda de que las pinceladas que proporciona el guionista en el primer arco bastan para hacerse una idea básica del personaje protagonista y de su entorno, pero es necesario seguir profundizando para ganarse la empatía y la fidelidad del lector. De hecho, es necesario llevarse la historia al terreno personal, al terreno de las emociones, pues ahí es donde se va a producir la mejor conexión entre el mundo de las viñetas y la realidad de los lectores. De forma muy acertada, buscando cumplir este objetivo Bendis decide poner a la familia de Miles, en concreto a su tío Aaron en el centro del segundo arco. Esto le permite seguir explorando esta variante moderna de la mitología de Spiderman con un giro interesante: la figura que ha ejercido de modelo para el protagonista no es precisamente un modelo de virtud como lo fue el tío Ben para Peter Parker, sino más bien todo lo contrario. Además de ser un ladrón, un ex-convicto y un criminal, el tío Aaron es también el villano conocido como el Merodeador.

Aaron es un personaje de crucial importancia en la génesis de Miles como Spiderman, puesto que fue él quien propició su transformación al transportar involuntariamente una de las arañas modificadas genéticamente por Norman Osborn durante uno de sus robos. La picadura de la araña se produjo en presencia de Aaron, que no tarda en atar cabos y en percatarse de que el nuevo trepamuros que ha hecho acto de presencia en Nueva York no es otro que su joven sobrino Miles. Lo que sucede a continuación me parece estupendamente ejecutado, pues pone a nuestro protagonista en una situación tan delicada como comprensible. Puede que su tío le esté chantajeando para usarlo como un matón, pero no deja de ser su tío. Los lazos de sangre no se anulan fácilmente, incluso aunque nos aten a personas despreciables. Bendis plantea así un conflicto con una gran carga emocional, cuya resolución terminará de definir al personaje de Miles.

Desde mi punto de vista, el elemento fundamental de la fórmula que define a Spiderman en todas sus variantes es la culpa. La culpa es la que le hace sentir la gran responsabilidad que conllevan sus poderes y la que le motiva a hacer todo el bien posible. No obstante, la culpa no surge del vacío sino que es producto de un error por parte del personaje. Es más, diría que más bien es producto de una acumulación de errores. Para Peter Parker, el motivo inicial que le impulsó a ser un héroe fue la culpa por la muerte de su tío Ben, pero sobre esa culpa se han ido acumulando otras muchas a lo largo de los años. La muertes del Capitán Stacy y de su hija Gwen fueron las más sonadas, pero no las únicas, desde luego. Cada cierto tiempo es necesario refrescar esta culpa acumulada para recordar a Peter que es falible y que cada uno de sus fracasos conlleva un precio demasiado alto. Pues bien, esta es la lección que le toca ahora aprender a Miles, pues no se puede ser Spiderman sin ser consciente de que cada mala decisión implica un precio que se paga en sufrimiento, remordimiento y culpa. Obviamente, dejarse enredar por el Merodeador es una decisión bastante mala y el joven tendrá ocasión de arrepentirse de ella.


Por otro lado, Bendis sigue explorando las dificultades que tiene un adolescente como Miles para compaginar su vida cotidiana con su actividad superheroica y para ello aprovecha el contexto de la Brooklyn Visions Academy. Aunque Miles tenga como aliado a su colega Ganke, sus ausencias y sus excusas son muy evidentes para Judge, el otro chaval con el que comparten habitación en la escuela, así como para sus profesores y supervisores, que no son estúpidos. Al igual que Peter en su momento, Miles tendrá que aprender a vivir una doble vida en la que lo personal debe quedar subordinado a sus deberes como Spiderman, lo cual no es nada sencillo. En cuanto a su vida familiar, el guionista introduce una idea interesante haciendo que la madre de Miles se muestre partidaria del nuevo Spiderman sin saber que su hijo se encuentra bajo la máscara. Puesto que su padre condena a los superheroes y parece albergar grandes prejuicios hacia individuos superpoderosos como los mutantes (que son especialmente odiados en el Universo Ultimate), Miles encuentra así una inesperada conexión con su madre. Este desarrollo se explorará más adelante, cuando las cosas se tuerzan de nuevo.

Hablando sobre los personajes que aparecen en este segundo arco, otra jugada bastante astuta por parte de Bendis consiste en reintroducir a viejos conocidos del reparto de secundarios de la colección cuando Peter era el protagonista. De esta forma, la presencia del nuevo Spiderman llama la atención de tía May y de Gwen, que vuelven a Estados Unidos con la intención de contactar con él. Las expectativas de un encuentro entre May y Miles después de que la primera perdiese a su sobrino Peter llevando el traje de Spiderman se antojaban demasiado jugosas como para no aprovecharlas. Precisamente la tía May del Universo Ultimate es uno de los personajes hacia los que Bendis parecía tener especial cariño y eso se notaba en su manera de escribirla, por lo que su regreso es algo positivo. Menos interesantes son los villanos que se dejan caer en estos números y que me recuerdan los motivos por los que la mayoría de las versiones Ultimate de los personajes de la editorial me parecen tan perezosas y carentes de interés. Es el caso del Escorpión o del risible Anillero, un villano cuya única razón de ser reside en ser humillado por el héroe arácnido. El Merodeador es el único enemigo más o menos tridimensional que se puede encontrar en estas páginas. El enfrentamiento final contra él es intenso y contundente. No dejo de pensar que si funciona tan bien es porque el personaje es algo más que una mera excusa para que Miles se ponga el traje.


En cuanto al apartado gráfico, Sarah Pichelli se encarga de un único número, ya que en ese momento estaba ocupada preparando la miniserie Spidermen (que se recogió en el siguiente tomo del Coleccionable Ultimate de Panini). Sus reemplazos son el siempre solvente Chris Samnee y un David Marquez que aún estaba algo verde. Los números de Samnee son estupendos, aunque el cambio de estilo respecto a Pichelli resulta algo chocante. En cambio, los números de Marquez presentan una estética similar a la de la dibujante, aunque carecen de su finura y resultan bastante más toscos en la manera de narrar. Era uno de sus primeros trabajos para Marvel, por lo que es algo comprensible y fácil de perdonar. Además, este artista ha mejorado de forma notable con el tiempo. No obstante, creo que Marquez no es capaz de capturar el ambiente actual tan bien como Pichelli. Algo que me maravilla de esta dibujante es su atención al detalle, que se manifiesta por ejemplo en el vestuario y los complementos de los personajes. Sin ir más lejos, la manera de vestir de Miles no sólo resulta actual sino que también sigue una estética propia seleccionada por Pichelli. En cambio, cuando lo dibuja aquí Marquez su estética es bastante más genérica, casi intercambiable con la de cualquier otro personaje, lo que le resta algo de personalidad. Esto ya es hilar muy fino en el comentario de estos números, pero es algo en lo que no he podido evitar pensar durante su lectura.

Después del devastador encuentro con el Merodeador con el que concluye esta entrega del Coleccionable Ultimate, la siguiente se centra en el que fue el esperado primer encuentro entre Miles y el Peter Parker del Universo Marvel tradicional. Hablaremos sobre él en la próxima entrada.

15 de marzo de 2017

[Cómic] Ultimate Comics Spiderman: El nuevo Spiderman

No me cabe duda de que Miles Morales es una de las incorporaciones al Universo Marvel más valientes y progresistas que se han producido en la última década. De hecho, me atrevería a decir que fue un auténtico pionero de la diversidad en los cómics de la editorial. Esta no era la primera vez que un personaje de otra etnia asumía el rol de un superhéroe blanco de la Casa de las Ideas, pero desde luego fue la más sonada y la que mayor impacto tuvo tanto entre los lectores habituales como entre el público generalista. Después de todo, no hablamos de asumir un rol secundario cualquiera puesto que Miles estaba destinado a ser el nuevo Spiderman; un Spiderman afroamericano para el siglo XXI. Estoy convencido de que esto facilitó la posterior presentación de Kamala Khan, más conocida como Ms. Marvel, o el hecho de que Sam Wilson adquiriese la identidad del Capitán América. Miles indicó el camino a seguir y desde entonces la editorial ha dado importantes pasos en esa dirección. Quizá no siempre hayan sido los pasos más adecuados, pero desde mi punto de vista todo lo que sea hacer los cómics más diversos y/o los acerque a todo tipo de lectores siempre es de agradecer.

Soy consciente de lo polémico que resulta este asunto y de los argumentos que esgrimen aquellos que consideran que detrás de personajes como Miles no hay nada más que un burdo movimiento de la editorial para mejorar su imagen. En lugar de negarlo me limitaré a decir que efectivamente se trata de un movimiento de marketing. No olvidemos que Marvel es una empresa cuyo objetivo es vender cómics: como cualquier otra empresa similar hará todo lo posible por cumplir su objetivo, lo cual incluye hacer el mayor ruido mediático posible. Y vaya si lo de Miles hizo ruido. Recuerdo la que se montó cuando se anunció allá por 2011 que el nuevo Spiderman Ultimate iba a ser un chaval medio afroamericano medio hispano. Recuerdo incluso haber mantenido conversaciones sobre el tema con gente que nunca había tenido especial interés por los cómics; mucho menos por los cómics de superhéroes.

Ya han pasado algunos años desde entonces. Ahora me propongo repasar las historias de Miles desde la perspectiva que me ha dado el paso del tiempo, aprovechando para ello la reciente reedición de este material por parte de Panini dentro de su Coleccionable Ultimate.


Coleccionable Ultimate nº 79. Ultimate Comics Spiderman nº 32:
El nuevo Spiderman
Contiene Ultimate Fallout #4 USA y All-New Spider-Man #1-5 USA
Guión de Brian Michael Bendis
Dibujo de Sara Pichelli
Color de Justin Ponsor

Empecemos por lo más básico: el Universo Ultimate surgió como una línea editorial en la que se pudiesen contar nuevas historias que no estuviesen lastradas por décadas de continuidad. Por lo general, se pretendía que las series Ultimate estuviesen muy apegadas a la actualidad y resultasen frescas y novedosas. A mí nunca me entusiasmó la idea de partida y sólo lo seguí de forma discontinua. No obstante, lo poco que leí del Ultimate Spiderman que guionizaba Brian Michael Bendis me pareció bastante notable. No tanto como para seguirlo de forma regular, pero al menos sí para echarle un vistazo de vez en cuando. Confieso que cuando el papel de Ultimate Spiderman pasó de Peter Parker a Miles Morales en un primer momento no le presté demasiada atención por considerarlo algo propio de ese Universo Ultimate que nunca había llegado a interesarme demasiado. Precisamente algo que puede preocupar a cualquier lector interesado en la historia de Miles Morales es el hecho de que comenzase en el Universo Ultimate. ¿Era necesario haber seguido las andanzas del Peter Parker Ultimate para disfrutar de la colección protagonizada por el nuevo Spiderman? ¿Se requería un mínimo conocimiento del Universo Ultimate para seguir el argumento? La respuesta a ambas preguntas es no. La historia ofrece la información básica para que aquellos que no habían seguido al anterior Spiderman pudisen entender los acontecimientos que se narran aquí, mientras que los demás detalles se van descubriendo poco a poco a medida que el propio Miles los va conociendo.

Brian Michael Bendis concibió esta nueva etapa como un punto de partida apropiado para nuevos lectores, pero al mismo tiempo fue lo bastante hábil como para hacer que también resultase interesante a los lectores que habían seguido la serie hasta entonces. Hay un claro paralelismo entre las páginas iniciales del primer número de Miles y el comienzo de la primera entrega de la anterior serie de Spiderman Ultimate: ambas historias empiezan con un monólogo de Norman Osborn y la presentación de las arañas que marcarán el destino de ambos protagonistas al picarles. No se acaban ahí las similitudes entre las historias de Peter y Miles, desde luego, aunque son las sutiles diferencias las que les otorgan sabores propios.

Mientras que el tío Ben era el referente moral absoluto de Peter, el tío Aaron de Miles es alguien que se nos presenta desde el primer momento como un ladrón que no merece confianza. El padre de Miles intenta por todos los medios que su hijo se mantenga alejado de él, ya que conoce la vida que lleva por haberla compartido en el pasado. Ambos estuvieron en la cárcel en un momento dado, circunstancia que no parece haber afectado a Aaron mientras que llevó a su hermano a desear una vida completamente distinta. Ahora que la ha conseguido no está dispuesto a permitir que su hijo repita sus mismos errores. Es interesante cómo Bendis supo introducir aquí el comentario social de una forma muy natural, algo que habría sido mucho inverosímil si Miles hubiese sido otro personaje blanco de clase media más. Es obvio que la cuestión racial tiene mucho que ver con las circunstancias vitales de su padre y de su tío, que no encontraron mejor salida para salir de su barrio que recurrir al crimen. Por eso los padres de Miles tienen tantas esperanzas puestas en que su hijo sea admitido en la prestigiosa Brooklyn Visions Academy, porque la escuela le alejará del peligro de las calles y le proporcionará las oportunidades de las que carecen otros niños de su misma clase social. 


Algo debe saber Bendis sobre criar a un niño de raza negra en los Estados Unidos de hoy en día, ya que es padre adoptivo de dos niñas afroamericanas. La Brooklyn Visions Academy que aparece en esta historia es algo así como la escuela soñada por cualquier padre; una en la que los niños reciben una formación académica excepcional al mismo tiempo que se incentiva su imaginación y su sentimiento de comunidad. Aunque se trata de una escuela ficticia, el guionista se basó en un modelo real de enseñanza: las escuelas charter americanas, un tipo de escuelas autónomas que suponen una alternativa al sistema público de enseñanza tradicional. No conozco mucho acerca del tema, pero desde luego la Brooklyn Visions Academy se presenta como una maravillosa opción de futuro y no me extraña que los padres de Miles consideren que es la mejor oportunidad para su hijo. Miles es elegido durante el sorteo de las últimas plazas, por lo que la escuela será una parte importante de sus andanzas futuras. De esta forma, al igual que el instituto fue uno de los escenarios fuertemente asociados al desarrollo de Peter Parker (tanto el del Universo Marvel tradicional como el del Universo Ultimate), esta academia será el hogar de Miles durante sus primeras aventuras. El paralelismo es evidente, pero la idiosincrasia de cada personaje es única. Después de todo, el instituto no significaba para Peter lo mismo que la academia para Miles. Aún así, cabría destacar que la reacción inicial del joven al descubrir que ha sido admitido dista mucho de la celebración. Un estupendo detalle de caracterización del personaje se produce durante el primer número, cuando Miles observa a otros niños que optaban a su misma plaza y que no han logrado entrar, siendo consciente de que su gran oportunidad se ha producido a costa de que otros pierdan la suya. La mezcla de culpa y empatía que experimenta el muchacho en ese momento será definitoria.

Hay más similitudes con Peter, por supuesto: la picadura de la araña y las escenas en las que usa sus poderes arácnidos por primera vez tienen un regusto similar, aunque aquí las novedades que aporta Miles suponen un soplo de aire fresco. Este nuevo Spiderman contaría con poderes inusuales, como su capacidad para camuflarse y volverse literalmente invisible o su "picadura venenosa" (consistente en una descarga bioeléctrica capaz de aturdir a sus rivales). Otra circunstancia novedosa tiene que ver con el hecho de que Miles no guarda en absoluto secreto su transformación, sino que se la desvela a su amigo y confidente Ganke, otro chaval de su edad (alrededor de trece años en el momento en el que se inicia la colección) con el que comparte habitación en la academia. La dinámica entre Miles y Ganke, además de resultar muy divertida, es de vital importancia en el argumento. En ese sentido puedo decir que no soy un gran aficionado al tipo de diálogos casuales con los que Bendis salpica sus cómics, pero que las interacciones entre los dos niños me parecen muy verosímiles y actuales. A veces me cuesta creer que superhéroes adultos hechos y derechos hablen con esa verborrea vacía tan propia de Bendis, pero en estos números me creo todos y cada uno de los diálogos entre Miles y Ganke porque me parecen muy propios de dos preadolescentes modernos.


Pero aún faltaba una última pieza para darle forma al destino de Miles, un último paralelismo con la historia de Peter: una muerte de la que se sintiese responsable para que descubriese esa vieja máxima de que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Muy hábilmente, pese a que Miles no conocía al Peter Parker Ultimate, Bendis recurre a la muerte de Peter para aleccionar al nuevo personaje y obligarle a tomar el papel de Spiderman. Después de una escena estupenda en la que Miles usa sus recién adquiridos poderes arácnidos para salvar a una niña de un incendio, el joven decide que es mejor no usar sus dones. Pasada la descarga de adrenalina, se da cuenta de que sólo es un niño jugando a ser héroe y que no está preparado para hacerlo. Se da cuenta, en definitiva, de que él no es Spiderman. Poco después, Miles es testigo de la muerte de Peter. Reconozco que no leí la historia en la que se produjo dicha muerte, aunque eso no impide disfrutar de la secuencia que se narra en estos números y emocionarme con esa última aparición del Peter Ultimate.

Como era de esperar, Miles se culpa por lo sucedido, ya que si hubiese optado por darle uso a sus poderes quizá podría haber ayudado a impedir que Peter perdiese la vida. Desde mi punto de vista, la culpa es una parte muy importante de lo que define a Spiderman. No se puede sentir esa gran responsabilidad que menciona la famosa cita sin antes haber experimentado una gran pérdida como consecuencia de haber ignorado las propias responsabilidades. Los poderes de Miles le vinculaban a Peter Parker de formas que no llegaba a imaginar, pero decidió apartar ese vínculo y no arriesgar su vida; la vida que sus padres tanto deseaban para él. Como consecuencia, no estuvo presente el día en el que podría haber ayudado a salvar a Peter. Bendis hiló muy fino este desarrollo del personaje para ofrecer una versión que resultase lo bastante similar a la original como para mantener su esencia pero al mismo tiempo lo bastante original como para resultar única.

Ya en el tramo final de estos cinco números iniciales de la colección, el resto de superhéroes del Universo Ultimate descubren que Miles ha decidido actuar bajo la identidad de Spiderman y Nick Furia decide darle su aprobación y proporcionarle un traje propio para que pueda honrar a Peter a su manera. Esta es la parte más formulaica y carente de interés del primer arco, salvo quizá por las interacciones entre la Spiderwoman Ultimate (en ese universo Jessica Jones es un realidad un clon femenino de Peter Parker) y Miles. Una vez más puntualizo que no es necesario conocer a los personajes de este universo para seguir el argumento, aunque los que siguiesen las aventuras del Peter Ultimate cuentan con ventaja. Los lectores noveles irán descubriendo a estos personajes a medida que los vaya conociendo el propio Miles, lo cual también tiene su atractivo.

Sin embargo, pese a que se trata de un trabajo estupendo de Bendis, sigue pecando de lo mismo que cualquier otra producción de este guionista: un énfasis excesivo en la narrativa descomprimida. Lo que se narra en estos cinco números bien se podría haber contado en la mitad de páginas. Por suerte, al dibujo encontramos a una artista tan talentosa como Sara Pichelli, que es capaz de darle vidilla a las largas secuencias que plantea el guionista. El dibujo de Pichelli es extraordinariamente expresivo, por lo que las páginas cargadas de viñetas silenciosas se benefician de su habilidad para que los personajes aprovechen su lenguaje no verbal. El problema que tienen algunos dibujantes cuando ilustran los escritos de Bendis es que suelen caer en la monotonía, convirtiendo los largos diálogos en sucesiones de rostros similares que se repiten hasta la saciedad. Pichelli, en cambio, no dibuja dos caras iguales en ninguna de las secuencias de diálogo, haciendo que sean mucho más dinámicas y ayuden a conocer las emociones de los personajes. Quizá también resulten algo más histriónicas, pero esto no resulta problemático cuando el protagonista es un chaval tan joven.

La artista fue la encargada de plasmar a Miles por primera vez, además de diseñar su uniforme (un diseño simple pero elegante y distintivo), y hay que decir que su trabajo en estos números es excepcional. No en vano fueron los que la convirtieron en una estrella emergente. El primer arco contiene  algunas viñetas dignas de ser recordadas, como esa en la que nuestro protagonista trepa por las paredes por primera vez o las dos últimas de la secuencia del incendio, en la que la niña que ha sido rescatada por  Miles agarra de la camisa a su salvador para mostrarle su agradecimiento.


En conclusión, hay razones de sobra para considerar el primer arco de la serie de Miles como una de las historias más notables de la Marvel reciente. Pichelli está fabulosa y Bendis firma uno de sus mejores trabajos para la editorial. Incluso yo, que estoy bastante lejos de ser un admirador del guionista, debo admitir que me parece un trabajo estupendo y que se encuentra entre mis favoritos de cuantos ha escrito. Con los personajes centrales bien establecidos y el statu quo presentado, ya sólo quedaba seguir contando historias que estuviesen a la altura del primer arco. Tanto la condición social como la historia familiar de Miles podían dar mucho juego, así como el legado de Peter Parker. ¿Cómo reaccionarían los enemigos y aliados de Peter ante la llegada del nuevo Spiderman Ultimate? ¿Estaría Miles a la altura del papel que había asumido? Lo iremos comentando en próximas entradas.

24 de enero de 2017

[Documentales] David Bowie: The Last Five Years


Por lo general no tengo problema alguno en escribir acerca de cualquier materia, ya sea literatura, cine, cómic o videojuegos, aunque desde luego estoy lejos de poder considerarme un experto en esos campos. Me gusta pensar que tengo cierta facilidad para expresarme y elaborar una opinión argumentada, como puede comprobarse a lo largo de las decenas de textos que he publicado en este blog a lo largo de los años. Sin embargo, hay unos cuantos temas que me intimidan tanto que no me siento capaz de escribir sobre ellos. David Bowie es uno de esos temas: su aportación a la cultura popular ha sido tan inmensa y su música ha significado tanto para mí que prefiero mostrar mi respeto hacia su recuerdo desde la más callada humildad. Si rompo ahora el silencio es porque me he encontrado con un material apasionado y revelador que me ha hecho entender mejor a quien fue una de mis mayores fuentes de inspiración; un material que quiero dar a conocer y recomendar tanto por su interés cultural como por su valor humano.

Emitido por la BBC en la víspera del que iba a ser su septuagésimo cumpleaños si no nos hubiese dejado en 2016, David Bowie: The Last Five Years repasa los últimos años de vida del artista, que también fueron uno de los periodos creativos más ricos de toda su extensa carrera. Durante esos años publicó dos discos, The Next Day y Blackstar, además de producir un musical basado en su legado. Por desgracia, lo que muchos quisimos ver como un renacimiento tras casi una década apartado de los micrófonos fue en realidad una despedida. Pocos días después de la salida de Blackstar, David Bowie falleció tras ser derrotado por el cáncer contra el que había estado luchando.

The Last Five Years, respetando la voluntad del cantante, no se centra en su vida privada sino en su labor artística. El documental no narra su batalla contra el cáncer ni se regodea en la amargura de su muerte, sino todo lo contrario: celebra su descomunal aportación a la música durante esos años y usa las canciones de sus últimos discos como hilo conductor para mostrar al hombre oculto tras los muchos personajes que interpretó durante su vida. Es más, The Last Five Years usa la música más reciente de Bowie, quizá la más sincera y autobiográfica que compuso nunca, como herramienta para separar al hombre real del mito que se construyó a su alrededor. Para ello recoge entrevistas con sus colaboradores más cercanos, grabaciones históricas y material inédito de sus últimas grabaciones.

"Parte de mi trabajo consiste en mentirte", llegó a decir Bowie en una ocasión. "Era demasiado tímido cuando subía al escenario, así que interpretar a un personaje me ayudaba a superar la timidez", proclamó en otro momento en referencia a su más famoso alter ego, Ziggy Stardust. Parte de su éxito se debió posiblemente a sus camaleónicas transformaciones, amoldándose a cada época y creando siempre tendencia, pero todo aquello no era más que una fachada. Raras veces podía verse al auténtico Bowie tras la máscara que había adoptado en ese momento, pero esta máscara saltó por los aires cuando supo que estaba enfermo. Quizá por eso The Next Day es un disco tan revelador.


El documental se centra en especial en tres temas de ese penúltimo disco: Were Are We Now?, The Stars (Are Out Tonight) y Valentine's Day, haciendo que cada uno de los segmentos dedicados a ellos enriquezca nuestra visión sobre el cantante. Were Are We Now? es un vistazo nostálgico al tiempo que pasó Bowie en Berlín, llevado a cabo por alguien que sabe que se encuentra en el tramo final de su vida y que está lidiando con el bagaje emocional que ha acumulado tras tantos años. Por su parte, The Stars (Are Out Tonight) es una feroz crítica al mundo del famoseo, ya que muestra a las estrellas como a unos seres inhumanos que acosan a las personas normales para apropiarse de sus vidas. Pese a que pueda parecer lo contrario, a Bowie nunca le gustaron demasiado los circos mediáticos. Puede que interpretase un papel de cara al público, pero siempre guardó celosamente su intimidad. Buena prueba de ello es que durante sus últimos años no concedió ni una sola entrevista, ni siquiera cuando publicó The Next Day. Finalmente, Valentine's Day supone un vistazo angustioso a la realidad que nos ha tocado vivir, en la que cualquier perturbado puede hacerse con un arma y entrar en un colegio pegando tiros. Valentine's Day es un alegato en contra de las armas de fuego y una condena hacia todas esas masacres que hemos visto en las noticias con demasiada frecuencia, pero no deshumaniza al asesino y eso me parece admirable: incluso los peores entre nosotros siguen siendo personas, después de todo. Si algo supo hacer Bowie con sus canciones fue capturar el sentir general de la sociedad en cada época y quizá Valentine's Day sea la que mejor captura lo que experimentamos en esta era terrible en la que nos encontramos.

The Next Day fue una sorpresa para todos. Había sido grabado en secreto, sin ser anunciado y sin las presiones que supone tener una fecha de publicación. Fue el primer trabajo de Bowie tras casi una década y mostró una imagen alejada de los excesos que le habían caracterizado en el pasado. El Bowie de ese disco es un hombre maduro que ha asumido su edad y no se aferra a lo que fue, sino que acepta lo que es. Nada parecía indicar que se trataba de un hombre enfermo que estaba preparando su despedida, aunque había sutiles pistas. En cambio, su siguiente álbum, Blackstar, fue de todo menos sutil.


Llegado a este punto, el documental sirve para poner las cosas en perspectiva. Mientras trabajaba en Blackstar, el artista estaba siendo consumido por el cáncer y sus posibilidades de supervivencia disminuían a cada día que pasaba. Fue en ese momento cuando decidió hacer realidad su viejo sueño de producir un musical de Broadway, como quien se hace una lista de las cosas que quiere hacer antes de morir. The Last Five Years se centra, además de en el mencionado musical, en dos temas de su último trabajo: Blackstar y Lazarus. El primero supone una de las canciones más enrevesadas y crípticas que recuerdo, un último misterio que Bowie dejó sin resolver y que nos corresponde a nosotros investigar. No me cabe duda de que toca temas relacionados con la espiritualidad, la religión y el deseo de trascendencia, aunque no me atrevería a aventurar una interpretación. Sí que puedo confesar lo mucho que me emocionó ver el videoclip de Blackstar porque supuso la despedida final de uno de los personajes clave del imaginario de Bowie, el astronauta conocido como Major Tom, presente en muchas de sus canciones: se perdió en el espacio en Space Oddity, quedó atrapado en un planeta desconocido donde se convirtió en un yonqui (metáfora de la propia adicción de Bowie a las drogas) en Ashes to Ahshes y finalmente encontró su último lugar de descanso bajo la luz de la estrella negra de Blackstar. Por otro lado, Lazarus tiene una lectura mucho más simple: es un tema que habla sobre la muerte y sobre lo que dejamos atrás cuando abandonamos este mundo. Tal y como desvela el documental, Bowie grabó el videoclip de Lazarus la misma semana en la que supo que su cáncer había entrado en fase terminal, por lo que en ese momento era consciente de que ya no le quedaba mucho tiempo de vida. No obstante, eso no le impidió seguir trabajando.

The Last Five Years utiliza un recurso que me parece muy potente: superpone la voz de Bowie a grabaciones en directo de los músicos que colaboraron con él en sus últimos discos, realizadas tiempo después de que muriese el artista. De esta forma, su presencia inmaterial se deja sentir a lo largo de todo el documental. Un recurso similar que también emplea consiste en dejar que el espectador escuche la voz de Bowie sin acompañamiento musical ni arreglos, permitiendo incluso percibir su respiración y mostrando así su pasión y su fragilidad. Si bien el primer recurso parece pensado para ensalzar el mito, cuando viene acompañado del segundo sirve para realzar su faceta humana. A este documental no le interesa contribuir a la extensa leyenda que ha rodeado a David Bowie, sino mostrar al ser humano con sus contradicciones, sus inseguridades, sus inquietudes, sus pasiones y sus miedos. ¿Y qué mejor forma de romper el mito que acabar el metraje con un inesperado chiste de pedos? Tan obcecados estamos con el icono en el que se había convertido que incluso llegamos a dudar que Bowie se tirase pedos como tú y como yo, pero sí, lo hacía.

Para cualquier fan de David Bowie, The Last Five Years es una viaje íntimo y emocional para recordar a su ídolo un año después de su muerte. Al menos para mí lo ha sido. Es un viaje en el que las lágrimas están aseguradas, pero que no acaba con un llanto perenne sino con una sonrisa y una celebración. Para los neófitos o para cualquiera que tenga cierto interés en la cultura popular, servirá para acercarse al Bowie más íntimo y como puerta de entrada hacia su trabajo, lo cual no es poca cosa. En cualquier caso, sin duda merece la pena echarle un vistazo aunque sólo sea por el inspirador mensaje que se desprende de la narración de los últimos años del cantante. David Bowie tuvo muchas identidades y fue muchas personas distintas durante su vida, pero sólo al final de la misma se atrevió a ser David Bowie y nada más que David Bowie. Como consecuencia, vivió un estallido creativo extraordinario y nos dejó un par de trabajos inolvidables. Fue el broche de oro para uno de los grandes iconos de la historia de la cultura popular, pero también una invitación para que abracemos lo que somos en realidad, nos deshagamos de nuestras viejas máscaras y nos atrevamos a ser nosotros mismos sin temor a lo que otros puedan pensar o decir. Es el mismo mensaje que nos dejó Ziggy Stardust poco antes de volver al espacio exterior décadas atrás, pero expuesto no desde la inocente y apasionada juventud de una estrella en ciernes, sino desde la sabiduría, la tranquilidad y la madurez de quien ha vivido todo lo que ha querido vivir y ha hecho las paces consigo mismo antes de abandonar este mundo.


13 de enero de 2017

[Videojuegos] Nintendo Switch: una pequeña opinión sobre la filosofía que sustenta a la nueva consola de Nintendo


Hace ya bastante tiempo que me bajé del carro de Nintendo, pero eso no quiere decir que haya dejado de prestar atención a los movimientos de la compañía nipona. Puede que su filosofía difiera de mis preferencias como jugador, pero el impacto que ha tenido y sigue teniendo en el mundo del videojuego (y por extensión en la cultura popular) es indiscutible. Tras el descalabro de Wii U, Nintendo no está viviendo su mejor momento en términos de negocio. Sin embargo, los pilares que sustentan su filosofía permanecen sólidos como una roca y eso es algo digno de admiración. Pocas compañías tienen un compromiso tan férreo con los principios que las guían, ya que la mayoría de ellas se conforma con adaptarse a las preferencias del mercado y arriesgarse lo mínimo posible. Nintendo, en cambio, no se adapta al mercado sino que trata constantemente de crear nuevos mercados. Además, cada nueva consola que presenta supone un importante riesgo, pues implica un cierto grado de innovación. Los controladores de movimiento, las pantallas táctiles, la doble pantalla, el 3D... desde el lanzamiento de los primeros modelos de Wii y DS, Nintendo se ha dedicado a explorar nuevas formas de interactuar con la tecnología; nuevas formas de hacerla accesible a cualquier persona. A veces ese riesgo se ve recompensando, mientras que otras implica pérdidas. Pero incluso cuando una de sus consolas no funciona como se esperaba que lo hiciese, como en el caso de Wii U, se le puede adjudicar un triunfo moral. Nintendo tiene un compromiso con la diversión y el juego social que no tiene ninguna otra compañía y, pese a la inquietud que han despertado sus recientes incursiones en los dispositivos móviles, la presentación de su nueva consola, Switch, ha servido para reafirmar una vez más ese compromiso.

Hay algo que me resulta entrañable en las presentaciones de prensa de Nintendo. Quizá se deba al carácter profundamente japonés de la empresa o al hecho de que hasta cierto punto siempre resultan un tanto anacrónicas. Quizá sea algo tan sencillo como que las presentaciones de Nintendo derrochan humildad en un entorno demasiado dado a los excesos autocomplacientes. Estoy acostumbrado a que otras compañías como Microsoft o Sony realicen todo un despliegue audiovisual durante sus presentaciones (de hecho, nunca se me olvidará aquella presentación de Sony que contó con la música en directo de una orquesta, lo que fue todo un alarde de megalomanía). En cambio, Nintendo abrió la presentación de Switch, consola de la que puede depender en gran parte el futuro de la compañía, con un par de sencillas diapositivas. Es más, uno de los primeros juegos que presentó en el evento se juega mirando a los ojos al otro jugador en lugar de mirando a la pantalla, lo cual lanzaba un mensaje muy potente: la consola no es el centro de la experiencia. Mientras otras propuestas como Project Scorpio o PlayStation 4 Pro se amparan en una tecnología más potente para venderle una suerte de estatus superior al jugador, Switch deja a un lado su tecnología en favor de la interacción social más simple. He aquí la filosofía de Nintendo en todo su esplendor.

Hoy la red está plagada de artículos y comentarios sobre la presentación oficial de Switch, así que voy a ahorrarme los detalles. Lo que está claro es que esta extraña propuesta híbrida entre consola de sobremesa y consola portátil sigue haciendo el mismo hincapié en el juego social que hicieron Wii y Wii U en su momento; quizá incluso más, dada la facilidad para jugar con ella en cualquier parte y teniendo en cuenta las diversas posibilidades que ofrece el mando Joy-Con. Nintendo quiere que juguemos con nuestra familia y nuestros amigos, ya sea al aire libre o reunidos en una misma sala. Por supuesto que existe la posibilidad de jugar online con otros jugadores de cualquier parte del mundo, pero el núcleo de la experiencia que vende Switch es la interacción social directa, algo que se lleva cada vez menos. Otras plataformas ponen su énfasis sobre la potencia gráfica, el dramatismo de sus historias o el frenetismo de sus modos online mientras que los multijugadores locales son cada vez menos infrecuente. Nintendo es la más clara excepción a esta tendencia y Switch es la prueba de que su postura no ha cambiado en absoluto. Se trata de una postura muy necesaria para dar variedad a un mercado con demasiada tendencia a homogeneizarse.

Para Nintendo lo importante no es la consola, sino las personas que la usan. La consola es sólo una excusa para relacionarse, hablar y jugar con la gente que te rodea. Todo eso puede hacerse a través de la red, claro está, y personalmente no tengo nada en contra de que se haga. No obstante, creo que las relaciones indirectas en las que la comunicación está mediatizada por una máquina pierden algunos de los componentes más importantes de cualquier relación: la cercanía, el contacto físico, la posibilidad de mirar directamente a los ojos al otro; el genuino calor humano, en definitiva. Admiro a Nintento por apostar por experiencias que implican de forma tan fuerte esta relación directa con otros jugadores en un mundo en el que las relaciones cada vez están más mediatizadas por máquinas, ya sea el teléfono móvil que usamos para consultar las redes sociales y los servicios de mensajería o la consola con la que jugamos online junto a jugadores de cualquier parte del mundo. Pero tampoco quiero pecar de idealista, porque la propuesta de Nintendo no deja de ser un ideal al que aspirar y no una norma. Me cuesta creer que la mayoría de futuros jugadores de Switch sea igual que los modelos de los anuncios de la consola, esos que se llevan la consola a la fiesta inesperada que sus vecinos han organizado en su terraza o que son capaces de organizar toda una competición en el parque de su barrio. Imagino que gran parte de los compradores tendrá un perfil bastante distinto, en el que el juego social tenga una importancia considerablemente menor. Si yo me hiciese con una Switch mi perfil no sería el del jugador social de los anuncios, desde luego. Aún así, el mensaje de Nintendo me parece tan acertado como necesario: la consola, como cualquier otro aparato tecnológico, sólo es importante en tanto en cuanto te pone en contacto con otras personas, en especial aquellas personas con las que puedes interactuar directamente. Switch no sólo es una forma de diversión, sino también de comunicación social.

Es posible que parezca una estupidez considerar que una videoconsola puede ser un dispositivo de comunicación social, pero no hay más que echar la vista atrás para ver el impacto que tuvieron Wii y DS en ese sentido: hicieron que los videojuegos fuesen accesibles incluso para aquellos que no los habían probado nunca, lo que supuso que jugar en familia fuese verdaderamente posible pese al absoluto desconocimiento tecnológico de los más mayores de la casa. Yo nunca fui especial partidario de la apuesta tan poco tradicional que supuso Wii, ya que en su momento me pareció muy alejada de mi zona de confort, pero con el tiempo me he percatado de su valor y de su valentía. Recuerdo una visita que hice a un centro de rehabilitación neuropsicológica en el que, entre otras muchas actividades con los pacientes, se jugaba a la Wii. En ese caso, la consola se había convertido en una estupenda forma de comunicarse con el paciente y de ayudarle en su terapia. Dudo mucho que Xbox One o PlayStation 4 pudiesen desempeñar el mismo rol en un centro de esas características, mientras que a la vieja Wii le venía como anillo al dedo. Wii, en definitiva, además de divertir con sus juegos, era una herramienta estupenda que permitía interactuar con facilidad con los demás, incluyendo personas con necesidades especiales. Este tipo de cuestiones no suelen preocupar al jugador medio, mucho más interesado en su propia satisfacción personal, pero ahí es donde radica la verdadera importancia social de todo producto tecnológico.

Supongo que Switch es el siguiente paso en el camino que inició Nintendo con Wii, aunque no dejo de pensar que es una propuesta bastante más conservadora de lo que esperaba. Wii U ya me pareció demasiado conservadora en su momento, ya que parecía estar a medio camino entre Wii y la consola que quizá debería haber sido. Por su parte, Switch no me parece ninguna revolución sino una evolución lógica que combina todo aquellas innovaciones que tan bien funcionaron en Wii y DS pero también hace algunas concesiones al mercado actual. Tanto su presentación como el marketing que rodea a la nueva consola han dejado un tanto de lado esas típicas imágenes de familias felices jugando en el salón de casa que tanto caracterizaron a los anuncios de Wii, lo cual me parece llamativo. Quizá la apuesta de Nintendo ya no vaya dirigida a un público tan amplio, ya que de hacerlo tendría que competir con los móviles y las tabletas, que parecen haber ocupado el nicho que en su momento ocupó Wii en el salón de casa. Switch parece enfocada a un público más juvenil, a esos adultos de mediana edad que se han criado jugando y son ávidos consumidores de tecnología, y no tanto a las familias. No hay abuelas jugando a la Switch en los anuncios y su ausencia también transmite un mensaje.

El juego online de pago también puede considerarse una concesión al mercado actual, pero no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta que tanto Xbox One y PlayStation 4 requieren un pago para jugar online. Tendremos que ir acostumbrándonos a pagar si queremos jugar online en consola o ir pensando en pasarnos al PC. Sin embargo, no deja de ser chocante que una compañía tan preocupada por la diversión de los jugadores ponga una barrera tan sonada a dicha diversión como exigir un pago previo para poder disfrutar del componente online.

Finalmente, otro aspecto que me genera cierta controversia tiene que ver con la concepción de la propia consola. Leí hace tiempo que Nintendo no es una compañía tecnológica sino una empresa juguetera y hasta cierto punto estoy de acuerdo. Switch va un paso más allá de lo que llegaron Wii y Wii U en la tendencia de considerar que la consola es un juguete más que un aparato de alta tecnología. Eso es más propio de la competencia que de Nintendo, que parece más que dispuesta a seguir explotando el filón que abrió con los Amiibo. Como otros muchos han augurado antes que yo, los mandos Joy-Con de colores serán el complemento más discreto que veremos para Switch. Es lógico esperar que haya mandos decorados con motivos de diferentes juegos, permitiendo que el jugador pueda personalizar su consola. Quizá incluso haya mandos especiales que permitan realizar tareas concretas en algunos juegos, de forma similar a los periféricos que tuvo Wii. Y, por supuesto, basta con que Nintendo repita la misma estrategia que tan bien le ha funcionado con los Amiibo o con la NES Mini (lanzar tiradas iniciales pequeñas para crear una alta demanda y una sensación de urgencia en los consumidores) para asegurarse unos ingresos considerables. Personalmente, no me gusta esta estrategia ni me gusta esa concepción de "juguete tecnológico" que parece defender Nintendo, como tampoco me gusta el hecho de tener que pagar por jugar online, pero entiendo que muchas de estas decisiones han sido cuestión de supervivencia para la empresa.

Tras el relativo fracaso de Wii U y la muerte de Satoru Iwata, había cierta incertidumbre sobre el futuro devenir de Nintendo. Su incursión en los teléfonos móviles fue percibida en términos generales como una concesión desesperada a las exigencias de un mercado que ya la había dejado atrás. Es posible que Switch comparta la misma filosofía que sus predecesoras, pero no es una innovación tan arriesgada ni peculiar como lo pudo ser Wii. También es cierto que las constantes filtraciones han estropeado cualquier atisbo de sorpresa. Pese a todo, el ruido mediático que ha causado ha sido notable y quizá eso baste para tranquilizar a los inversores de la compañía durante el próximo periodo fiscal. El futuro de la compañía nipona pinta como poco interesante y merecerá la pena ser testigo de los juegos que van a ir llegando a la nueva consola. Además de lo ya visto, con esas nuevas entregas de la sagas Mario, Zelda y Xenoblade tan atractivas, habrá que ver si los desarrolladores consiguen aprovechar las peculiaridades de Switch para llevar a cabo juegos innovadores; juegos que le saquen partido al Joy-Con y a la posibilidad de jugar en cualquier parte. En cualquier caso, el compromiso de Nintendo con la diversión y el juego social siguen mereciendo todo el respeto del mundo. No puedo hacer más que desearle lo mejor a Switch ahora que ha comenzado de forma oficial su carrera, ya que el mundo de los videojuegos sigue necesitando que la filosofía de Nintendo está presente. Esa alternativa tan distintiva, tan centrada en la diversión y en la comunicación, debe estar presente y debe ser una alternativa a tener en cuenta.

8 de enero de 2017

[Literatura] Reseña de El niño en la cima de la montaña, de John Boyne


Cuando una novela se encuentra con una acogida desmesurada y se convierte en un gran éxito de ventas, su autor tiene dos opciones a la hora de encarar su siguiente obra: o bien se arriesga a probar algo diferente con la esperanza de que los lectores confíen en su talento o bien trata de replicar los elementos que funcionaron en su anterior trabajo para no distanciarse demasiado de lo que gustó al público. Es bastante frecuente que un escritor reconocido eche la vista atrás para revisitar alguno de sus trabajos previos y retomar de alguna forma su argumento o temática, lo cual no es necesariamente negativo. Pongamos como ejemplo el caso del escritor irlandés John Boyne, responsable de diversas novelas entre la que destaca la popular El niño con el pijama de rayas. Publicado en 2006, este libro tuvo una notable acogida y contó con una adaptación cinematográfica. Pues bien, tras diez años publicando otros trabajos de contenido diverso, Boyne volvió sobre sus pasos para publicar El niño en la cima de la montaña. Aunque no se trataba de una secuela, su título ya indicaba que la intención del autor era evocar las mismas sensaciones que aquel otro trabajo que tanto gustó en su momento. No obstante, en esta novela Boyne no sólo recuperó los mismos temas que ya trató en El niño con el pijama de rayas, sino que lo hizo con una mayor destreza y con una caracterización de personajes más profunda. El resultado, además de ser mejor libro, es una buena prueba de que revisitar viejas obras con una perspectiva nueva no siempre es mala idea.

La historia comienza en el París de 1936, donde vive nuestro protagonista: un niño de padre alemán y madre francesa llamado Pierrot. Su vida no es muy distinta a la de otros niños de su época y transcurre entre las clases, los juegos con su perro D'Artagnan y las confidencias con su amigo Anshel, un niño judío sordo de nacimiento que vive en su mismo edificio. Criados prácticamente como hermanos, Pierrot y Anshel incluso han desarrollado sus propios signos manuales especiales para representarse a sí mismos. Anshel eligió el signo del perro para su amigo, a quien consideraba generoso y leal, mientras que Pierrot optó por el signo del zorro, ya que pensaba que Anshel era el niño más inteligente de la clase. Como es lógico suponer por el marco histórico, las vidas de ambos están destinadas a transcurrir por caminos muy diferentes. La prematura muerte de los padres de Pierrot le obligará a abandonar el único hogar que ha conocido hasta entonces, dejando atrás a su perro y a su mejor amigo. Acogido por el único pariente que le queda, su tía Beatrix, Pierrot se trasladará hasta Alemania, hasta una residencia situada en los Alpes en la que su tía trabaja como ama de llaves. Pero no se trata de una casa cualquiera sino del Berghof, el retiro montañés de Adolf Hitler en Baviera. Rebautizado como Pieter, nuestro protagonista se verá entonces sometido a la influencia del nazismo y de su líder, el Führer.

En efecto, El niño en la cima de la montaña es un relato sobre el descenso hacia las tinieblas de un niño normal y corriente al que le ha tocado vivir una época terrible. Su transformación transcurre de forma paralela a la de Alemania, que se encamina de forma irremediable hacia la Segunda Guerra Mundial, lo cual me parece intencionado por parte del autor. Son muchas las historias que han abordado la situación de Alemania durante el auge del Partido Nazi y no todas han sabido capturar la complejidad de esa tesitura social. Además, con frecuencia la cultura popular ha desvirtuado la imagen de los partidarios del nazismo, convirtiéndolos en crueles y sanguinarios villanos de opereta. No me cabe duda de que las prácticas de este grupo permitieron que muchos individuos despreciables medrasen en sus filas, pero eso sólo es una parte del retrato global. Muchas personas de la época apoyaron a los nazis porque estaban desesperadas por creer en aquello que les ofrecían, porque tenían miedo a las consecuencias derivadas de oponerse a ellos o porque sencillamente no tenían otra opción. Muchos alemanes conocían las atrocidades que se estaban cometiendo, pero prefirieron hacer oídos sordos para protegerse a sí mismos y a sus familias. Tampoco es que ellos pudiesen hacer algo por cambiar las cosas, después de todo. ¿Deberíamos considerarlos villanos entonces? ¿Se les puede considerar cómplices de los crímenes nazis? No existe una respuesta satisfactoria para estas preguntas, pero Boyne quiere que pensemos sobre ellas mientras leemos su libro y atendemos atónitos a la progresiva transformación de Pierrot.

Esta no es la historia de un chaval que se ve corrompido poco a poco por los ideales fascistas, sino algo mucho más verosímil y perturbador. Una narración sobre cómo un niño noble y leal se convierte en un villano esperpéntico resultaría pueril y El niño en la cima de la montaña no lo es en absoluto. De hecho, creo que el proceso por el que pasa Pierrot representa bien el proceso por el que se vieron obligados a pasar muchos ciudadanos alemanes de la época. Y aún diría más: también representa la situación de todos aquellos que se han visto obligados a vivir bajo un régimen totalitario en algún momento de la historia. Apadrinado por el propio Hitler, nuestro protagonista se convierte en un partidario del nazismo, desde luego, pero los motivos que le llevan a hacerlo son harto comprensibles y el lector podrá empatizar con él en todo momento. Incluso cuando se ve obligado a ser partícipe de actos terribles, el lector puede entender lo que está experimentando el personaje porque en una situación similar es muy probable que tomase las mismas decisiones. Al menos así ha sido como he vivido yo la lectura de este libro.

La mezcla nacida de la soledad, el deseo de ser reconocido, el sentimiento de pertenencia a un grupo social, el interés por continuar un legado, el respeto a los superiores y el miedo forma un cóctel tan poderoso como peligroso. Es, de hecho, el caldo de cultivo perfecto para dar a lugar a fanatismos. La ascensión del nazismo le debe mucho a la explotación selectiva de las emociones de los alemanes, que deseaban recuperar la dignidad de su nación porque aquello era lo "justo". Pongamos a un niño que apenas ha comenzado la adolescencia en ese contexto, abrumado por la presión de su entorno y temeroso de convertirse en una decepción para el líder al que admira. ¿Acaso deberíamos considerarlo culpable por apoyar a los nazis? ¿Deberíamos verlo como un villano más? Durante todo el primer segmento del libro, el autor se encarga de construir al personaje de Pierrot, haciéndolo entrañable. A continuación, bajo la sombra de la doctrina del Führer, Boyne retuerce la moralidad de Pierrot con el objetivo de conmocionar al lector. Puedo dar fe de que lo consigue, pues en algún momento me he sentido indignado y escandalizado por las acciones del protagonista, aunque nunca he dejado de pensar que su transformación era aterradoramente verosímil y que, tras sus cuestionables acciones, seguía existiendo el niño entrañable del principio. He aquí el gran acierto en la perspectiva del autor de El niño en la cima de la montaña: conseguir que el lector sienta compasión por el "villano", por el "malo" de la historia. En realidad, en el mundo real no existen los héroes ni los villanos como en la ficción, sino gente que toma unas decisiones u otras dependiendo de la realidad en la que vive. Podremos cuestionarlos más o menos, podremos parodiarlos o incluso despreciarlos, pero nunca deberíamos deshumanizarlos. Incluso el peor de los "villanos" era un ser humano como cualquier otro. Sí, incluso Hitler.

Reconozco que yo soy el primero que tiende a ver a personajes históricos como Hitler o Himmler como parodias o esperpentos de sí mismos, en gran parte debido a la imagen de ellos que ha transmitido la cultura popular desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, por horribles que fuesen sus crímenes ambos eran personas sumidas en unas circunstancias que pueden ser estudiadas y comprendidas. En este libro la presencia del Führer no pasa del simple papel secundario, aunque su caracterización dista bastante de la simplona imagen paródica a la que muchos estamos acostumbrados. Hitler debió ser un hombre fascinante; por un lado carismático y manipulador, por otro inseguro, débil e inestable. No me sorprende que las personas de su entorno se vieran arrastradas por su influencia, como le sucede aquí a Pierrot. El pobre chaval, que carece de una figura paterna tras la penosa muerte de su progenitor, acaba encontrando el referente que busca en Hitler: un referente que le despierta tanta admiración como terror.

Boyne utiliza un recurso muy simple para transmitir el turbulento proceso por el que pasa Pierrot a lo largo de los años viviendo en el Berghof. Se trata de un recurso sutil e ingenioso que aprovecha la circunstancia del cambio de nombre del personaje a su llegada a la residencia del Führer. Puesto que su tía le recomienda cambiarse el nombre francés de Pierrot por el alemán Pieter para así ahorrarse problemas, el niño comienza a referirse a sí mismo como Pieter. No obstante, la voz del narrador omnisciente no deja de referirse al personaje como Pierrot hasta que, llegado un momento determinado en la narración, también pasa a llamarle Pieter. El lector que no esté atento puede pasar por alto este detalle tan inteligente por parte del autor, que transmite así la evolución psicológica de su criatura: en el momento en el que la voz del narrador se refiere al personaje como Pieter y no como Pierrot, su transformación se ha convertido en algo objetivo e indiscutible, quizá hasta irreversible. De esta forma, su descenso hacia las tinieblas se da por completado.

Terminar la narración en ese punto habría sido desolador en grado sumo, pero el escritor se reserva las últimas páginas de la novela para plantear una última pregunta: ¿existe el perdón para alguien que, como Pierrot, haya sido partícipe de crímenes atroces? ¿Puede esta gente aspirar a la redención? Para abordar este tema, Boyne recupera al personaje de Anshel, desaparecido durante todo el grueso de la historia. La conclusión puede resultar un tanto predecible o incluso tópica, pero no por ello es menos emocionante o deja de invitar a seguir reflexionando. Después de todo, la redención no es algo que pueda obtenerse (ni otorgarse) con facilidad. Lo único que el escritor tiene claro es que enterrar el pasado y olvidarlo nunca debería ser una opción: hay que aceptarlo por duro que sea y tratar de aprender de él.

El niño en la cima de la montaña es un libro corto y fácil de leer. Su contenido es duro de asimilar en algún momento, pero no cuenta con ninguna escena demasiado truculenta. Me atrevería a recomendarlo incluso a los lectores juveniles, pues a partir de los catorce o quince años me parece un relato accesible. Personalmente, me parece bastante superior a El niño con el pijama de rayas, lo cual evidencia la evolución como escritor que ha experimentado John Boyne durante esta década. Ambas obras pecan de los mismos tics que tanto suelen aparecer en los bestsellers, eso es innegable, aunque El niño en la cima de la montaña plantea unas cuestiones mucho más agudas e incisivas, dando lugar por tanto a una reflexión mucho más enriquecedora. En este caso, revisitar el escenario de la Alemania nazi resultó ser todo un acierto por parte del autor: además de evocar las mismas sensaciones que despertó su primer gran éxito, El niño en la cima de la montaña deja una huella más profunda y duradera.